Las pifias del público en el estreno de La Traviata en el Teatro Municipal tienen que ver más con sociología que con méritos artísticos. Un abucheo de múltiples aristas.

  • 27 mayo, 2009

 

Las pifias del público en el estreno de La Traviata en el Teatro Municipal tienen que ver más con sociología que con méritos artísticos. Un abucheo de múltiples aristas. Por Joel Poblete.

Cuando esta edición de Capital aparezca en quioscos, ya se habrá realizado la última función del montaje operístico más polémico y cuestionado en años en el Teatro Municipal de Santiago: la nueva producción de la popular Traviata de Verdi que inauguró la temporada lírica 2009. Aunque en el rol titular la soprano Norah Ansellem logró una interpretación conmovedora y creíble en lo vocal y dramático, y a pesar de que en su tardío debut en el país el diseñador chileno que triunfa en Europa, Jorge Jara, se lució en escenografía y vestuario, fue la labor del regisseur (director teatral) Jean-Louis Grinda la que acaparó titulares y dividió las aguas, provocando un abucheo de proporciones en la función inaugural; algo prácticamente inédito en las últimas décadas en el tradicional recinto capitalino. Y la sorprendente reacción no fue tanto por la idea de trasladar la acción del original París de mediados del siglo XIX al de 1945, sino puntualmente por una escena de fiesta que incluía algunos hombres travestidos y la humillación pública de una bailarina.

Aunque no quedé totalmente conforme con las ideas escénicas de Grinda, me pareció que tuvo aciertos y, pese a los cambios, en general la puesta en escena no traicionó el espíritu de la historia y sí logró expresar la esencia del drama; por supuesto que la citada escena es una provocación, pero no creo que, como se ha dicho por ahí, se le estuviera faltando el respeto al compositor, ni mucho menos. Aunque no es lo habitual en esa parte de la obra, tampoco se escapa del contexto de celebración de una sociedad decadente y liberal como la que Verdi y la novela original de Dumas sugieren originalmente; y aunque se puede disentir en el buen o mal gusto de la propuesta, no vi nada excesivamente vulgar ni obsceno en escena, y si bien respeto a ciertas damas del público de esa primera función que dijeron sentirse “pasadas a llevar en su dignidad de mujer” al ver cómo una joven era degradada, las acusaciones de misoginia me parecen exageradas.

Este tema da para múltiples lecturas, y puede despertar controversias inagotables. La ópera siempre ha sido una simbiosis entre música y teatro y, por lo mismo, cuando uno de los dos elementos prevalece sobre el otro se siente un desequilibrio, que se hace aún más patente cuando la música queda supeditada a lo que pasa en escena, en una obra tan intocable y querida por los fanáticos como Traviata. La discusión sobre las supuestas audacias y transgresiones de los directores de escena de las últimas tres décadas, que inventan lo que se les ocurre sin tener en cuenta las intenciones originales del autor, es a estas alturas un dilema trasnochado que en Europa y Estados Unidos ya no molesta demasiado, salvo esporádicos escándalos.

No era primera vez que se cuestionaba una puesta en escena –recuerdo en el pasado cierta desaprobación a montajes de títulos de Bizet, Bellini, Donizetti y Offenbach, entre otros- pero sí de manera tan tajante y casi unánime: fue impresionante oír a casi todo el Municipal manifestando su reprobación, lo que paradójicamente tuvo su lado positivo, al confirmar que este arte sigue vivo y provocando reacciones desbordadas.

Así como en el Municipal hemos visto producciones memorables, también hemos aceptado otras mucho más flojas y desafortunadas que esta Traviata, y aun así en su momento no tuvieron una reacción tan rotunda y avasalladora como ese abucheo del pasado viernes 15… ¿Qué la gatilló, realmente? La respuesta parece escapar estrictamente a lo artístico, y ya podría entrar en el terreno sociológico. ¿Y Verdi? Bien, gracias.

 

 

Vuelve Bell

Casi un año después de su notable debut en Chile, el prestigioso violinista Joshua Bell regresa al santiaguino Teatro Oriente para la tercera fecha de la temporada internacional de conciertos de la Fundación Beethoven. El año pasado cautivó mezclando el virtuosismo de obras de Tartini y Sarasate con los contrastes de la Sonata a Kreutzer de Beethoven y la Sonata N° 1 para violín y piano de Prokofiev, y ahora para su concierto del lunes 15 de junio programó sonatas de Brahms y Eugène Ysaÿe, y el Concierto doble para violín, piano y orquesta de cuerdas en re menor de Mendelssohn, con Rodolfo Fischer dirigiendo a la Orquesta de Cámara de Chile. Como de costumbre, las entradas pueden adquirirse en las oficinas de la Fundación (11 de septiembre 2214, oficina 66, Providencia. F: 3671430 – 3671431).

 

 

Un Tristan inolvidable

Los wagnerianos chilenos estuvieron de fiesta cuando el Municipal anunció entre sus novedades para este año el regreso de Tannhäuser, ópera que no se presenta en este escenario desde 1983. Desgraciadamente el teatro terminó cancelando este esperado retorno, aunque en su reemplazo optó por una solución que ahora, tras el revuelo provocado con La Traviata, significará nadar en aguas ya exploradas con éxito: la reposición del montaje de Tristán e Isolda que hace dos años se convirtiera en un verdadero triunfo estético, elogiado por público y crítica. Lo mejor de todo es que no sólo tendremos de vuelta la hermosa e inteligente producción de Marcelo Lombardero, Ramón López, Luciana Gutman y Diego Siliano, sino además la magnífica Brangania de Petra Lang, auténtico lujo que el 2007 casi dejó en segundo plano a los dos protagonistas. El nuevo elenco, encabezado por Jon Fedric West y Kirsi Tiihonen, es prometedor, y en lo personal sólo me provoca reticencia el posible desempeño de Rani Calderón, director que no termina de convencer. Como sea, un imperdible. Serán cuatro funciones, entre el 20 y el 30 de junio.