En plena era digital, la industria vuelve a apostar por el sonido monofónico. Esta vez, el turno es de Bob Dylan con The original mono recordings y The Witmark demos, dos colecciones notables. Por Juan Venegas

  • 30 noviembre, 2010

En plena era digital, la industria vuelve a apostar por el sonido monofónico. Esta vez, el turno es de Bob Dylan con The original mono recordings y The Witmark demos, dos colecciones notables. Por Juan Venegas

El éxito de ventas logrado por la reedición del catálogo de los Beatles en sus versiones monofónicas en 2009 advirtió a los sellos discográficos que aquel viejo formato, que parecía olvidado, aún podía atraer a un público masivo y generar ganancias. Un fenómeno que resulta paradójico en una época en que el bombardeo de tecnologías y la ansiosa búsqueda de la alta definición llegan a niveles insólitos.

Es probable que haya algo de romanticismo en esta revalorización del sonido anterior al estéreo. O quizá sea la necesidad de atesorar un pedazo de historia y remontarse a una época idealizada en que la música se escuchaba en radios AM y tocadiscos monoaurales. Años en que los propios estudios de grabación sólo contaban con un parlante en medio de la consola para revisar la mezcla. Era la manera oficial en que los artistas de la época concebían el sonido de sus discos.

Impecablemente presentado, Bob Dylan the original mono recordings compila los primeros ocho discos del trovador estadounidense desde su prometedor debut Bob Dylan (1962) hasta el maduro trabajo lírico y musical de John Wesley Harding (1967). Vendidos como paquete (no individualmente), los CDs son una réplica magnífica de los vinilos originales. El box set incluye un pequeño libro con fotos poco difundidas del cantante y un ensayo del crítico Greil Marcus. Los álbumes fueron reproducidos desde las cintas originales y procesados en Nueva York por George Marino, un verdadero maestro en el tema.

Es posible que para el oído menos adiestrado las diferencias entre mezclas estéreo y mono no sean tan evidentes. Esto resulta especialmente cierto cuando escuchamos los cuatro primeros trabajos acústicos de Dylan, en los que el sonido de la guitarra, de la armónica y la voz del artista suenan casi al mismo nivel. Donde mejor podemos advertir las diferencias es en las siguientes cuatro piezas de Robert Zimmerman: Bringing it all back home, Highway 61 revisited, Blonde on blonde y John Wesley Harding, en los que el artista cultiva una veta más eléctrica. En ellos, la versión mono suena con mayor fuerza que la versión estéreo. El bajo, la guitarra y la voz se escuchan como una sólida muralla de sonido: aguda, potente y desafiante.

Más allá de las diferencias técnicas y apreciaciones arbitrarias de cuál tipo de mezcla es mejor, The original mono recordings es una colección indispensable para entender el fenómeno Dylan. Cada disco es, en cierta forma, un capítulo en su búsqueda por encontrar un lugar. Desde aquel transparente muchacho que llegó a Nueva York queriendo ser Woody Guthrie, pasando por el veinteañero sarcástico de gafas oscuras y botas puntiagudas, hasta el tipo suave y religioso que reaparece tras su mítico accidente en motocicleta en 1966. A través de sus canciones también repasamos una década sorprendente, dominada por crímenes políticos, guerras ideológicas, la lucha por los derechos civiles y el advenimiento de un movimiento joven que encontraría en Dylan a su portavoz.

Junto con la edición de los ocho primeros discos en versión monofónica, aparecen los llamados Witmark demos, que corresponden a las sesiones de grabación que el cantautor realizó para las compañías Leeds y Witmark & Sons entre 1962 y 1964. El objetivo de estos registros no era editar discos de Dylan, sino más bien conseguir que otros artistas realizaran covers de sus canciones o que éstas fueran usadas en televisión, con el fin de cobrar los respectivos royalties.

Las condiciones de trabajo no eran las mejores. En Witmark el artista disponía de un diminuto estudio de dos por tres metros, donde las canciones eran grabadas para luego ser transcritas a partituras. La calidad de la grabación era lo menos importante; por eso nos encontramos con versos olvidados, errores de fraseo, ruidos de tos en medio de las interpretaciones y uno que otro portazo.

Fuera de la precariedad en que fueron grabados, los Witmark demos nos permiten observar el crecimiento de Dylan desde su época de cantante folk hasta convertirse en autor y vocalista en sus propios términos. Aparecen los clásicos de su primera etapa como Blowin’ in the wind, A hard rain’s a-gonna fall y Masters of war. Sorprende frente al piano en versiones inéditas de The times they are a-changin y Mr. Tambourine man. Son 47 temas reunidos en dos discos compactos, quince de ellos editados por primera vez de manera oficial.

The Witmark demos muestra el genio de Dylan en bruto, sin ningún tipo de aderezo. En su maestría como contador de historias errantes en Long time gone y Let me die in my footsteps. Con el blues circulando brioso por sus venas en Walking down the line y Watcha gonna do. O simplemente sentimental en Tomorrow is a long time y Don’t think twice It’s all right.

En resumen, dos colecciones notables que seguramente se tornarán indispensables para los seguidores del cantautor. Dos piezas que se suman a un catálogo siempre en crecimiento y que arrojan nuevas claves para descifrar el misterioso universo dylaniano.