Por: Christian Ramírez Agu avanza junto a sus compañeros en medio de la jungla. Todo lo que tiene en el mundo lo lleva en la mochila a sus espaldas. En sus manos, el fusil que le acaban de entregar como premio, después de matar a su primer hombre… La imagen es uno de los muchos […]

  • 29 octubre, 2015

Por: Christian Ramírez

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Agu avanza junto a sus compañeros en medio de la jungla. Todo lo que tiene en el mundo lo lleva en la mochila a sus espaldas. En sus manos, el fusil que le acaban de entregar como premio, después de matar a su primer hombre…

La imagen es uno de los muchos momentos espeluznantes que acumula Beasts of No Nation, la historia de un niño del África Central que se convierte en asesino y del comandante rebelde que apadrina esta transformación. El filme, que se estrenó mundialmente el 16 de octubre pasado a través de Netflix (ver recuadro) es, desde ya, una de las serias candidatas al Oscar para esta temporada, y no han faltado quienes lo han comparado con Apocalipsis Ahora, nada menos; pero, como suele ocurrir en estos casos, eso es puro apresuramiento. Basta ponerle play y dejarlo correr por un rato para darse cuenta de que el filme de Cary Fukunaga es un animal muy distinto a la alucinada película de Coppola.

Y no sólo por un asunto de calidad: esta última era básicamente el resultado de una pesadilla colectiva. El resumidero donde Vietnam, la política americana y la industria del espectáculo se revolcaban hasta volverse indistinguibles. Beasts of No Nation, en cambio, opera decididamente a nivel personal: el apocalipsis no alcanza niveles metafóricos, ni semeja la caída de Occidente. Todo aquí es dolorosamente específico. Al principio del relato, Agu (el debutante Abraham Attah) y su familia viven en una suerte de oasis, un territorio protegido por la ONU, a salvo de la guerrilla y también del Estado. Basta un sacudón de inestabilidad para derrumbarlo todo: la madre y dos de sus hermanos parten refugiados a la ciudad. Él, su hermano mayor, su padre y su abuelo, quedan atrás. Hasta que llega el ejército y con éste las ejecuciones. El chico se fuga a la selva, donde es atrapado por los rebeldes, reeducado e iniciado por el Comandante (Idris Elba), un cacique que atraviesa la jungla en todas direcciones. En adelante vivirá por y para su banda, su nueva “familia”.

Aunque la crudeza del argumento invoca de forma casi automática la autoridad de un hecho real, lo cierto es que la película es una obra de ficción: está basada en la novela debut del ghanés Uzodinma Iweala, publicada en 2005, a sus 23 años. Hijo de una ministra de finanzas de Nigeria y educado como médico en Harvard, Iweala tampoco se inspiró en una historia en particular. La idea le vino en sus días colegiales, tras leer un reportaje de Newsweek sobre los niños soldado de Sierra Leona, y después de conocer en persona a China Keitetsi, quien a los ocho años fue reclutada por el ejército de resistencia ugandés y luego se convirtió en guardaespaldas de los jerarcas del régimen. Violada rutinariamente por sus superiores, más tarde fue torturada y consiguió escaparse a los 19 años rumbo a Sudáfrica y luego a Europa, con una vida de horrores a sus espaldas. Actualmente, Keitetsi es una activista de derechos humanos residente en Dinamarca y autora de un escalofriante libro de memorias (Child Soldier: Fighting for My life). Su novela, en cambio, convirtió a Iweala en un pequeño fenómeno literario –hoy comparte agente con Salman Rushdie–, pero algo en toda la experiencia debe haberle dejado mal sabor de boca: no ha vuelto a publicar otro relato ficticio. En su lugar, escribió Our kind of people, un libro reportaje acerca de la explosión del virus VIH en el África subsahariana.

Y vale la pena consignar ese giro hacia la no ficción –como si el autor quisiera desentenderse de su primer libro– porque hay algo al interior de Beasts of No Nation que se siente genérico, como si por encima de la innombrable tragedia se estuviese aplicando un modelo dramático ya probado y que, por si las moscas, hasta incluye un perfecto envoltorio: viendo la película, a ratos el espectador puede sentir que está frente a una versión actualizada de La isla del Tesoro, con el sufrido Agu en el papel de Jim y el desalmado Comandante (a quien nunca se le asigna un nombre) llenando la bota y pata de palo de Long John Silver.

Eso porque, más allá de la lluvia de balas y los ríos de sangre que corren en torno a los protagonistas, la película invierte buena parte de sus energías en hacerse cargo de la perversa relación de paternidad que el líder ejerce para con sus tropas, y sobre todo con los niños, a quienes somete a toda clase de abuso físico y mental. Nada se escapa a la larga mano de este Comandante/padre/shaman/orador motivacional, que no duda en explotar las lealtades tribales en su favor, para dividir facciones y sembrar aún más caos. Sumergido en el rol, Idris Elba refleja sus veleidades de forma admirable, perfilando a un sujeto que más que combatiente es un sociópata; pero la verdadera ancla del filme es el pequeño Abraham Attah. Cada vez que la película trata de estafarnos con demagogia visual, efectismo y simplificación, el chico consigue aterrizarla a un nivel humano. Cada vez que Fukunaga se distrae de lo importante y quiere imitar el preciosismo de Terrence Malick, Attah nos recuerda que, por muy ficcionada que sea, esta historia de niños tiene su verdadero reflejo fuera de la pantalla. Un reflejo de inocencia, masacre y horror. •••

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El ocupado Cary

Hace cinco años era considerado una promesa del cine independiente, pero hoy el estadounidense Cary Fukunaga se encuentra en el corazón mismo de la industria fílmica. Y lo insólito es que fue gracias a la tele: Fukunaga saltó a la fama después de dirigir la exitosa primera temporada de True Detective, para HBO; y, mejor aún, fue lo bastante perspicaz como para salirse del juego cuando vio lo débil que sería la segunda entrega.

Antes de eso, había dirigido la cinta indie Sin nombre (2009) y una elogiada adaptación de Jane Eyre (2011), pero ahora que puede hacer lo que se venga en gana, curiosamente quiere volver a la pantalla chica: ha empleado los últimos meses en preparar una adaptación del best seller de época The Alienist, para TNT. Ojo con Cary.

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Los Oscar, Netflix y la guerra del streaming

Más allá de que gane o no en los Premios de la Academia del próximo año, Beasts of No Nation tiene asegurado un lugar en la historia del Oscar: eso, porque su estreno simultáneo en cines norteamericanos y en la plataforma global de Netflix “violó” el acuerdo tácito entre estudios y exhibidores, que exige una ventana de al menos 90 días entre el paso de un filme por las salas y su posterior distribución a nivel casero.

Anteriormente se había producido esta clase de lanzamientos simultáneos, pero en general se trataba de comedias y productos clase B. El que se haga con un filme de este perfil –y más encima oscarizable– equivale a una revolución similar a cuando Netflix decidió romper la frecuencia semanal de las series de TV y lanzaron las temporadas completas de House of Cards y Arrested Development. A nivel televisivo, hoy ya nadie se escandaliza por dicha estrategia, pero al parecer las cadenas de cine serán un hueso duro de roer: AMC, Regal, Carmike y Cinemark, los cuatro exhibidores más importantes de Estados Unidos, se negaron a promocionar y programar la película, condenándola a salas del circuito independiente y a una magra recaudación de taquilla. Pero eso a Netflix no podría importarle menos: sus enormes espaldas bastan por ahora para amortizar los 12 millones de dólares pagados por el derecho a distribuir Beast of No Nation. La revolución del streaming continuará…