Por: Juan Venegas Un muchacho colorín, de casi dos metros de altura, se ha convertido en el referente obligado de la música actual desde su debut discográfico en 2011. Nombres importantes del R&B como Kanye West, Beyoncé, Drake y el talentoso Frank Ocean han expresado sus respetos y reconocido la influencia del particular sonido creado […]

  • 9 junio, 2016

Por: Juan Venegas

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Un muchacho colorín, de casi dos metros de altura, se ha convertido en el referente obligado de la música actual desde su debut discográfico en 2011. Nombres importantes del R&B como Kanye West, Beyoncé, Drake y el talentoso Frank Ocean han expresado sus respetos y reconocido la influencia del particular sonido creado por James Blake. Incluso Rick Rubin, verdadero gurú de la producción, ha dicho que el músico londinense ha cambiado el curso del pop de los últimos cinco años.

Blake concibe una nueva dimensión de la electrónica, con una elegancia conmovedora, en tiempos en que la música se ha transformado cada vez más en un juego de fórmulas y propuestas sin mayor significación. Sus acordes desnudos, la percusión subterránea, el bajo profundo y una voz en extremo vulnerable, proveen de un terreno donde prevalecen la emoción, el misterio y una maravillosa exploración introspectiva. Un romanticismo digital, distante y trascendente.

Hijo único de una exitosa madre diseñadora y un padre jazzista, Blake estudió piano desde los seis años, completando los ocho niveles para cuando tenía sólo quince. La música era su obsesión privada: no quiso pertenecer a coros u orquestas juveniles, prefiriendo tocar en su casa con las luces apagadas. La tradición clásica no lo atrajo tanto como el sonido del dubstep, un subgénero de la electrónica caracterizado por la deconstrucción de la percusión y el uso intensivo de efectos. Sin embargo, Blake no se conformó con imitar el sonido que surgía de los suburbios de Londres, y pronto comenzó a elaborar su propia teoría. Con una voz excepcional y vasta experiencia como pianista, el artista inglés se aproximó a la composición con una mirada fresca, asimilando influencias de Sam Cooke y Radiohead. También encontramos rastros melódicos de Marvin Gaye, Chet Baker y el multifacético Arthur Russell.

Su debut fue considerado una de las producciones más serenas y austeras que hayan entrado en la historia del Top 10 inglés. En su segunda obra, Overgrown (2013), se acercó a formatos de canción más tradicionales y contó con la colaboración de Brian Eno, quien se transformaría en mentor de su carrera. Fue elegido álbum del año en los premios Mercury, superando en una reñida competencia al penúltimo disco de David Bowie, The Next Day. El reconocimiento le permitió expandir el espectro de su público y ubicó a Blake en el epicentro de la escena musical británica.

El uso de vastos espacios atmosféricos y del silencio como un instrumento más, se ha convertido en su marca. La combinación de su voz angelical con ritmos del dubstep y teclados con raíces en el gospel, inmediatamente lo separaron del resto, generando una lluvia de elogios por parte de la crítica, así como también de sus propios colegas. Madonna describió su música “como el tipo de cosas que hace que uno se sienta celosa”.
Si en un inicio Blake aparecía como un solitario, grabando sus dos primeros álbumes en la quietud de su habitación, ahora surge como un hombre más seguro y abierto, dado a la colaboración con otros artistas. Eso se nota en The Color in Anything, su más reciente trabajo, que refleja su acelerada evolución y una muestra de madurez poco común en un chico de 27 años.

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En un inicio tuvo la idea de hacer un disco más agresivo, con mayor influencia del hip hop, pero finalmente se contuvo, optando por mantener gran parte de los atributos de sus dos primeros trabajos. Colaboran su viejo amigo Justin Vernon de Bon Iver y el norteamericano Frank Ocean. Rick Rubin también fue una influencia clave en la generación del álbum, en especial, cuando Blake se vio enfrentado a un prolongado bloqueo creativo. El artista británico se sintió alivianado y menos ansioso con Rubin a cargo del proyecto.

La música de Blake transcurre en un microcosmos. Su principal objetivo es revelar lo que ocurre en su interior, y lo expresa sin grandilocuencia ni fórmulas prefijadas. En cierto modo, sus cualidades compositivas se vinculan con autores como Elliot Smith, Morrissey o Nick Drake que componen desde tópicos como el arrepentimiento y la desazón, usando la música como una especie de catarsis.

Aunque en apariencia el trabajo de Blake parece complicado, el autor realiza un ejercicio simple: un bajo profundo, un toque de hit hat y una voz en eco, que ahonda la sensación de distancia espacial. Se preocupa de eliminar todos los elementos distractivos que no aportan al sujeto de su música, dejando las canciones literalmente en sus huesos. No exhibe una marcada ideología conceptual detrás de sus composiciones, siendo éstas, un flujo musical translúcido desde el primer acorde hasta el último sonido del disco.

En sus dos primeros álbumes, puso especial hincapié en la distorsión de bajos, percusiones seccionadas y el procesamiento de su voz a través de vocoders. Ahora los efectos han sido minimizados, dejando la prístina voz del londinense flotando con naturalidad, para acercarse más al jazz y al soul, desde una perspectiva moderna, rompiendo, a la vez, la barrera entre lo alternativo y lo popular.

En Blake convergen el ritmo, el diseño impecable del sonido y una emoción cruda y sincera. Las letras, en general sombrías, verdaderos haikus, son pequeños resúmenes de las cosas que suceden en su vida, las relaciones amorosas o simplemente la falta de ellas. Es un relator solitario, introspectivo y a veces melodramático, en medio de un campo eterno de música, despreocupado absolutamente de los factores del tiempo. •••