El nombre de Carmen Gloria Larenas se escribirá en los libros por ser la primera mujer que asume como directora general del Teatro Municipal de Santiago, el próximo 15 de noviembre, tras un período de transición. Conoce el Municipal desde dentro: primero como bailarina profesional y luego como jefa de comunicaciones. Esta es su historia.

  • 10 octubre, 2019

Conserva aún esa postura que distingue a las profesionales de ballet clásico. Es que lo fue por diez años. Primero, como aspirante a bailarina y luego como parte del cuerpo estable de Santiago.

Quienes conocen a Carmen Gloria Larenas (50) dicen que méritos para el cargo que asumirá en noviembre, como directora del Teatro Municipal, tiene de sobra. La periodista de la Universidad Andrés Bello lleva diez años a la cabeza de la dirección artística del Teatro del Lago de Frutillar (TDL) –propiedad de la familia Schiess– y una larga carrera relacionada en el mundo de la cultura.

Es por eso que la repercusión de su nombramiento ha tenido eco no solo en el público local, sino que su aprobación ha traspasado fronteras. Miembros de las altas esferas de los teatros, artistas y bailarines internacionales no han dejado de celebrar la decisión tomada por el directorio del Municipal de Santiago, presidido por el alcalde de la comuna, Felipe Alessandri, el 31 de agosto pasado.

Está dispuesta a asumir el desafío de gestionar y administrar la mayor sala del país, la cual está sumida en una crisis financiera arrastrada por años, con una deuda cercana a los siete mil millones de pesos y administrar los problemas de auspicios.

Tras bambalinas con Chayán

No olvidará jamás lo que ocurrió durante esa visita al Municipal. Tenía 8 años, y la profesora de ballet de su colegio, la Alianza Francesa, la acompañó a ver una función al teatro. Antes de que empezara, su maestra, la exbailarina argentina Virginia Hellmann, más conocida como Miss Bijoux, la tomó de la mano y la llevó a los camarines para que viera de cerca a quienes integraban el repertorio de la obra.

Carmenchu, como la llaman sus cercanos, vestía una pollera de tweed, blusa blanca, un moño muy apretado y una sonrisa sin dientes. No podía creer lo que veían sus ojos. Frente a ella, mirándose al espejo y casi irreconocible por la cantidad de maquillaje, estaba Rubén Chayán, mítico bailarín de la década de los ochenta y primera figura del Ballet del Teatro Colón de Buenos Aires.

Ese día, Carmen Gloria quedó impactada por la belleza y la magia que se respiraba tras bambalinas. Ahí se gestaba lo que ella después, sentada en su butaca, disfrutaría deslumbrada.

Su afición por la danza clásica había nacido un par años antes. Sentada en la alfombra verde de la pieza de sus papás, vio que trasmitían en la televisión el segundo acto de El lago de los cisnes y quedó maravillada con la elegancia de esas bailarinas vestidas de blanco. Con apenas cinco años, le dijo a su mamá que eso era lo que quería ser. Ni sus padres ni ella imaginaron entonces que protagonizaría esa misma obra años más tarde.

Se empeñó en ser aceptada en la academia de ballet de su colegio, aunque no cumplía con la edad mínima para empezar los entrenamientos de la disciplina. Pese a todo, fue aceptada. A partir de ese momento, y hasta los 22 años, su vida fue un ballet.

La outsider

Marcela Alexander es amiga de Carmen Gloria Larenas desde kínder y siempre le llamó la atención su convicción. “Me asombra la determinación de Yoya. Fue capaz de convencer a sus papás de que lo suyo era el ballet, pese a que ellos eran muy conservadores. Muy chica decidió renunciar a lo que nosotros, sus compañeros, estábamos viviendo”, recuerda su amiga. La bailarina nació en Santiago y hasta que se casó, en 1999, vivió siempre en la misma casa estilo inglés en avenida Colón, junto a sus padres Carlos Larenas y Gloria de la Fuente y a su hermana Verónica, cinco años mayor.

