Hace más de cincuenta años, un grupo de mujeres de este pueblo costero de la quinta región empezaron a bordar sus paisajes, sus casas y sus sueños. Hoy su tradición se mantiene viva, suma nuevas generaciones y vuelve a ocupar uno de los más importantes espacios de arte del país: hasta el 1 de diciembre exhiben en el Museo Nacional de Bellas Artes. Una mágica historia hecha realidad.
Fotos bordados: MNBA

  • 13 octubre, 2019

¿Podrá perdurar este bello e ingenuo arte a pesar de los inevitables cambios del tiempo?”, la pregunta con la que cierra el documental Lana Mágica (1996), de la cineasta Cecilia Domeyko, que con la voz en off de la actriz Rita Moreno, narra la historia de un grupo de mujeres de Isla Negra que se ha dedicado a bordar coloridas escenas de la vida cotidiana. Han pasado casi 25 años desde el estreno de la película y la respuesta, felizmente, es sí. No solo perdura este arte, sino que muchas de sus protagonistas están activas y la creadora del grupo, Leonor Sobrino, a sus 107 años, sigue con vida. La muestra “Bordar el Desborde. Las bordadoras de Isla Negra en el MNBA 1969-2019” celebra cincuenta años desde que estas obras se exhibieron ahí por primera vez –siendo director del museo Nemesio Antúnez–, un hito que elevó estas manualidades al nivel de bellas artes. Para la inauguración de la exhibición, el pasado 31 de agosto, un grupo de unas 50 personas, incluyendo a las bordadoras, sus familias y los parientes de las que ya han muerto, se subieron a un bus dispuesto por la Municipalidad de El Quisco en conjunto con la Fundación Eladio Sobrino, y se desplazaron hasta el centro de Santiago.

Las primeras flores

“Me sentí muy orgullosa de recibir esta invitación”, cuenta Rosita Santander (80) en el comedor de su casa ubicada en un pasaje de Isla Negra, mientras muestra la tarjeta de invitación del MNBA enmarcada en una repisa. Rosita es del grupo original de bordadoras y en una carpeta guarda fotografías antiguas y recortes de prensa que han contado la historia de este grupo de mujeres. Ella es originalmente de Rancagua, pero llevaba un par de años viviendo en el litoral central –y era presidenta del centro de madres de la escuela de Isla Negra– cuando conoció a Leonor Sobrino, hija del capitán español Eladio Sobrino, que compró tierras en este lugar a mediados de los años 30. Leonor era una mujer moderna que vio la necesidad de empoderar a los habitantes de la zona y otorgarles herramientas de sustento económico y social. Partió enseñándoles a los alumnos de la escuela a hacer una huerta y luego se involucró con sus madres. Se le ocurrió que ellas podían aprender a tejer en telar y vender sus productos, pero esa iniciativa no prosperó. “La señora Leonor me pidió que hiciera una bufanda, pero como yo no había tejido nunca, me quedó toda torcida. Ella la miraba y la miraba, con cara de ‘por dios que quedó fea’. Para animarla le bordé tres flores con pétalos naranjos y ahí quedó encantada con estas flores tan ingenuas”, cuenta Rosita. Así partió todo. Sobrino supo reconocer el genuino mundo que estas bordadoras plasmaban en sacos harineros, una expresión de arte “primitivo”, término que usa la maestra en el documental refiriéndose a lo innato, lo espontáneo. Era 1966 y un grupo de 16 mujeres comenzó a reunirse todos los viernes, siempre comandadas por Leonor. Se juntaban a bordar, pero también a caminar por el campo, a mirar el mar, a observar las flores, los animales y las casas, que luego dibujarían.

“Mi mamá tenía una fuerte conexión con esta zona, pasaba largas temporadas en Isla Negra, y como durante los meses de invierno había muy poca actividad, además de permanente pobreza, vio una oportunidad agrupando a estas mujeres y dándoles libertad total de creación. Logró que hubiese mayor cohesión y amistad en el pueblo. De alguna manera la falta de educación formal se transformó en riqueza artística”, señala Eduardo Vera Sobrino, hijo de Leonor, físico y académico de la Universidad de Chile.

“De primero, los hombres se reían de nosotras: ‘¿Cómo van a vender esos monos feos?, Háganlo así, háganlo asá’. Y se equivocaron, porque tuvimos suerte. Isla Negra ahora es reconocida por Pablo Neruda y las bordadoras”, afirma Rosita. El poeta efectivamente supo apreciar desde un primer momento el valor artístico de estas obras, y maravillado por el uso del color y la ingenuidad de las escenas bordadas, ayudó a Leonor Sobrino a gestionar exposiciones en importantes espacios internacionales de arte, como el Arts de Londres (1972); la Galerie du Passeur y L’Espace Cardin de París (1972), la XII Bienal de São Paulo, Brasil (1973); y el Metropolitan Museum of Art de Miami (1975). El Nobel incluso le dedicó a la fundadora de las bordadoras un poema titulado “Presentación florida”. El reconocimiento internacional vino de la mano de las ventas, y este grupo de mujeres logró considerables ingresos que de alguna manera cambiaron la economía local, pero que sobre todo las empoderaron dentro de su comunidad. También participaron de proyectos emblemáticos de la época, como el mural de la UNCTAD III (actual GAM), un inmenso paño de 7 x 2 metros, inaugurado en 1972, donde Chile se encontraba representado de norte a sur en mano de distintas bordadoras, y el cual desapareció tras el Golpe de Estado de 1973 (aunque corre fuerte el rumor de que estaría pronto a ser devuelto al Estado).

