El trayecto de Cusco al Valle Sagrado (despensa alimentaria del pueblo inca) es generoso en diversidad de paisaje, en fértiles tierras, en sitios arqueológicos. Se pasa por pueblos sencillos, en desorden, en particulares medios de transporte… Hasta que de pronto -siguiendo el camino principal que une Urubamba (capital de Valle Sagrado) y Ollaytantambo (único […]

  • 29 agosto, 2012

 

El trayecto de Cusco al Valle Sagrado (despensa alimentaria del pueblo inca) es generoso en diversidad de paisaje, en fértiles tierras, en sitios arqueológicos. Se pasa por pueblos sencillos, en desorden, en particulares medios de transporte…

Hasta que de pronto -siguiendo el camino principal que une Urubamba (capital de Valle Sagrado) y Ollaytantambo (único pueblo inca que conserva el trazado original de sus calles y sus acueductos)-, una entrada amplia y ordenada va abriendo paso a una construcción horizontal en madera muy amigable, con las montañas que se recortan sobre el cielo azul inmediatamente detrás, bordeadas por el río Urubamba, uno de los principales del Perú y parte de la cuenca del Amazonas.

El contraste es de alto impacto. La bienvenida es más que cordial. Quizás sea el estándar de los Luxury Collection de la cadena Starwood. Estamos hablando de ese lujo amistoso y a la vez sofisticado: materiales y texturas nobles, colores tierra y adornos folclóricos, amplias y serenas vistas, temperaturas adecuadas…Profesionalismo full, que ya quisiéramos ver más a menudo en Chile..

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Hay pocos hoteles boutique en el Valle Sagrado. Los más sonoros son el Aranwa y el Tambo del Inka. Nos decidimos por este último por las fotos de la página web (aunque así y todo no le hacen justicia) que destacan por su diseño, decoración, spa, parques, entorno; y también porque se ofrece como el único hotel en Urubamba con estación de trenes privada hacia Machu Picchu. No sabemos si es el único, pero sí que funciona. A las 6:50 de la mañana sale el carro de ferrocarriles Peru rail con destino final a Aguas Calientes.

Antes de esa mañana memorable en las ruinas incaicas, disfrutamos del resort. Primero, la habitación. Amplia, luminosa, puesta con estupendo gusto, ligero aroma a cedro, salida a la terraza con jardín, baño elegante con disposición de artefactos perfecta. Pequeños libros de la misma colección de distintos países en los veladores, sábanas de algodón para no levantarse nunca más,  iluminación misericordiosa para cuerpos no tersos en el walking closet. Servicio de mucama preciso e invisible. Terminaciones impecables.

Sucede que este hotel no es de pasada. Cuenta con oficina de turismo al interior que ofrece actividades varias: excursiones, trekkings, cabalgatas, rafting, etc. El spa dispone de 12 salas para atender tratamientos del más diverso tipo:  masajes y las llamadas “experiencias”, que usan ingredientes de la tradición inca como cacao, lodo del monte Misti y quinoa, y el más sofisticado de todos, el de oro de 24 kilates. El oro era el ingrediente elegido por las princesas incas, señalan, para mejorar el tono y la hidratación de la piel (ninguna posibilidad de confirmar efectividad del metal dorado). Además hidromasajes, camas subacuáticas, duchas Vichi, salas VIP para tratamientos en pareja, etc. etc.) Probamos el masaje más sencillo de la carta, el que en manos de Edith se sintió de categoría Premium.

La piscina (principal atracción para quien escribe) se extiende una parte en el interior y luego hacia el jardín mirando las montañas. Este estético interior-exterior, sin embargo, puede ir en contra de la temperatura ideal del agua.
Si bien optamos por la cocina lugareña para esta estadía, no podíamos no comer en este santuario de gran infraestructura y servicio. En el comedor priman la altura, la madera, el vidrio y la piedra. Las paredes están revestidas con largos khipus. Las chimeneas abiertas conectan y transparentan los dos ambientes del comedor.  El diseño interior de este espacio debe ser el más logrado del recinto.

La carta del Hawa (que significa “Cielo del Edén”) dice que aquí se usan ingredientes orgánicos que vienen de las granjas vecinas. En la mesa hay un pequeño jarro con agua (para copiar). Comenzamos con espumoso y brioche con queso fresco y pesto de rúcula como cortesía de la casa. Inmediatamente señalan que un plato no está disponible.  La carta identifica las preparaciones según 4 categorías: vegetariana, con ingredientes del huerto, cocina novo andina o tradicional peruana. Buen aporte. Para compartir pedimos confit de rocoto cusqueño, ragout de cuy y papas gratin. Especiado, sabroso y pesado como entrada. Entre platos, llega un sorbete de granadina con licor de alcachofa: elegante, con fuerza.

Seguimos con lomo de cordero al ají amarillo y castañas; soufflé de quinoa y  espárragos al vapor, todo envuelto en “hojas de árbol molle de nuestro bosque”.  Bien bueno, pero la campana de vidrio que cubre al plato hace de efecto invernadero y humedece la carne y concentra el humo. El pato con arroz al cilantro y salsa de rocoto y hierba buena casi espectacular, salvo porque  a la piel del ave le faltó turgencia.  De postre nos llamó la atención la combinación de los ingredientes del parfait de pistacho con arenilla de chocolate y puré de manzana. Carta de vinos apoteósica. Tomamos un malbec orgánico Santa Julia de Mendoza. En resumen, una cocina estilizada, bien pensada, bien presentada y quizás también un poco rebuscada. La atención, inigualable. Incluso para los altos estándares que acostumbra exhibir Perú.