A fines del año pasado, Devendra Banhart editó su segunda placa globalmente distribuida. Ya han pasado algunos meses y corresponde hacerse cargo de destacar a esta “nueva” voz notable de la canción gringa. POR ANDRES VALDIVIA

  • 27 junio, 2008

A fines del año pasado, Devendra Banhart editó su segunda placa globalmente distribuida. Ya han pasado algunos meses y corresponde hacerse cargo de destacar a esta “nueva” voz notable de la canción gringa. POR ANDRES VALDIVIA

Devendra Banhart es peculiar por donde se le mire. Nacido en Caracas, Venezuela, transplantado a las calles de L.A., Estados Unidos. Hippie de pinta y moral en tiempos de samplers y zapatillas con velcro. Comenzó realizando experimentos sonoros en una grabadora casera mientras estudiaba arte, haciendo algo parecido a lo que al jazz es al freejazz: improvisando y jugando con las perinolas de la maquinaria disponible. Sus primeras cintas circularon con gran éxito por los sordos pasillos de las escuelas de arte, hasta que poco a poco el tipo se fue convenciendo de su potencial como songwriter y se decidió a publicarlas vía un sello independiente. Sus fans comenzaron a crecer y Devendra entendió que para aumentar su audiencia y hacerse viable como músico debía comenzar a confinar sus experimentos al restrictivo pero infinitamente fértil formato de la canción. Demoró, pero ya para el año 2005, había firmado para un sello de mayor envergadura y editado Cripple Crow, su primera colección de canciones propiamente tal. El disco fue un éxito en el mercado independiente y puso la imagen barbuda y woodstoquezca de este músico en cuanta revista especializada existe –desde Rolling Stone hasta Spin– y en cuanto festival taquillero se realizaba. De un momento a otro, Devendra Banhart era un músico conocido, viajado y experimentado.

Pero había en Cripple Crow una dimensión algo restrictiva, probablemente auto impuesta. El paso desde las formas libres al yugo feliz de la canción le robó parte de la sicodelia y el delirio a su trabajo, y las perspectivas de un nuevo disco igual de exitoso se hacían inciertas. Así fue como Banhart editó a fines del año pasado Smokey Rolls Down Thunder Canyon, su segunda placa mainstream. Grabada en un estudio analógico instalado en la casa del músico en el cañón de Topanga, esta placa es un viaje impresionante no sólo en el tiempo, sino que además a través de las texturas que han hecho de la canción norteamericana y latinoamericana lo que son hoy en día. Smokey… suena a ratos como Neil Youg, en otros como Tom Jobim, como los Beatles, como los Jackson 5 e incluso como Víctor Jara. Pero su genialidad no está en haber metido todo lo anterior a la juguera –que para eso ya tenemos a Beck– sino en haber logrado que el resultado suene contemporáneo, urgente y necesario. Hay algo en el delirio de Banhart que sólo es posible hoy y eso se agradece.