El artista visual Nicolás Franco expone su último trabajo desde el 18 de mayo, Beautiful Ruins. La obra hace dialogar imágenes cinematográficas de mujeres con el concepto de la muerte. Acá, Franco habla de la relación que tiene su arte con los recuerdos de infancia. “Fui criado por muchas mujeres: mis primas, mis tías y mi mamá”.
Foto: Verónica Ortíz

  • 7 junio, 2019

Surgió de forma espontánea. Nicolás Franco (45) estaba trabajando en el diseño de un libro cuando empezaron a surgir imágenes de actrices de la década del 60 y 70, particularmente del spaghetti western (género del cine ambientado en el Viejo Oeste y producido por europeos). Fueron las primeras mujeres que él empezó a ver como tal, cuando era adolescente y recién despertaba su sexualidad. Esos recuerdos han permanecido en la cabeza del artista visual durante 30 años y aún guarda esas sensaciones, las experiencias de vida.

“Me llamaba la atención el glamour de sus fotos. Además, esas mujeres han ido envejeciendo y muchas ya murieron, entonces se puede hablar de lo corta y frágil que es la existencia. Por eso el título Ruinas Bonitas”, dice.

Beautiful Ruins es la nueva exposición que Nicolás Franco montó en el Museo de Artes Visuales (Lastarria 307), que puede visitarse hasta el 30 de junio y que se suma a otras como La Ciudad de las Mujeres y Primeras Letras. Varias obras de esta ponencia vinculan fotografías en blanco y negro de mujeres glamorosas junto a cráneos, calaveras. Todo eso oculto por pintura y un velo de metal. “Es tan corto el esplendor de un ser humano”, dice. Sexo y muerte, esas dos “sensaciones fundamentales” evoca el artista. Y las hace dialogar.

-Cuesta ver las fotografías tras el velado a simple vista. ¿Cuál es la intención?

-Siempre me ha gustado la abstracción, el vacío de significados que genera. La anti-narración, que no haya un mensaje claro. Eso es muy propio de las artes visuales, donde los colores están solos, sin contexto. Y por eso agarran una fuerza distinta.

A Franco le cuesta mucho partir de algo netamente estético, como colores o texturas. Explica que sus trabajos son imágenes que se desintegran, que tienen una segunda dimensión. A simple vista, parecen cuadros abstractos. Sin embargo, al moverse por el espacio, empiezan a surgir esas imágenes veladas por la reja y el brillo metálico. Eso hace que el espectador se detenga y entregue más tiempo a la obra, permitiendo una conexión con el autor. “Hay que ralentizar la experiencia del observador”, explica.

-Mucho del material que usas proviene del cine. ¿Eres muy cinéfilo?

-No tanto. El cine lo tengo vinculado a esta experiencia adolescente, aunque esa palabra es como las huevas. Cuando trabajo con la fotografía y el cine, es porque están relacionados con mi experiencia particular. Es la relación emocional que tuve con ciertas imágenes. Hay muchas cosas que uno ve por primera vez en la pantalla, qué sé yo, por ejemplo, una pechuga. El cine me entregó esas imágenes y las uso.

La nostalgia

El pasado es un tema central en su obra. Nicolás Franco nació en diciembre de 1973. “La dictadura para mí era una cosa que estaba detrás, una especie de resonancia”, recuerda el artista. Los recuerdos de su infancia son felices, en general. Vivió en Providencia y Vitacura. Al mirar atrás, siente que era como estar en otro mundo: los autos funcionaban peor y la luz se cortaba con frecuencia. Supone que antes todo tenía más misterio.

Su abuelo tenía un campo en Leyda, cerca de San Antonio. En esa época, la fotografía era menos común. Las fotos familiares las tomaban en el verano, cuando vacacionaban en ese lugar junto a sus tíos y primos. Imágenes de gente conversando, niños jugando, paisajes, alguien tomándose un trago. Mucho del material que ha usado en sus distintos trabajos es de ese tiempo. De sus recuerdos. 

-¿Por qué te interesa el pasado en tu obra?

-De una manera emocional y nostálgica. Hay recuerdos que permanecen durante tanto tiempo y mis trabajos son una forma de validar esas experiencias. También me importa mucho cómo se entregan esas imágenes al espectador.

-¿Qué recuerdos te interesan?

-Generalmente son paisajes del campo chileno. Y también de mujeres. Yo fui criado por muchas mujeres: mis primas, mis tías y mi mamá. Más allá de que sea mi familia, son patrones súper universales. Las fotos familiares de un verano son cosas que todos tenemos, que pueden funcionar incluso como una especie de textura que se usa para trabajar ideas que no están tan definidas. Me interesan las cosas más sencillas, las fotos menos artificiosas.

La figura de su madre en su obra es difusa. Ella murió de cáncer cuando Franco apenas tenía cuatro años. Son sus tías y primas las que asumen el rol materno.

-¿De qué modo te marca eso en tu trabajo creativo?

-Se produce como una contradicción, porque al morir mi mamá, igual había muchas mujeres cuidándome. Hay una cuestión recurrente a esa época. Y eso habla un poco de la fragilidad de la existencia, de cómo es la vida: cosas buenas y malas.

