Ser “hijo de” nunca es sencillo. Menos si el padre es un personaje tan llamativo y polémico como el arquitecto Cristián Boza. Luego de su muerte, Cristián Boza Wilson, el tercero de sus hijos, y también arquitecto, ahonda en esas dificultades. Pero también rescata lo positivo y asume el camino propio.
Fotos: Verónica Ortíz.

  • 14 febrero, 2020

«El gran pez” se titula la película de Tim Burton que cuenta la relación de un hijo con su padre, un gran relator de historias en las que la realidad y la fantasía resultan tan fascinantes como difíciles de distinguir. “El gran pez” es también una de las maneras que usa Boza Wilson (41) para describir a su propio padre, el afamado arquitecto que murió el pasado 21 de enero. Mientras toma un contundente desayuno –café, jugo y pan con huevo–, Cristián explica que junto a sus tres hermanos, Max (abogado), Camilo (médico) y Antonia (artista), llevan años corriendo maratones. “Es como mi manera de meditar. Después de correr, todo lo que pensaste tiene una solución. Llegas cargado y sales liviano”, afirma.

Han pasado pocos días desde la muerte de Don Cristián –como se refiere a su padre–, producto de una larga enfermedad hepática que comprometió daño neurológico. Recién empezando el proceso de duelo los sentimientos son encontrados, reconoce. Con el mismo nombre y profesión, lo automático sería bautizar a Boza Wilson como el heredero, pero su camino ha sido distinto. “Con papá arquitecto, mamá que trabajaba en galerías de arte, abuelos y amigos artistas, lo lógico era estudiar arte, diseño o arquitectura. En ese momento no existía ni siquiera la reflexión de tener el mismo nombre que mi padre. No fue tema y tampoco hubo presión”, cuenta el profesional, a quien todos conocen como Gogo. Finalmente se decidió por arquitectura.

-¿Te interesaba particularmente el trabajo de tu papá?

-Lo admiraba y lo encontraba atractivo. Pero cuando empecé a tomar conciencia de la arquitectura, a conocer a los grandes maestros y a entender qué es lo que hacía mi papá, empezó a haber diferencias. Él tenía su rollo con el postmodernismo, era un barroco, yo en cambio fui simpatizando con la arquitectura más minimal, más limpia. Para mí la arquitectura contemporánea debía ir más allá y mi papá seguía haciendo edificios con curvitas. En la dinámica padre e hijo, entendí, a través de la contradicción, lo que a mí me interesaba más.

-¿Había discusiones arquitectónicas entre ustedes?

-Él era particular; te podía hacer una super buena crítica y al mismo tiempo era bastante dogmático con su propia educación. Entonces era difícil conversar en un plano neutro. Pero cuando viajábamos en familia siempre armaba un itinerario arquitectónico y en esa instancia sí fue como una especie de maestro, te llevaba a lugares que quizás no hubieras elegido y te hacía reflexionar.

Cristián estudió arquitectura en tres universidades; partió en la Finis Terrae, pasó por la Universidad Católica y terminó en la Universidad Diego Portales, donde luego también cursó el Magíster Territorio y Paisaje, y donde actualmente se desempeña como profesor de título. Una vez egresado, considerando que los años de estudiante habían sido largos y que quería independizarse, en 2005 entró a Boza y Asociados. En esos años en la oficina trabajaban unas 40 personas y él se metió en el área de diseño, donde se relacionaba más con los socios que con Boza Díaz, quien entonces estaba más dedicado a la docencia, la relación con los clientes, viajar y hacer conferencias.

Río abajo

El río Mapocho hizo que padre e hijo se cruzaran profesionalmente. “Mi papá venía planteando una idea muy poética: recuperar la identidad de Santiago volcando la ciudad hacia su río. Se la comentó a su amigo Sebastián Piñera, que se convenció de lo potente de la idea, y juntos empezaron a imaginar el Mapocho navegable. Cuento corto: cuando Piñera asume como presidente por primera vez propone esta idea como Proyecto Bicentenario y le dice a don Cristián: ‘Compadre, tenemos que desarrollarlo’”. El lugar elegido para el actual Parque Fluvial de la Familia fue un sitio eriazo de Quinta Normal que llevaba décadas botado y que tenía la característica de estar pegado al río, condición poco común desde la construcción de las autopistas urbanas.

