La cineasta chilena acaba de participar en el Festival de Cine de Locarno, uno de los certámenes más importantes a nivel mundial. Allí estrenó su largometraje “Tarde Para Morir Joven” con elogios de la crítica y del público. Con tan sólo 33 años, Sotomayor se perfila como figura del cine independiente internacional.

  • 9 agosto, 2018

Dominga Sotomayor es difícil de encasillar. Cuando se le pregunta si se siente cineasta, dice que no del todo, que quizás lo sea, pero que también es muchas cosas más. Y que también está abierta a la posibilidad de no hacer más películas. Usa lentes de matea y confiesa que lo es, que tuvo que serlo para imponer un poco de orden a la vorágine de la Comunidad Ecológica de Peñalolén en la que creció. Pasó su infancia sin televisión ni luz eléctrica, pero se paseaba por los sets de las teleseries esperando que su madre, la actriz Francisca Castillo, terminara de trabajar. Fue a un colegio de monjas, pero no es religiosa. Dice que le quedaron algunas cosas buenas como la espiritualidad, pero también reconoce que le quedó la culpa, de la que aún no se deshace del todo.

Nos reunimos en el departamento de su abuela Carmen, hermana del poeta y pintor Adolfo Couve. Dominga cuenta que no tuvo mucho contacto con él, pero sí con su otro abuelo, el “tecnológico”, el que trajo los primeros computadores y smartphones a Chile.

Cuando le digo que su primer largometraje “De Jueves a Domingo”  es bastante difícil de digerir pone cara de desconcierto. Pero rápidamente contraataca con sutileza y admite que es una película incómoda, pero que de eso se trata. Lo suyo es el naturalismo y le encanta el cine del iraní Kiarostami y también las películas de Raúl Ruiz.

A pesar de estar instalada en las ligas mayores del cine independiente, aún se emociona cuando había de sus cosas, de sus recuerdos, de su infancia. Y precisamente, de esas vivencias del pasado surge el argumento de su segundo largometraje “Tarde para morir joven” que acaba de presentar en el Festival de Locarno. Las últimas preguntas de esta entrevista las respondió desde la localidad suiza con entusiasmo tras el gran recibimiento que tuvo la película. “Tarde para morir joven” forma parte de la próxima cartelera de SANFIC, una gran oportunidad para verla.

“Tarde Para Morir Joven” está ambientada en la Comunidad Ecológica de Peñalolén. ¿Cómo fue crecer en ese lugar? Ustedes fueron de los primeros en llegar.

 Fue bien especial. Imagina que no teníamos luz ni teléfono y que hasta los ocho años no vi televisión. Lo paradojal era que mi mamá era protagonista de teleseries. Era un lugar muy particular, con casas en construcción, alejado de Santiago, donde mis padres habían decidido irse a vivir justo después de la dictadura. En esa época no había nada, eran parcelas baratas, según mi mamá Santiago era una lata. Vivíamos como en el campo, igual fue una época muy linda, con poca gente.

 La mayoría eran artistas y gente de televisión.

Para mí toda la gente de esa época es muy familiar, en general eran artistas sencillos, que no esperaban exponer ni nada, estaban obsesionados con la pintura, pero más que nada por estar satisfechos con su trabajo. Recuerdo a Ana Taulis (que inspira un personaje de la película) que pintaba y me pedía mi opinión cuando apenas tenía seis años. Mi opinión valía, eso era lo más extraño. Era una mezcla generacional, donde había espacio para que los adultos se equivocaran frente a los niños, o sea todas cosas alucinantes, sin límites, con mucha exposición frente a los adultos.

 Pero el hecho de vivir sin límites puede transformarse en un arma de doble filo. Igual se necesitan ciertas reglas, especialmente en la infancia.

Yo misma me fui poniendo límites, de hecho me puse muchos. Armé mi propia estructura y fui súper matea en el colegio.

 Con una vida tan particular ¿A qué tipo de colegio asististe?

Estaba en un colegio católico, de puras niñitas en Las Condes, eran muchas  contradicciones y creo que crecí con eso. Igual, sin ser católica, me quedaron cosas, harta culpa, que con los años he logrado disipar. Pero también me quedó cierta espiritualidad, creencia en cosas menos concretas, soy como creyente, de hecho creo en todo.

 Dices que creciste sin ver televisión ¿Hoy lo haces?

Yo no veo nada, no veo series o muy poco. Tampoco escucho mucha música.

 Es extraño escuchar eso, viniendo de alguien que se dedica a hacer películas.

Lo que pasa es que mi trabajo no viene de esa influencia  audiovisual tan invasiva que es la tele, es loco, viene desde otro lugar.

 ¿El cine chileno fue una influencia?

Más allá de los jóvenes como Matías Bize o Andrés Wood, quien realmente me fascinaba era Raúl Ruiz. Hace poco se reestrenó “Palomita Blanca”, y me dije “cómo no fui capaz de ver esto antes”. Había visto “Palomita Blanca” en VHS en la Escuela, pero esta vez, fue realmente emocionante, creo que Ruiz está por fuera de todo lo que es chileno, siento que es un director muy alucinante.

