En 2005 Gepe editó uno de los discos más comentados y transversalmente aclamados del año: Gepinto. Repleto de canciones hermosas, su debut lo puso automáticamente entre lo más granado de la escena nacional, pero lo que le convirtió en chico maravilla no fue la impronta simple y hasta sencilla de su acercamiento a la música […]

  • 18 mayo, 2007

En 2005 Gepe editó uno de los discos más comentados y transversalmente aclamados del año: Gepinto. Repleto de canciones hermosas, su debut lo puso automáticamente entre lo más granado de la escena nacional, pero lo que le convirtió en chico maravilla no fue la impronta simple y hasta sencilla de su acercamiento a la música ni tampoco su investidura indie, digna de alguien alejado de las ligas del mainstream, sino algo mucho más osado: Gepe se hacía cargo, consciente o inconscientemente, de renovar una larga tradición de canto chileno que había quedado atrapada en las garras de la profunda división cultural que supuso la convivencia dentro de un Chile política y culturalmente atrincherado.

Si bien generaciones anteriores habían hecho el intento, unas más que otras, de retomar el legado de Violeta Parra y Víctor Jara, los resultados no pasaban de ser un homenaje literal y nostálgico, o una simple y blanqueada caricatura ofi cialista. No fue sino hasta Gepinto, al menos de manera relativamente unánime, que la canción chilena pudo sonar campesina y al mismo tiempo contemporánea. Se escuchaba en ese disco un nuevo cauce, sano y fecundo, para que la caudalosa y concurrente napa subterránea que es la música de un país se transformara en un río visible.

El desafío de continuar y profundizar en este camino sin mochilas ajenas sobre las espaldas era grande y de ahí que sobre Gepe se hayan puesto muchos más ojos de los soportables en un país chico y promiscuo como el nuestro. Pero al parecer este diseñador gráfi co más cercano a los 25 que a los 30 tiene nervios de fi erro y entró al estudio con calma budista junto al productor Vicente Sanfuentes (Original Hamster)
para terminar lanzando estos días su segundo y esperado trabajo bajo el sello Quemasucabeza: Hungría.

Ya en el primer corte se siente que este trabajo no es la segunda parte de Gepinto, sino que Gepe ha decidido explorar nuevos territorios rítmicos y sonoros. Allí están esas melodías bien construidas, ese timbre de voz único, esas eses no pronunciadas, tan nuestras; pero Hungría salda una deuda no pagada por la primera placa: la de incluir de manera más defi nida y directa la vocación pop del músico. Desde esta perspectiva el trabajo de Sanfuentes en la producción se siente y se agradece, ya que deja espacio para la interpretación vocal y lo adorna con ritmos a veces sinuosos, otras veces serenos. Guitarras, corros, batería, tecladillos, pulsos, impresionantes arreglos de cuerda…

Hungría es claramente un disco mejor construido y menos obtuso que Gepinto. Pero ojo que lo nuevo de Gepe poco tiene que ver con la fi esta y el delirio en la pista de baile y mucho más con incluir la alegría como material de creación del mejor pop chileno. De hecho, ya hacia la mitad del disco, éste se sumerge en esa bella melancolía que ya le conocíamos a su autor.

Por sobre las descripciones de la variada y preciosa oferta de Hungría, lo que resulta más importante de este trabajo es que a través de éste, Gepe comienza a fundar una nueva canción chilena. Tal cual. Una que no necesita de quenas ni zampoñas (por bellas y ad hoc que estas nos parezcan) para sonar chilena. Una que se libera de la carga de tener que disfrazarse con trajes costumbristas y que pasa a ser chilena simplemente porque su ADN lo es.