Cuenta Gogo que a Boza padre le gustaba “armar la pelotera” y luego delegar, entonces le traspasó el encargo y él lo desarrolló junto a tres colegas que entonces trabajaban en la oficina de Mathias Klotz: Diego Labbé, Eduardo Ruiz y Pedro Pedraza, luego se integraría Michel Carles. “Armamos el proyecto con un nivel de informalidad brutal; de noche, después del horario de oficina y comiendo pizzas. Éramos cinco jóvenes que nunca en su vida habían diseñado un parque, pero que veníamos con la teoría del magíster. Don Cristián aparecía de vez en cuando para las reuniones y aunque tampoco había hecho un parque, le daba lo mismo porque estaba cumpliendo un sueño. Me he dado cuenta de que mi papá en el ámbito profesional fue bien generoso, no fue el obsesivo que quiere estar encima de todo. Sí le gustaba ver resultados, pero era sensato al entender que no había que discutir todo. Muchas veces me ponía guindas en la torta. En sus planos originales había castillos, una rueda de la fortuna, chorros de agua, más botes y gente surfeando. ‘Papá, no va a haber tanto viento’, le decía yo. Ya nos reíamos a esas alturas”, cuenta Gogo.

Los últimos años la salud ya no acompañaba a su padre, la vida le pasaba la cuenta por tantos años de bohemia, y participaba de manera más esporádica en los proyectos arquitectónicos de la oficina. Uno de los últimos encargos grandes que monitoreó fue el Edificio CV, ubicado en Alonso de Córdova con Américo Vespucio, una construcción contemporánea que reemplazó al emblemático restaurante El Reloj. “Cuando mi papá se metía a corregir, era complejo seguirlo, entonces tuvimos que idear un plan: teníamos dos maquetas virtuales y cada vez que aparecía don Cristián, cerrábamos los laptop y le poníamos la que le gustaba a él. Se sentaba a dar indicaciones, el arquitecto a cargo me miraba y yo le hacía el gesto: ‘hazle caso’. ‘Perfecto, ¿qué hora es? –decía mi papá– hora de un pisco sour’, y se iba contento”.

-¿Y después no se sentía engañado?

-No, porque era tan loco que lo que le importaba era que el edificio se hiciera. Finalmente lo pasábamos bien. Él nunca fue impositor, me dejaba ir más allá.

-Pero tuviste que crear una estrategia de no confrontación.

-Tanto así que de repente íbamos a reuniones con clientes, y él iba con su edificio en su mente, pero yo llevaba una segunda carta. Si al cliente no le gustaba la presentación, Don Cristián era capaz de decirle: “Tú no eres el arquitecto a cargo”. Silencio. Y ahí venía yo: “Papá, es válido que el cliente quiera ver otras opciones y por eso trajimos la alternativa B”. Luego de unos momentos de tensión se resolvía la situación. Y él partía con amigos a almorzar. No había pelea de ego, pero había que construirle un mundo paralelo. Si no, era muy difícil.

-¿Esa construcción pasó por tu propia madurez?

-Es que siempre viví así. Y aprendí mucho de él, sabía de todo y también le gustaba inventar. Todo lo que sabía le agregaba una cuota, de una historia convencional hacia algo irrepetible y único. Todo era una aventura.

Los errores

Durante años los arquitectos socios de Boza Díaz fueron José Macchi, Francisco Danus y Ernesto Jeame. Eso duró hasta el año 2012, y según Gogo, aunque ya su padre tenía un rol cada vez más alejado del trabajo de oficina, el punto de inflexión fue su salida como decano de la Universidad San Sebastián tras una polémica entrevista publicada por la revista Vivienda y Decoración, donde hacía alusión a la falta de sofisticación de sus alumnos. “Hay un antes y un después de la Universidad San Sebastián”, afirma.

-¿Ese edificio fue un error?

Fue un desacierto. Creo que es una de las peores obras de mi papá. Más que por la escala, que tenía que ver con el encargo, el desafío arquitectónico era hacer un edificio más silencioso. Y en vez de aplicar esa reflexión, como buen Boza, él lo hizo más exagerado. Y para rematar le puso ese techo rojo del demonio.