-¿Tienes recuerdos de tu mamá?

-No.

Durante unas vacaciones de 1976, el padre de Franco realizó una serie de fotografías (en blanco y negro) a su esposa e hijo en distintos lugares de la casa de veraneo. Eran imágenes espontáneas de la intimidad de su familia. Esas fotos son de los pocos registros gráficos que el artista guarda de su mamá. Parte de ese material fue utilizado en su exposición La Sábana (2017), donde ese contenido se mezcla con números de identificación, fechas de detención y otros archivos del periodo histórico en que fueron tomadas las fotos.

-¿Qué rol juega tu padre?

-Importante, pero la manera que tengo de mirar al ser humano siempre es a partir de la mujer. No se me ocurriría sacarle una foto a la mano de un hombre. Siempre mi manera de ver una oreja o una boca va relacionada con eso. Por eso mi papá suele estar ausente en mis trabajos.

-¿Por qué esa recurrencia a la mujer?

-Las encuentro más bonitas. Son lo mismo, pero distintas. Tampoco es que sea un huevón que esté todo el rato mirando. ¡No! Pero soy de una familia con muchas mujeres que me criaron. Hay muchas fotos de ellas en mi álbum. Creo que ver la anatomía humana me resulta fácil así.

Franco dibujaba mucho cuando era niño. Tenía talento también. Se dio cuenta de que un dibujo era un medio de comunicación potente. “Dibujaba cuando chico y recibía cariño inmediatamente”, recuerda. Lo felicitaban. Era una manera de recibir algo positivo siempre. Más adelante empezó a ganar premios en el colegio y su trabajo le traía una retribución emocional. A los 13 años sabía que sería pintor. 

Ya en la Universidad de Chile —y después estudiando en Madrid y Ámsterdam—, cuenta que vivió un cambio, una evolución. Ahí conoció nuevas técnicas, materiales y formatos de expresión. Y los mezcló.

“Creo que la mayoría de los artistas busca hacer algo y recibir una retribución positiva. Eso es lo que uno busca, entablar una comunicación con alguien. Lo dice Txomin Badiola (escultor): ‘Lo importante no es comunicar algo, sino comunicar con alguien’. No se trata de dar un mensaje omnipotente, sino de entablar una relación con otro”, dice.

Ver atardeceres

Cuando terminó sus estudios en Europa en 2006, volvió a Chile. Vivió un proceso de adaptación, que se cruzó con la época en que empezaron a masificarse las herramientas digitales. Franco entonces inició una etapa de experimentación artística con videos y fotos. Y por un tiempo dejó de pintar.

Más tarde retomaría sus raíces.

“Mientras más imágenes digitales hay, más valor toman las imágenes creadas con procesos físicos, hechas de a poco en un taller. Las obras empiezan a ganar una especie de aura. Para mí, algo hecho en Photoshop no tiene la misma fuerza que un trabajo manual. El error es mucho más difícil de corregir cuando se hace a mano. No hay un ‘control z’ que te permita volver atrás, sino que se debe modificar de manera estructural. Cada intento por avanzar en el trabajo es una decisión que no tiene vuelta”, dice.

-Quedan rastros.

-Sí, entonces las obras empiezan a tener más carne. Comienzan a transformarse como en una especie de ser, como un hijo. Una cuestión que es única.

-¿Te parece relevante que el arte se acerque la gente?

-Creo que el arte se ha vuelto un poco críptico. Pierde fuerza cuando la relación es demasiadao endogámica, que solamente los artistas son capaces de entrar a los museos. No sé si lo logro o no, pero me interesa tratar de situarme en las características visuales esenciales e históricas del arte: la imagen. Contemplar, mirar algo y sentirlo. No es por ponerme siútico, pero cuando miras el atardecer o la luna, no estás explicándote cómo funciona el universo. Estás en un estado de vacío en que uno mira algo y lo disfruta o no.

-¿Te sientes parte de ese mundo endogámico?

-Sí, no hay mucho que hacer. Más que lo endogámico, lo que me produce sospecha es lo contingente. Cuando los temas se empiezan a repetir mucho, trato de irme para otro lado.

Desde 2007, Franco está emparejado con la hija del destacado artista visual Eugenio Dittborn. En 2012 se casaron y tienen un hijo de seis años. Él dice que su esposa entiende los tiempos y espacios que requiere el proceso creativo. Su taller está junto a su casa, una situación que le ha permitido enfocarse bien en sus proyectos, pues antes vivía una vida más bohemia. Ahora tiene rutinas y trabaja de forma más metódica. Tener un foco y ordenarse le trajo resultados. Cada obra le toma cerca de dos meses. 

-¿Te sientes reconocido en el panorama artístico?

-Sí.

-¿Y en Chile?

-No, eso no tanto. Todavía estoy… No tengo idea la verdad.

-¿Pero te interesa el reconocimiento?

-Sí, que la gente te conozca te da un margen más amplio. La gente se da más tiempo para mirar. Creo que es importante que te conozcan, te entrega más libertad.