El matrimonio Larenas De la Fuente en todo momento inculcó en sus hijas la importancia de su desarrollo profesional. Casi no le hablaban de pololos ni menos de casarse. El patriarca, un hombre de pocas palabras y muy influyente en ella, le repetía: que fuera independiente, que tuviera un trabajo remunerado y que no dependiera de nadie.

La opción de ser bailarina no era un movimiento esperado. Pero su determinación terminó por convencer a sus familiares.

Motivada por su maestra, en 1983, cuando cursaba segundo medio, postuló a la escuela de ballet del Teatro Municipal y fue seleccionada. Todas las tardes después del colegio corría a la micro para llegar a tiempo a los ensayos en la calle Agustinas. Dicen sus cercanos que fue en esa época cuando por primera vez se sintió una outsider, sensación que la acompañaría en varios episodios de su vida. Poco tardó en darse cuenta de que era diferente al resto. Venía de un establecimiento educacional privado, a diferencia de algunos de sus compañeros que no habían terminado sus estudios, hablaba tres idiomas y vivía en el barrio alto. Outsider también en lo físico. Su curvilínea figura tampoco calzaba con el estereotipo propio de las bailarinas.

Su personalidad libre de complejos la empujó a seguir bailando su propia música mientras sus compañeros salían a fiestas y se preparaban para entrar a la universidad. «Nos sorprendía que fuera capaz de renunciar a lo que para nosotros significaba tanto,” recuerda su amiga Marcela.

Cercanos reconocen que afortunadamente Carmen Gloria siempre tuvo una buena capacidad de adaptación. Eso y los consejos de su maestra la impulsaron a seguir adelante y alejarse de prejuicios externos. Ni el bullying solapado de compañeros y profesores que la corregían de manera exagerada arruinó las ganas que tenía de ser la mejor. “Era el precio que tenía que pagar,” dice uno de sus familiares. Aprendió de sus compañeros e instructores las mejores técnicas e hizo oídos sordos a las críticas que quisieron alejarla de las tablas.

La crisis

Al son de Aida, Mambo y la Traviata, como aspirante a bailarina, Carmen Gloria debió recorrer un largo camino de formación y hacer un importante ejercicio de humildad, pues por mucho tiempo fue, como dicen sus amigos bailarines, “el reemplazo, del reemplazo del reemplazo”. Finalmente, en 1985, pasó a formar parte del cuerpo de baile del Municipal de Santiago y se consagró como una de las mejores bailarinas profesionales del país hasta 1992. Esa época le permitió “vivir” la institución desde dentro, aprendió de ópera, instrumentos y música clásica. Conoció a los principales artistas internacionales que se presentaban en Chile. Nada diría que más tarde se convertirían en herramientas claves para su gestión profesional.

Tras ocho años sobre el escenario notó que había un vacío en su vida que no lo lograba llenar con la danza. La falta de entusiasmo la sumergió en una crisis que la llevó a colgar las zapatillas y dejar el ballet. Cerró el pequeño departamento que arrendaba frente al Museo de Bellas Artes y volvió a la casa de sus papás. Tras seis meses en los que se dedicó a leer y a ver cine metida en su cama  –tiempo que reconoce haber aprendido muchísimo del séptimo arte– se decidió a estudiar periodismo a los veinticuatro años. Este giro bajó el telón a su etapa de bailarina.

Como periodista trabajó en radios y medios escritos cubriendo desde espectáculos hasta deportes. Fue como crítica de ballet en El Mercurio donde más a sus anchas se sintió pese a que tuvo que criticar muchas veces a sus ex compañeros del Municipal.