-Y si le decías eso, ¿qué respondía?

-“¿Cómo? ¿No has visto el museo Reina Sofía de Jean Nouvel? Esto es lo mismo”. Y yo: “Papá, ¿no será muy literal?”.

“Sin los socios, quedé en la mitad de la nada. La figura de Boza y Asociados deja de existir y mi papá es este personaje que vive inventando proyectos, pero que no sustenta una oficina. Yo había empezado a tener encargos propios y funcionaba como pulpo. Inventamos el Boza+Boza, pero lamentablemente mi papá en vez de replantearse profesionalmente, se dedicó cada vez más a juntarse con amigos y parrandear. En 2015 me constituí como Boza Wilson, literalmente tomándome el espacio de la oficina, que había ido quedando desocupada”, cuenta el arquitecto.

-¿Crees que tu padre perdió interés en la arquitectura?

-Quizás por un tema generacional, creo que se dejó de relacionar con gente interesante y creativa. Pero tenía salidas geniales. Una vez, estando en Nueva York, lo acompañé a una entrevista con el decano de la escuela de arquitectura de Columbia y ahí me di cuenta de que mi papá realmente estaba chalado. Por supuesto no tenía cita, pero no sé cómo terminamos en la oficina del decano y él planteándole una alianza entre su escuela y la Universidad San Sebastián. Ante lo cual se le explicó, muy respetuosamente, que por políticas de la institución, Columbia no se asocia a otras casas de estudios, porque de lo contrario tendrían 50 universidades cada cinco minutos tratando de generar un vínculo. Y mi papá le insistía: “Piénsalo bien: Columbia y San Sebastian, podemos llegar muy lejos”.

-¿Y ahí no te daba vergüenza?

-Yo casi me escondía debajo del sillón. Pero mi papá era un activista de la arquitectura y se creía tanto el cuento, que siempre estaba tratando de inventar algo. Iba más allá del dibujo o del encargo. Los suspensores, los anteojos, el cuadro de Matta: todo era parte del personaje.

-¿Cuál es su obra que más te gusta?

-Incuestionablemente su casa de Los Vilos. Vas a esa casa y todo es coherente. Está hecha con los materiales del lugar, frente al mar, se integra a la roca, el programa es perfecto. No sé cómo cresta lo logró. Mi papá no era un teórico de las cosas, era más bien visceral y así podía llegar a grandes aciertos. Ves muchas de sus obras y después esta casa y dices: “No pueden ser del mismo arquitecto”. Cada vez que voy me emociono porque en todo momento se pone como protagonista al paisaje. Un arquitecto podría dar una clase magistral a partir de esa obra. Don Cristián hablaba siempre de la sofisticación, pero al mismo tiempo podía ser muy sencillo.

Hace cinco meses Boza Wilson le ofreció al fotógrafo especializado en arquitectura, Cristóbal Palma, que pasara unos días en la casa de Los Vilos a cambio de un registro fotográfico de sus exteriores. Y justo antes de que muriera, estando internado en la clínica en estado de lucidez intermitente, pudo mostrarle a su padre algunas de estas imágenes: “Estaba feliz, se emocionó. Alucinó con una foto muy abstracta donde se veía un pedazo de muro amarillo contrastado con el cielo azul”.

“Matar al padre”

-¿Pudiste despedirte bien de tu padre?

-Sí. La gracia de todo su preámbulo es que pudimos llorarlo, pelearnos, angustiarnos y reconciliarnos. Eso fue de gran ayuda, ahora lo que se viene es más duro porque hay que vivírselo sin él. Como era tan omnipresente, va a ser raro que no esté. Pero era tan avasallador que el nivel de liberación que vamos a tener será inmenso.

-¿Lograste “matar” al padre, en el sentido freudiano de separarte de él?

-Yo estaba en ese proceso hace tiempo. Igual él era demandante y hasta el último minuto, ya muriéndose, me seguía insistiendo con retomar un proyecto en la autopista Norte Sur. Hasta le conseguí una alumna recién egresada para soportar la presión de tenerlo encima.

-¿Qué heredaste de él?

