Por: Vivian Berdicheski Fascinante es la figura de Gordon Matta-Clark. Un hombre con rostro de niño, que encantó a todos los que tuvieron la fortuna de conocerlo y que, incluso a 37 años de su pronta muerte –a la edad de 35–, continúa maravillando por su sentido humano de la vida y por los alcances […]

  • 12 noviembre, 2015

Por: Vivian Berdicheski

legado

Fascinante es la figura de Gordon Matta-Clark. Un hombre con rostro de niño, que encantó a todos los que tuvieron la fortuna de conocerlo y que, incluso a 37 años de su pronta muerte –a la edad de 35–, continúa maravillando por su sentido humano de la vida y por los alcances de su obra. Un artista que a comienzos de los años 70 habló de reciclaje y de arte social cuando lo que primaba en la escena era la estética de Warhol y su pop art, minimalismo y conceptualismo; que trabajó con artistas que recién se formaban, como Dennis Oppenheim y Richard Serra, y que llegó a infringir la ley para desarrollar monumentales performances con bailarines, coreógrafos y videístas, provenientes de una mixtura de disciplinas, llevando el arte fuera de las galerías.

Incluso, tuvo la osadía de poner un restaurante llamado “Food” y experimentar con la comida como si se tratara de una obra de arte, con “Matta Bones Dinner”, todo eso en un barrio industrial prácticamente abandonado e inseguro como era el Soho neoyorquino, que terminó transformándose en un centro de encuentro de artistas.

Como si esto fuera poco, una de sus máximas expresiones de arte fueron los cutting, es decir, cortar o extraer fragmentos de casas, edificios, e incluso embarcaderos, no sólo en Nueva York, New Jersey y Santiago, sino también en Amberes, París y Milán con el fin de materializar sus ideas sobre el espacio. Y reunió a un grupo de artistas emergentes en el 112 de Green Street para discutir en torno a la noción de anarquitectura (antiarquitectura), un concepto que busca reflexionar sobre los problemas urbanos, sociales y económicos generados en las zonas industriales repartidas por la ciudad.

Toda esta intensidad queda plasmada en el libro Gordon Matta-Clark. La experiencia se convierte en objeto, de editorial Polígrafa. Una publicación bilingüe de 229 páginas, que reúne el testimonio de artistas, familiares y entendidos en torno a su obra, la época en que vivió, sus conceptos y su arte.

Pedro Donoso, editor del libro, cuenta que “este libro es hijo del documental Palabras cruzadas (2014) y de la exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes (2013). Podemos decir, entonces, que se venía cocinando hace dos años. La idea al comienzo era hacer un catálogo de la exposición. Pero a medida que fuimos avanzando, junto a Matías Cardone, productor, y José Délano, diseñador, nos dimos cuenta de que había otro material que no había sido mostrado y que era tanto o más valioso. A partir de ese momento el libro comenzó a tomar vida propia y, aunque mantiene la idea de proyectar la figura de Gordon Matta-Clark a través de la mirada de sus amigos, hemos incluido material inédito”.

En Chile, Gordon es reconocido como el hijo de Roberto Matta o el “santo de la anarquitectura”, en el caso de los arquitectos. Hijo del pintor surrealista y Anne Clark, nació en Nueva York en 1943 junto a su mellizo John Sebastián, más conocido como Bastán. Fue ahijado de la esposa de Marcel Duchamp, Teeny, estudió literatura francesa en la Universidad de la Sorbone, para luego licenciarse en arquitectura y urbanismo con honores en la Universidad de Cornell. Sin embargo, jamás levantó un edificio. Todo lo contrario, se dedicó al sucio trabajo de perforar y realizar cortes en las estructuras abandonadas de algunas fábricas y viviendas en ciudades. Gordon fue un tipo multifacético, pero no complejo. De un entusiasmo desbordante, capaz de crear una legión de ayudantes que lo seguían en sus intervenciones, gente dispuesta a cortar una viga estructural de medio metro colgando al vacío a 10 pisos de altura. “Sin ese entusiasmo, sin esa lucidez, ¿cómo explicar sino que fuese capaz de ponerse a cortar con todos ellos un galpón gigante en los muelles de Manhattan sin que nadie les hubiera dado permiso? Eso fue lo que hicieron en “Day’s End”. Y transformaron un galpón metálico y lúgubre en un espacio luminoso y etéreo de acceso libre… hasta que llegó un inspector de policía a preguntar.

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La combinación de lucidez y entusiasmo produjo un trabajo que se adelanta en mucho a su época. “A Matta-Clark no le interesaba hacer objetos para museos y entendió muy bien la necesidad de generar experiencias transformadoras, sin olvidar que era un tipo muy preocupado por las implicaciones sociales y políticas de su trabajo”, comenta Donoso.

 

El libro

Esa misma versatilidad es la que trató de rescatar como inspiración el diseñador y artista José Délano. “Buscaba a lo largo del libro otorgarle una estructura a toda esta diversidad de caminos, dando una lectura ordenada y clara, pero jerarquizada y con ritmo. Tuve la suerte de darme varios gustos y licencias. Creo que Gordon mismo los hubiese aceptado. Por ejemplo, cada entrevistado fue presentado por una especie de página ‘portadilla’ en la cual el nombre del entrevistado era intervenido por un corte original de Matta-Clark. Y tal como en su obra, esta identidad se veía transformada o redefinida. En la portada aparece el corte mítico de Office Barroque el que revela, en vez de los otros pisos o la luz del exterior, al propio Gordon manos a la obra”, cuenta.

