Por Juan Venegas Jack White odia todas las palabras que comienzan con re, como reinvención, revisitar o recreación, en especial cuando se trata de describir su trabajo musical. Para White, ese tipo de términos sólo sirven para reducir sus composiciones a una simple copia de su propio pasado artístico, o en el caso de sus […]

  • 11 julio, 2014

Por Juan Venegas

musica

Jack White odia todas las palabras que comienzan con re, como reinvención, revisitar o recreación, en especial cuando se trata de describir su trabajo musical. Para White, ese tipo de términos sólo sirven para reducir sus composiciones a una simple copia de su propio pasado artístico, o en el caso de sus dos discos como solista, a un insípido viaje a las raíces de la música norteamericana.

Intenso, locuaz, errático y contradictorio, White puede no ser el sujeto más encantador del mundo, especialmente luego de despreciar públicamente a artistas como The Black Keys o Adele. Pero hay algo de lo que no se le puede despojar, y es su incombustible pasión por la música y su particular modo de enfrentar los géneros más diversos, desde el punk rock hasta el ragtime de los años 20.

Lazzaretto, su nuevo álbum, emerge como un segundo capítulo, mucho más depurado y complejo que Blunderbuss, su primer LP en solitario, publicado hace poco más de un año. Esta nueva entrega revela a un Jack White que sorprende por su síntesis lírica y un trabajo compositivo minucioso y pulcro, sin perder por ello la clásica vitalidad y audacia de su sonido.

White comenzó a crear la canciones del álbum durante 2013, en plena gira de Blunderbuss. Muchas fueron concebidas sin letras y abandonadas por cerca de siete meses. Cuando el artista de Detroit debió enfrentar el proceso de escribir, se dio cuenta de que estaba sumergido en un profundo bloqueo mental, sin noción de lo que quería expresar literariamente.

Atascado, sin palabras para sus canciones, White finalmente dio con la solución al encontrar maquetas de poemas y obras de teatro que había escrito cuando sólo tenía 19 años. A partir de esas hojas polvorientas, escritas con nervio pero sin experiencia de vida, White fue capaz de construir los caracteres y personajes que pueblan Lazzaretto.

En el estudio, White se hizo acompañar de las dos bandas que normalmente apoyan sus actuaciones en vivo, The Peacocks, cuyas integrantes son todas mujeres, y The Buzzards, un elenco exclusivamente masculino. Acostumbrado a grabar álbumes en sólo semanas, ahora el guitarrista decidió tomarse el trabajo con más calma, invirtiendo casi un año y medio para dar con la mezcla final. El tiempo extra dedicado a producción, es posible advertirlo en numerosos detalles sonoros, pequeños aderezos, que difícilmente encontramos en sus discos anteriores, célebres por la crudeza de su sonido. Sin embargo, no es un trabajo sobreproducido y tampoco cae en la decoloración. En cada canción, White sabe perfectamente cuándo poner freno a la artificialidad o la complacencia, para introducir su toque clásico de acidez y ruido.

En Lazzaretto, las canciones parecen hechas a partir de piezas lego, que van desde el funk y el blues hasta el jazz de raíces gitanas. A pesar de la amplia mezcla de géneros, las canciones permanecen unidas gracias a la coherencia y al tono accesible que atraviesa al álbum desde comienzo a fin. Si Blunderbuss representó la separación de White del sonido de The White Stripes, este LP surge como su primer ensayo de madurez, tanto por el magnífico nivel de las composiciones, como por su capacidad para construir un sonido que conecta perfectamente con su singular personalidad.

Un adelantado en el uso de la distorsión, con una devoción religiosa por los sonidos análogos, White ha sido capaz de crear un álbum que cubre enormes territorios musicales, que suena a clásico sin realmente serlo, pero que augura el comienzo de una prolífica etapa en la carrera del guitarrista y compositor norteamericano. ¿Qué sigue? •••