Se supone que los espectadores de Santiago están cada vez más refinados y especializados, pero la evidencia nos dice que falta mucho por aprender y mejorar. Al menos, en lo que se refiere a buena educación y deferencia. Por Joel Poblete

  • 14 diciembre, 2010

 

Se supone que los espectadores de Santiago están cada vez más refinados y especializados, pero la evidencia nos dice que falta mucho por aprender y mejorar. Al menos, en lo que se refiere a buena educación y deferencia. Por Joel Poblete

 

En ocasiones anteriores hemos hablado de la escasa sutileza de muchas personas en los conciertos programados en el Teatro Municipal de Santiago, y a principios de noviembre tuvimos una nueva muestra, cuando un hermoso programa interpretado por Bruno Leonardo Gelber, consagrado a Beethoven, Schumann y Chopin, se vio alterado por molestas e ininterrumpidas toses en la platea, que incluso se ganaron la reiterada reprobación del artista. A menudo, en medio de una ópera o un concierto, se ve gente revisando su correo en su BlackBerry, abriendo ruidosamente papeles de dulces, como si estuviera en el living de su casa. Y a pesar de las advertencias al inicio de cada espectáculo, nunca falta el sonido del clásico e impertinente celular de turno.

Con experiencias como esas, creíamos haberlo visto todo, pero aún nos quedaba asistir al tan comentado y esperado concierto de música de películas de la Filarmónica de la Ciudad de Praga, que contaría con un invitado de lujo, el violinista Itzhak Perlman. Aunque el taquillero repertorio escogido por la agrupación debería haber asegurado el delirio colectivo, a cambio tuvimos escasos y muy breves aplausos después de cada pieza, y un permanente y creciente desfile de espectadores que se fue retirando sin mayor consideración durante el espectáculo.

El artista recibió aplausos de cortesía y sólo unos pocos y tímidos “¡bravo!”, pero nada se parecía al fervor que uno podría haber esperado. Considerando la dificultad que tiene para desplazarse al entrar y salir del escenario, fue una verdadera vergüenza que los aplausos se extinguieran muy rápido al terminar su intervención. No sólo no le pidieron un bis, sino que el intérprete debió retirarse mientras entre los asistentes reinaba el silencio.

Conste que lo que comento fue mi experiencia al asistir al segundo concierto, y no pude evitar sorprenderme cuando supe que esa noche la gente fue mucho más cálida que en el debut. No podía creer que el público fuera tan frío, como si estuviera viendo a cualquier solista tocando un rutinario concierto. Es cierto que algunos pueden disculparse con la excusa del fuerte frío nocturno que se sentía en el Parque Bicentenario, pero de todos modos se trató de algo impresentable.

Muchos opinan que este tipo de actitudes tiene que ver con que los santiaguinos estamos algo “mimados”, pues los principales espectáculos de este tipo vienen a la capital y sólo en contadas ocasiones van a regiones. Así, nos damos el lujo de mostrarnos displicentes aunque estemos en presencia de grandes intérpretes o de versiones que en cualquier otro país serían ovacionadas.

Otro ejemplo es el de la Orquesta y el Coro del legendario Teatro San Carlo de Nápoles, presentados por la Fundación Teatro a Mil y Minera Escondida y dirigidos por Maurizio Benini: en Antofagasta, Santiago y Valparaíso ofrecieron conciertos gratuitos con “grandes hits” del repertorio lírico italiano, que fueron muy bien recibidos. Sin embargo, durante la presentación en el Parque O’Higgins de la capital, el público no fue demasiado cálido ni entusiasta, salvo los espectadores de las primeras filas.

Nada se compara a la conmovedora recepción que lograron las dos funciones en el Teatro Regional del Maule, en Talca, cuando los napolitanos presentaron la elogiada producción de Giorgio Strehler para la ópera Così fan tutte, de Mozart. Habituados a un público más frío y poco entusiasta, para los santiaguinos que estuvimos presentes fue muy emotivo y una bonita sorpresa escuchar las contagiosas risas, ver las caras de alegría, los calurosos aplausos, la ovación de pie de alrededor de 15 minutos de ese público de provincia, tan golpeado por el terremoto (que parece que hubiese sido ayer). Toda una lección para los impasibles capitalinos.