El libro, que estará disponible en Chile, Estados Unidos y en algunos puntos de Europa y que tuvo como sponsor al ex embajador de Chile en Inglaterra y socio de Altis Servicios Financieros, Tomás Müller, se estructura en tres partes: Reflexiones, Diálogos y Prácticas, con el fin de ofrecer una visión múltiple y completa, ya que el propio Gordon, aunque hablaba y especulaba sobre su obra, nunca se interesó por levantar un cuerpo de análisis. Era un hombre de acción y consideraba más relevante la experiencia. Él mismo lo decía: “La experiencia se convierte en objeto”. Es decir, le daba igual o mayor valor al proceso que a la obra final.

El texto no está concebido como un libro para expertos o académicos, pero sí pone sobre la mesa información relevante que permite decir que éste no es un señor que se encerraba en su taller a producir objetos bellos, por el contrario, para Matta-Clark, la calle, los edificios abandonados, los espacios urbanos eran su taller.

Numerosas vías y ángulos de su persona se presentan en los testimonios de ex parejas como Carol Goodden; ayudantes como Gerry Hovagimyan; miembros del grupo Anarquitectura como Jene Highstein; amigos como la coreógrafa chilena Carmen Beuchat o parientes cercanos, como su medio hermano, Ramuntcho. Destaca así también la visión de Jane Crawford, viuda del artista y custodia de su legado.

En la tercera parte y final de libro titulada Prácticas, el diseñador José Délano se encarga de explicar y proyectar en la actualidad la obra con cuarenta años de desfase. “Como artista, Gordon es un referente total. No sólo por su obra, sino por su manera de enfrentar los proyectos. Él era un hombre de armas tomar. No esperaba permisos, ni financiamientos, sólo iba y hacía. Creo que eso para mí ha sido clave como aprendizaje, es tan fácil no realizar porque hay una serie de obstáculos en el camino. Él me ha enseñado que éstos o no valen la pena, o que debes transformarlos en tus aliados. Si no hay plata, materiales gratis puedes recoger de la calle; si no hay permiso, trabaja de noche cuando no te vean. Si nadie lo verá o el público no llega (por lo remoto del lugar), pues documenta y transforma esto en parte de la obra. No te frenes, sólo avanza. Su rol social, también me llega directamente. Es algo que realmente comparto y que creo que todas las artes deberían apuntar para allá”, dice.

 

Matta-Clark y su padre

De manera tangencial Gordon Matta-Clark. La experiencia se convierte en objeto aborda la relación con su padre, la que por años ha sido motivo de especulaciones. Se ha dicho que el pintor los abandonó a él y a su hermano Bastán (sufría de alucinaciones) y que Gordon siempre buscó su aprobación. Donoso apunta que “Gordon no contó jamás con la aprobación de su padre y, aunque nunca le planteó un desafío directo, la posteridad nos ha permitido ver dónde ha quedado cada uno en la historia. Para mí, Roberto Matta es una figura pasada. Gordon Matta-Clark, en cambio, es un personaje con plena vigencia que se anticipa a las prácticas artísticas de intervención urbana que empiezan a entrar en vigor a finales de los 90. Recién ahora empezamos a sacarle partido a su trabajo”.

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Hoy, tanto la obra de Gordon como la de Matta son parte de la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Y este año se exhiben a unos metros de distancia.

Matías Cardone, quien conoció el trabajo de Gordon precisamente en el MoMA el año 2000, y quien fue gestor de la exposición, documental y del libro, tiene una visión distinta: “Por supuesto, era su padre y un gran artista, muy conocido en ese tiempo y reconocido. Los dos tenían muchas conversaciones, los dos estudiaron arquitectura, pero aplicaron la espacialidad de forma distinta, Matta en la pintura y Matta-Clark en sus esculturas. Matta quería mucho a sus hijos americanos, los cuales pasaban vacaciones en Francia e Italia. También viajaba a verlos a Estados Unidos y los ayudaba en conseguirles trabajo, le ayudaba con dinero y apoyo de contactos. Pienso que Matta lo pasó muy mal cuando sus dos hijos mueren jóvenes y se dio cuenta más tarde del trabajo que había realizado Gordon en sus diferentes proyectos”.

 

Su paso por Chile

Chile también fue escenario de uno de los tantos proyectos de Gordon Matta-Clark. Mientras se realizaban arreglos en el Museo Nacional de Bellas Artes para, precisamente, inaugurar la Sala Matta, Jane Crawford, su viuda, relata el episodio: “En 1971, Gordon y Jeffrey Lew decidieron ir a América del Sur. Sabían que Matta iba a exponer en el Museo de Bellas Artes de Santiago, pero cuando llegaron, Roberto ya se había ido. Sin embargo, se reunieron con el curador, Nemesio Antúnez, y lo convencieron para que, dado que se estaba renovando el museo, les dejara hacer un proyecto en la gran sala redonda. Gordon eligió una pequeña escalera, oscura y un poco tétrica, pero que conectaba con el tejado: era una especie de hueco que albergaba los sistemas eléctricos y las cañerías. Para consternación de Antúnez, despejó una vista hasta el techo, donde hizo un agujero y puso un vidrio como si fuera una mini claraboya. Entonces, en la parte de arriba de la escalera, sacó un trozo de pared que dejaba las tuberías al descubierto y en frente, colocó espejos, inclinándolos para confundir al espectador: no se sabía si había cortado la pared o qué pared había cortado. (…) Es el último edificio intervenido por Gordon que queda en pie, todos los demás han sido destruidos”.

La ruta de Gordon Matta-Clark no fue fácil. Tuvo tuberculosis cuando pequeño, sufrió un grave accidente de tráfico, el suicidio de Bastán en su departamento y un cáncer de páncreas terminó con su vida a los 35 años. Pero, sin duda, dejó un legado hoy más actual que nunca que, con el libro, viene a cerrar la historia de un hombre que llevó el arte a la escalada de la vida misma. •••