¿Consideras que tus trabajos son representativos del cine chileno?

Sabes lo que pasa, para mí el cine es lo menos territorial y menos nacionalista que hay. Me cuesta mucho enmarcarme, la verdad es que sólo soy una persona que hace películas.

¿Cuál es tu visión del cine chileno actual?

Creo que el cine chileno se ha diversificado y admiro el trabajo de algunas personas. Hay más producciones y te encuentras desde cine de autor o independiente, hasta el cine que es llevado más por los productores, que es más comercial. Eso es positivo porque siento que no estamos yendo todos en la misma búsqueda.

Tus trabajos entran en la categoría de cine de autor. Tu cine no es fácil de digerir.

Claro, formo parte de los directores más autorales, que aún tienen la ilusión de empujar el cine hacia otros lugares, de ampliar lo que el público está acostumbrado. Lo que pasa  que es difícil romper con las estructuras y gustos impuestos por la televisión y el cine gringo, que son como las correctas, que nos agradan y no nos incomodan. Por eso mi trabajo resulta más complicado de digerir. Estoy muy lejos de hacer una película convencional, vendible, comercial. Estoy lejos de lo obvio.

¿Cómo describirías a tu generación de cineastas?

Somos una generación donde se han borrado bastante los territorios. Es gente que ha viajado y que no se encasillan en un género, país, ni continente. Mi generación creció apolítica, hasta me avergüenza decirlo, pero en el colegio nunca fuimos a una marcha, nunca alegamos por nada, todavía había susto, por eso somos más silenciosos, una generación que se volvió hacia adentro, haciendo películas más íntimas, individualistas en cierto modo. Para mi generación las grandes historias no estaban en la calle. No había una necesidad de registrar los grandes hechos políticos. Entonces somos directores que volvimos hacia adentro de las casas, a nuestros propios conflictos, una generación más humanista.

¿Qué diferencias hay entre la Dominga de “De Jueves a Domingo” y la de “Tarde Para Morir Joven”?

La diferencia es que ya no morí joven (risas). En “De Jueves a Domingo” era muy chica, la filmé a los 24 años. Yo creo que me había impuesto más limitaciones, estaba llena de reglas del lenguaje, de ideas muy concretas, y ahora me enfrento a eso, soy más libre. Ya no me importa caer bien, soy más radical.

 ¿Te importa la crítica?

Sí, me importa la crítica. Es bueno tener buena crítica, pero también me gusta que exista discusión, que la opinión no sea tan unánime. Me interesa saber lo que piensan ciertas personas en particular, gente que admiro, que me dan ganas que entienda mi trabajo, como mi abuela, porque mi familia es muy crítica artísticamente. Siempre he estado rodeada de gente que hace arte, que se autocrítica, entonces como que me importa harto la opinión del mundo cercano.

¿Eres una mujer de carácter?

Creo que sí. Es curioso, porque siempre fui bastante tímida, pero parece que dejé de serlo (risas). Soy tímida para algunas cosas, igual soy introvertida, pero soy segura con las cosas de trabajo.

 Cuando vi “De Jueves a Domingo” la encontré una película difícil, un filme que te impacienta.

No es una película fácil y además es algo muy personal. Yo sabía que no era una película tradicional. Quería provocar esa incomodidad en quien la ve. En cierto modo, el espectador debe llenar los blancos. Pero algo que empezó muy chiquito comenzó a tener reacciones en diferentes partes del mundo. La gente se emociona y quizás no por la película, sino porque les trae recuerdos de sus propias historias, de su infancia.

¿En “Tarde Para Morir Joven” te planteaste algo diferente?

La nueva película es mucho más coral, con muchos protagonistas y con elementos más adolescentes. Es el retrato de un mundo colectivo, con elementos a los que uno se puede acercar, hay una historia de amor, hay más historias que en la película anterior, porque allí quería hacer como postales de ese viaje, casi foto. Pero sigo pensando el cine más allá de la historia, a mí no me interesa la historia, me interesa capturar algo vivo, me interesa explorar, probar y también irme en contra de mis propias reglas. Tiene que ver con la mirada, y si a alguien no le gusta, porque no pasa nada, bueno, que se cambie a Netflix donde va a encontrar una diversidad de películas donde pasa de todo.

 ¿Costó financiar este último filme?

En Chile nos costó mucho financiar. Postulamos tres años al fondo audiovisual y no nos dieron nada. Hasta llegué a pensar que tendría que posponerla hasta los 40 porque me aburrí. Pero justo conocí a un importante productor brasileño en Mar del Plata que me pidió que le enviara mi primera película y el guión de “Tarde Para Morir Joven”. Luego, averiguando, supe que era Rodrigo Teixeira, socio de Scorsese, y el productor más importante de Brasil, que recién había hecho “Call me by your name”. Un par de días después me llama y me dice: “Vimos tu primera película y le encantó a toda la oficina, leí el guion y nosotros vamos a ser parte de esta película”. Yo quedé guau ¿será verdad? Porque no todos los días llega alguien y te ofrece 400 mil dólares para financiar una película. De la nada, sin saber quién eres. Con ese dinero comenzamos a trabajar.