Bordando el instinto

La tradición se mantiene viva y las nuevas generaciones de hijas y nietas de bordadoras se han ido sumando a este quehacer. Pero es imposible mantener intacto el arte que desarrollaron las fundadoras de este colectivo, ya que inevitablemente el mundo de hoy trae consigo demasiadas influencias y la ingenuidad es algo cada vez más difícil de conservar. Así lo constató la diseñadora Sofía Hott (30) que el año 2011 partió investigando a las bordadoras y sus obras, para su proyecto de título. Fue tanta su fascinación que postuló a un Fondart, en la línea artesanía y producción, que obtuvo el 2014. Con ese fondo siguió dos años trabajando junto a las bordadoras; compró cientos de madejas de lana, tijeras, estuches y costureros. “Partió como un proyecto de difusión de artesanía textil popular chilena, con el fin de revalorizar el patrimonio cultural. Mi motivación personal fue la nostalgia porque mi abuela me enseñó a bordar a los cinco años. Y luego esto se transformó en echar a andar una máquina”, dice la ahora docente del Taller de Desarrollo Local de la UDP. Hott creó cuatro productos: un bolso especialmente pensado para la conservación de los bordados, tote bags, poemas bordados y un kit para bordar, tamaño postal. Estos, además de los propios trabajos, se vendieron a través del sitio que ella creó www.bordadorasdeislanegra.cl, en las tres casas de Pablo Neruda, en el hotel Singular de Puerto Natales y en ferias de diseño. “Leonor Sobrino fue muy visionaria al considerar a estas mujeres artistas, y no artesanas. Hay algo mágico en estas obras; en la combinación de puntadas y la elección de colores. Mi trabajo fue ir descubriendo cosas. ¿Por qué las casas están hechas con una paleta de colores cálidos? Porque es el hogar. Entonces hice una tesis en torno a lo cotidiano”, afirma la diseñadora que durante cuatro años estuvo viajando a Isla Negra y que hasta el día de hoy mantiene una relación cercana con Rosita Santander. La bordadora confirma que el trabajo de ella y sus compañeras es intuitivo: “Bordamos lo que vemos, y lo que imaginamos, pero si nos preocupáramos de la perspectiva, se perdería la gracia. Eso nos enseñó la señora Leonor, a confiar en nuestro instinto primario”. Mientras habla, Rosita nunca deja de bordar, sobre sus piernas va llenando de colores una imagen de Frutillar, parte de un encargo colectivo que tiene que entregar a fines de noviembre.

El salto al museo

El camino de vuelta al Museo de Bellas Artes lo emprendió la fundación Eladio Sobrino, creada en 2010 por Enrique Marmentini Sobrino. Ellos, a través de Eduardo Vera Sobrino, contactaron a la historiadora Alejandra Araya y a la artista Andrea Durán para hacer la curatoría de la muestra, junto al patrocinio del Archivo Central Andrés Bello de la Universidad de Chile. “El hito de los 50 años desde la primera exposición, sumado al centenario de Nemesio Antúnez, nos motivó. Esta muestra se trató de un eslabón importante en la historia del arte contemporáneo, porque las obras salieron del terreno de la artesanía y se reconoció a un colectivo de mujeres creadoras de una estética propia”, afirma Alejandra Araya. Agrega que fue muy emocionante ver llegar a las bordadoras el pasado 29 de agosto: “Fue maravilloso ver romperse cierta institucionalidad que habita en los museos. Estas mujeres tuvieron la posibilidad de desbordarse a través de sus obras. En esta historia hay mucho de guerrear un espacio para ellas mismas y construir un lenguaje a través de su propia experiencia en el territorio”. La exposición exhibe solo algunos de los trabajos que componen la colección de la familia Sobrino, y que en total suman 44 obras. Muchas de ellas las fueron comprando al entender que era importante que no se desperdigaran todas. La idea, cuenta Vera Sobrino, es hacer un museo en Isla Negra, donde se puedan visitar los bordados y que además sea un espacio para la comunidad, donde haya talleres e inspiración para crear cosas nuevas. “Cada lenguaje tiene su periodo, no se eterniza en el tiempo. Lo que nos interesa como familia es rescatar el valor colectivo de esta obra y proyectarlo a los demás”, dice el hijo de Leonor. Cuenta que su madre ha tenido una vida extraordinaria, fue una mujer de avanzada para el Chile de mitad del siglo pasado; estudió bellas artes en Francia y recibió una educación muy progresista. A sus 107 años, Leonor Sobrino todavía conserva buena salud y momentos intermitentes de lucidez. Durante ellos ha seguido las noticias de la exposición “Bordar el desborde”, llena de emoción.