Un relevé a la muerte

Fue algo sorpresivo. No se había sentido mal. A los treinta, mientras caminaba por el parque Canterbury en Londres, sintió que el lado izquierdo se le paralizaba y perdía la visión. En menos de veinticuatro horas tomó el primer avión a Chile convencida de que en Inglaterra no se tenía que morir. Tras cuatro escalas aterrizó en Santiago y se internó en el hospital de la Universidad Católica, donde le diagnosticaron que había sufrido un infarto cerebral que afortunadamente se le había disuelto. El accidente vascular significó para ella un punto de quiebre. Tuvo que aprender a hablar y caminar de nuevo y empezó a mirar la vida desde otra perspectiva. “Comenzó a tener más paciencia con el resto, consigo misma y entendió la fragilidad de la vida”, dice un cercano. Corrían los últimos años de los 90 y los tres meses que estuvo en cama los dedicó exclusivamente a ver los partidos de tenis del Chino Ríos, entonces N1 de Chile, y a la lectura esotérica de Shirley MacLaine.

En 2001, Paz María Recart, jefa de prensa del Teatro Municipal, le ofreció sumarse al equipo de periodistas del lugar. Aceptó. Conocía el proyecto y le hacía sentido. Al poco tiempo asumió la jefatura, donde le tocó trabajar codo a codo con Andrés Rodríguez, quien fue director general por treinta y cuatro años.

En 2007, y tras seis años en el cargo, optó por hacer un nuevo giro. Esta vez de la mano de Drina Rendic, quien le ofreció la gerencia general de la Corporación Cultural de Lo Barnechea (COBA). El espacio le abrió las puertas del mundo social y el networking, ámbitos en los que, hasta entonces, no había invertido mayor tiempo. Esos dos años le permitieron relacionarse con los principales gestores culturales del país.

Un almuerzo en el Mestizo

Un coloquial almuerzo a principios de 2009 en el restaurant Mestizo con los empresarios Nicola y Christoph Schiess, con quienes tenía amigos en común. En el encuentro, los hermanos a cargo del grupo Transoceánica le propusieron sumarse al proyecto del Teatro del Lago (TDL) en Frutillar, que entonces se estaba construyendo. La oferta consistía en hacerse cargo de la subgerencia artística del nuevo espacio cultural. Lo dudó por la envergadura del proyecto, pero el 1 de octubre de ese año aceptó el desafío.

Durante ese tiempo definió el contenido de la escuela de las artes, componente diferenciador del teatro de Frutillar que ha permitido acercar a la comunidad la danza, el canto y la música instrumental. Proyectar y programar la temporada, de manera de llegar a la mayor cantidad y variedad de públicos posibles, y trabajar en el posicionamiento internacional del teatro, que para muchos era un imposible debido a que se ubicaba en la Patagonia, fueron sus mayores desafíos. Gracias a su gestión y en sintonía con la visión del grupo Schiess, hoy el TDL es elegido por los mayores artistas y compañías del mundo, como el caso Yo-Yo Ma, el violonchelista franco-estadounidense más importante de mundo, quien decidió presentarse exclusivamente en ese escenario en mayo de este año.

Leonidas Montes, director ejecutivo del Centro de Estudios Públicos y miembro del directorio del TDL, la conoce de cerca. Dice que “su prudencia y empatía le permiten un liderazgo cercano y efectivo a la vez. En sus diez años en el teatro dejó un sello con su empuje y amor por las artes”. Destaca su calma y templanza. En esa línea, Montes no olvida el día que Sonya Yoncheva, una de las sopranos búlgaras más aclamadas de la ópera internacional, retrasó su llegada tras haber tenido problema de conexión en el vuelo. “Nadie sabía si llegaría, pero Carmen se mantuvo confiada y serena”, indica.

Nicola Schiess, presidenta de la Fundación TDL  describe la gestión de Larenas «Es preocupada y responsable de sus equipos, con gran capacidad de liderar y tender puentes. Es creativa e impone esa impronta de glamour e inspiración en sus proyectos, que se reflejaban siempre en los lanzamientos de cada temporada».

Diez años llevaba trabajando con la familia Schiess cuando un llamado les volvería a dar un giro a su planes.

El llamado

Cinco minutos antes que despegara su avión a Puerto Montt, en agosto pasado, recibió un llamado inesperado. Al otro lado del teléfono, el alcalde de Santiago, Felipe Alessandri, le proponía postular al concurso en el que se elegiría al próximo director general del teatro más importante del país. Lo conversó con sus cercanos y con miembros de su equipo. Aceptó y quedó.