 AHORA DESDE LOCARNO 

¿Cómo ha sido la experiencia de Locarno?

Estoy muy contenta, la recepción de la película ha sido súper cálida, el festival es increíble, porque parece como un pueblo, un lugar muy chiquito, pero congrega un montón de personas, con proyecciones para 8 mil personas todas las noches en la plaza. Hay mucha gente de la industria, directores a los que admiro y con los que me he encontrado.

 ¿Cómo viviste el estreno?

La película fue estrenada al comienzo del festival. Estuve con los productores y el protagonista Demián Hernández. Para Demián era la primera vez en una película, la primera vez en un festival, la primera vez en un hotel. Fue muy bonito compartir esa experiencia, que viera lo alucinante que es estar acá.

La película fue presentada por el director del festival Carlos Chatrian en una sala para tres mil personas. No sabíamos si se iba a llenar, pero se llenó, y la gente del festival me dijo que nadie se fue, y que eso era especial para una sala tan grande.

Estoy contenta porque la gente ha reaccionado bien con la película y ha generado ruido. Me llamó la atención la lectura de la gente, y que la película esté mucho más cercana al público de lo que yo esperaba. Las personas la relacionan con sus propias infancias, y eso ha sido como súper emocionante. Cuando veo al público involucrado, me acuerdo de por qué me interesa hacer películas y olvido todas las horas de trabajo en solitario. Alguien me dijo a la salida del cine “esta película me hizo recordar cosas que había olvidado”, y me quedo con eso. Me interesa entregar estas películas que son como incompletas, para que las personas llenen esos vacíos con sus propias vivencias.

Recién supiste que ingresas a la selección oficial del festival de Nueva York. ¿Cómo lo recibiste?

No lo podíamos creer. Porque para los directores es como el festival más importante del mundo. Es un festival en el que nunca imaginé quedar seleccionada. Me han escrito muchos directores amigos, porque es un certamen que selecciona muy pocas películas de cada festival grande. Y me explicaron por qué la seleccionaron. Según ellos porque es una película que va creciendo con el tiempo. No sé qué decirte, están los hermanos Cohen, Jean Luc Godard, Hong Sang soo, y muchos otros a quién admiro y respeto. Creo que es un gran comienzo para mi película, es un festival muy exclusivo.

“Ahora se me ha hecho claro el sentido que tienen estos festivales, más allá de lo lindo de que te seleccionen, que es proteger un cine que se sale de los bordes y que está buscando fórmulas nuevas”.

¿Crees que el público chileno es un tanto indiferente a las producciones nacionales?

Lo que pasa es que hay un problema con la distribución y la formación de audiencias. Si bien en los últimos diez años se apoyó la producción, no fue de la mano de un plan de distribución. Ahora eso ha cambiado un poco, se negocia con la red de salas, y se busca llegar al público joven proyectando películas en colegios. Desde hace uno o dos años hay un esfuerzo sostenido de los fondos de cultura para formar audiencias, y ese es el gran desafío.

¿Crees que el cine chileno chatarra aporta?

No sé, nunca he visto una película de Nicolás López. Con eso te digo todo.

Pero ¿crees que lo de López le hace mal al cine chileno?

No sé, ni me importa. Para mí no existe. Aun así, creo que la gente tiene criterio, y sabe que se trata de una persona específica que tiene un problema personal. Lo que sí afecta es que uno abre los diarios y donde pudo existir espacio para hablar de una nueva producción, hoy sólo vemos nuevas acusaciones contra López u otros personajes. Creo que estamos en un momento clave para el cine nacional y no necesitamos este tipo de situaciones. Pero ojo, me parece bien que las personas afectadas se atrevan a denunciar.

¿La industria del cine es machista?

De todas maneras. Está teñida de lo machista que es el mundo en general. Yo misma he tenido que poner límites, porque todo es muy ambiguo, desde el que te está invitando a comer o al estreno de una película. Lo he sentido en varias ocasiones, y el límite es muy delicado, porque no sabes si te invitan porque le interesas tú, o tu película, o las dos.

 Centro de Cine y Creación

Con cuatro socias formamos una fundación y compramos una casa en Santa Isabel con Portugal, y vamos a abrir el próximo año. Será un cine, un lugar para trabajar en proyectos, como espacio de información, creación, formación, y exhibición de filmes. Hemos conseguido alianzas con Sundance y varios festivales que quieren hacer cosas de formación y exhibir películas de otros países acá. Tendría dos salas de cine, una para 30 y otra para 100. Es un lugar donde la gran motivación será volver a hacer atractivo ir al cine, rescatar el cine de barrio, la experiencia colectiva de ver una película. Será un cine creado por personas que hacen cine, y nosotros llevamos diez años haciendo películas que no tienen espacio para verse en Santiago.