-La capacidad de congregar y armar equipo. Lo que he hecho en arquitectura ha sido principalmente un trabajo colaborativo. En lo personal hay algo de lo carismático, la pasión u obsesión por la disciplina. Como él, puedo hablar eternamente de arquitectura, de cactus, de la montaña, del río…

-¿Cómo se siente el peso de llamarse Cristián Boza?

-Yo creo que inconscientemente siempre he estado trabajando el doble por tratar de diferenciarme, frente a él y a mis pares. Ese peso va a estar siempre, y ahora puede ser peor porque él se va a transformar quizás en leyenda, pero como tuvimos una buena relación no tengo drama. Tampoco competimos, él siempre me dio libertad. Me deja además la reflexión de que había un lado B bien hardcore de su vida personal.

-La bohemia y sus consecuencias.

-Claro. El conflicto que tuvimos es que fue un papá a veces muy ausente, incapaz de ser empático, solo le interesaba hablar de sus cosas. Yo trataba de llevarlo a algún plano de profundidad, siempre a través de la ironía. Le decía: “En vista de que va quedando poco, ¿por qué no te dedicas a reconciliarte con los que quieres? ¿O por qué no agarras un lápiz y haces dibujos para después venderlos? Se reía: “Lo voy a pensar”. Estaba asustado, no se quería morir. Pero si a los 40 años tuvo un problema hepático por lo mal que se portaba, a los 65 cáncer de colon, y siguió dándole. ¿Qué se le iba a hacer? Era como un Bukowski de la arquitectura.

-¿Se arrepintió?

-Yo creo que se le escapó de las manos. Como dice su buen amigo Jorge Figueroa: se lo comió el personaje. Si le ofrecían una entrevista en The Clinic, la daba sin cachar que lo estaban ridiculizando. Para nosotros era duro, ese nivel de exposición nos afectaba. Pero él no estaba ni ahí.

-¿Qué te pasó con las últimas publicaciones en la prensa después de su muerte?

-Tuve sentimientos encontrados, fue muy duro, pero así era la cosa con él. Nació chicharra y murió chicharra. Al principio yo estaba reacio hasta a que Piñera diera un discurso en el funeral. Después entendí que parte del artículo publicado por la revista El Sábado se trataba también de un desahogo de mi mamá (Diana Wilson), y eso me gustó, porque el protagonismo siempre se lo llevaba él. Hay toda una historia compleja de vivir con este padre.

-Pareciera que como familia lo despidieron unidos y en paz.

-Es que era un personaje y tenía sus conflictos, pero era difícil odiarlo porque sabías que era intrínsecamente bueno. Nada lo hacía de mala fe. Era generoso, por eso nunca tuvo tanta plata como aparentaba. Uno rescata sus virtudes porque generaba cosas positivas. Pero como no era empático, no podía ver más allá de su personaje.

Obras propias

Cristián Boza Wilson y su equipo han concursado, colaborado y desarrollado varios proyectos que se acercan al paisaje. En asociación con MJD Arquitectos proyectaron el Liceo Mariano Latorre en Curanilahue. “El edificio rompe con paradigmas porque se eleva y así libera el suelo, poniendo en valor el paisaje. Se transforma en un lugar de reunión para la comunidad, un aporte”, dice el arquitecto sobre esta obra que para él marcó un hito. Otra de las áreas de trabajo han sido concursos de bordes costeros y fluviales para ciudades como Antofagasta, Valparaíso y Concepción. Para Gogo es fundamental replantearse el concepto de urbanismo y pensar en paisajes integradores. “Las ciudades ya las destruimos, ahora viene recuperarlas. El urbanismo planifica las ciudades desde la infraestructura, lo que yo he tratado de hacer o de reflexionar es un urbanismo ecológico. No puedes pensar un proyecto sin su entorno. Es de sentido común. Ahora estoy investigando sobre jardines secos porque ya no puedes pensar en un jardín que parezca cancha de golf”. El Parque Fluvial responde a esa misma lógica. Gogo cuenta que cada 15 días va hasta allá para observar cómo se está usando: “Entender qué hicimos bien y en qué nos equivocamos”. Ahora se encuentra trabajando en la construcción de una casa en la Reserva La Campana e ideando un plan maestro en Talca, donde la arquitectura invite a vivir el paisaje.