Respecto del nombramiento, quienes la conocen dicen que todavía no “le cae la teja”. “Piensa con nostalgia lo tremendamente orgulloso que estaría su padre”, relata alguien de su entorno. La tarea que se le viene es grande: significa convocar nuevas audiencias y modernizar la cultura de un teatro con más de 165 años de trayectoria.

Cuento aparte es el desafío de buscar financiamiento para lograr los objetivos que se propondrá una vez que asuma oficialmente el cargo.

Quienes conocen su forma de trabajar dicen que Carmen Gloria espera emular lo que se ha hecho con la Ópera de París, que se sostiene en un 60% por aportes privados y un 40% a través de financiamiento público. Está convencida de que crear lazos internacionales son clave para no quedarse encerrados, y los que ella ha cultivado serán un aporte para convertir a Chile en un centro cultural como Argentina y Brasil.

Javier Ibacache resume bien el desafío que deberá enfrentar: “El caso del Teatro Municipal de Santiago, del Met de Nueva York o la Royal Opera House tienen una disyuntiva similar por cómo atraer nuevos públicos cuyos hábitos y consumos culturales son muy distintos a los del público tradicional de ópera, cómo fortalecer el vínculo con los ya fidelizados y cómo reconquistar a los que se han alejado”.

Mientras tanto, Carmen Gloria disfruta estos días junto a su familia, su adorado bulldog francés Bat, y escucha variados podcasts de emisoras francesas. Sus cercanos aseguran que le gusta conocer todo tipo de música. Eso sí, cuentan que para el reggaetón definitivamente no tiene oído.

 

El aplauso nacional e internacional

• Nicola Schiess, presidenta de la fundación TDL, comenta orgullosa. «Nos honra que nuestra directora artística haya sido nombrada directora general del Teatro Municipal y sea la primera mujer en este cargo en el país. Sabrá enfrentar los desafíos y será un aporte en la creación de audiencias y en el impulso de los equipos y producciones».

• Marianela Núñez, principal bailarina del Ballet Real de Londres y considerada la mejor del mundo, sintió una gran inspiración cuando supo la noticia. “Carmen es una mujer que admiro mucho, la conozco hace años y desde el siempre me impactó el gran profesionalismo, inteligencia y el amor y que tiene por lo que hace y por el trabajo de los demás”.

• Ludmila Plagiero, bailarina argentina y primera figura del ballet de la Ópera de París concuerda con Marianela. “Carmen es una mujer elegante, con una personalidad fuerte y muy curiosa. La he visto moverse por todos lados, viendo espectáculos, acercándose a artistas, coreógrafos, directores. No tiene miedo de decir las cosas como las siente o piensa, siempre con una voz dulce y femenina».

• Daniela Bouret, directora del Teatro Solís de Montevideo, comenta: “Me parece un símbolo de valentía asumir el desafío que implica dirigir un teatro nacional símbolo de la cultura e identidad de un país, sobre todo desde la equidad de género, por lo que no me cabe duda que su mirada será un aporte para la sociedad chilena. Me emociona su amor por la danza y su compromiso con las artes”.

• Javier Ibacache, jefe de la unidad de programación artística y formación de públicos del Ministerio de la Cultura y las Artes, tiene palabras de elogio: “Su experiencia le permitirá tener una mirada concreta sobre la identidad y la relevancia del teatro, y los procesos internos de una institución de esa escala. Los vínculos internacionales que ha generado le permitirán tener una visión actualizada sobre la gestión de los teatros de ópera y los desafíos que enfrentan”.

• Andrés Rodríguez, presidente del directorio del Centro de las Artes, la Cultura y las Personas (GAM) y ex director general del Teatro Municipal, comenta. “No me sorprendió su nombramiento porque una persona con sus inmensas capacidades puede afrontar cualquier desafío profesional. Y, además, ella conoce bien el ambiente artístico nacional e internacional”.