Así se llamó la travesía poética que en 1965 emprendió un grupo de artistas, arquitectos, poetas e intelectuales latinoamericanos y europeos, y que más adelante daría vida a la Ciudad Abierta en Ritoque. Al cumplirse medio siglo de este viaje, el cineasta Javier Correa y la arquitecta Victoria Jolly decidieron investigar y desmitificar Amereida a través de un documental y una exposición, a los cuales ahora suman un libro.
Fotos: Corporación Cultural Amereida

  • 25 abril, 2019

El nombre es una alusión a la Eneida de Virgilio, sumada a la búsqueda del continente americano. No había un plan más allá de preguntarse por el sentido de América, despojándola de su pasado colonial, para así ir construyendo una visión propia a través del arte. Godofredo Iommi, poeta; Edison Simons, poeta; Alberto Cruz, arquitecto; Fabio Cruz, arquitecto; Claudio Girola, escultor; Jorge Pérez-Román, pintor; Michel Deguy, poeta; François Fédier, filósofo; Jonathan Boulting, poeta; y más adelante Henri Tronquoy, escultor, partieron desde Tierra del Fuego y la idea era llegar hasta Venezuela siguiendo la línea del meridiano, navegando por los pueblos del interior y también por terrenos descampados, mientras realizaban acciones poéticas, instalaciones y esculturas. Si alguno de los viajeros tenía ganas de hacer algo, el resto lo acompañaba en su inspiración. Esa era la única ley. Muchos de ellos se habían conocido en Francia a partir de la década del 50 y habían participado de actos poéticos, traducciones colectivas y una revista de poesía. Hasta ese momento las vanguardias se habían concentrado en las obras, pero con el fin del surrealismo y otros movimientos artísticos, pasó a importar más el proceso creativo. La búsqueda. La acción.

El viaje se dirigía hacia Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, donde este grupo de chilenos y extranjeros levantó sospechas políticas en un lugar donde –sabrían después– se organizaban las guerrillas del Che Guevara. Ante el riesgo de irse presos, tuvieron que volver. Esta aventura se eternizó en dos libros en poema: Amereida, publicado en 1967, y diecinueve años después, Amereida II. Ninguno llevó firma, pero los textos fueron reunidos y editados por Godofredo Iommi, a partir de relatos escritos durante y luego de la travesía. Amereida fue también el cimiento teórico y poético sobre el cual, en 1970, se fundó la Ciudad Abierta en las dunas de Ritoque, al alero de la Escuela de Arquitectura y Diseño de la Universidad Católica de Valparaíso, como un proyecto que quiso aunar vida, trabajo y estudio a partir del encuentro con la poesía.

El sobre cerrado

Tras el rastro de Amereida, el historiador y cineasta Javier Correa, junto con la arquitecta y artista plástica Victoria Jolly, han trazado su propia travesía.

A los diecisiete años, Correa (1977) se hacía la cimarra al colegio y partía desde Santiago en bus a Valparaíso para conocer y conversar con los maestros Godofredo Iommi y Alberto Cruz. Nació en Valdivia, creció en Santiago, estudió historia en la Universidad Católica y luego cine en la London Film School. Actualmente vive en la capital, pero es miembro de la Ciudad Abierta y se traslada hasta ahí generalmente una vez a la semana. Victoria Jolly nació en 1982 y vivió hasta los cuatro años en la Ciudad Abierta, luego partió a Santiago en compañía de su madre y hermano, y los fines de semana seguían visitando a su padre en las dunas de Ritoque. El año 2001 entró a estudiar Arquitectura en la UCV, y luego de vivir un tiempo en Italia y en Valparaíso junto con su marido, el músico Sebastián de Larraechea, en 2008 quisieron entrar a la Ciudad Abierta para ser parte del proyecto. Ya llevan diez años instalados ahí con sus dos hijos y se han hecho cargo de los conciertos y performances de la ciudad.

Fue en 2014, cuando Correa y Jolly investigaban sobre la historia de la travesía de Amereida y la Ciudad Abierta con la idea de filmar un documental, que impulsados por uno de sus fundadores, el arquitecto Miguel Eyquem, decidieron ir directo a las fuentes y viajaron a Europa para conversar con el poeta Michel Deguy y el filósofo François Fédier, ambos integrantes del grupo de 1965. De esas entrevistas volvieron con un sobre cerrado con más de 300 negativos en blanco y negro de la travesía que recibieron de manos del propio Fédier, como donación a la Corporación Cultural Amereida. Con ese material postularon a un Fondart y en 2017 estrenaron el documental Amereida, sólo las huellas descubren el mar y, en paralelo, llevaron adelante la curatoría y montaje para la exposición Amereida 1965-2017. La invención de un mar, que se presentó en febrero de ese mismo año en el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago. Tanto en la película como en la muestra participó el músico Sebastián de Larraechea. Fue importante también en la realización de estos proyectos la colaboración del director Matías Cardone, quien además los contactó con Polígrafa –prestigiosa editorial española especializada en arte– para completar el ciclo con un libro donde se registra la aventura poética a través de imágenes, extractos de diarios y cartas, que se lanza en junio y que fue financiado por el Fondart 2018. 

Al papel

“Si miramos retrospectivamente, el libro sin duda es parte de una trilogía, sin embargo, fue durante el mismo rodaje que orgánicamente nos fuimos interesando en los testimonios en torno a la Travesía de Amereida. Generacionalmente nos interesaba encontrarnos con este hecho sin intermediarios. Entonces, la idea del libro surgió como inquietud del público asistente”, cuenta Jolly. “En la exposición del Bellas Artes nos concentramos más en generar una intervención del espacio, no queríamos hacer una exposición de archivos, sino crear una situación arquitectónica y poética; una instalación site specific, con pasarelas y proyecciones. Pero había un montón de material del backstage que podía transformarse en un libro que sirviera para despejar mucha mitología. Había personajes que se volvían relevantes y aportaban nuevas miradas a una historia que se había vuelto oficial”, agrega Javier Correa sobre la razón que los llevó a editar La invención del mar.

El libro reúne un cruce de tiempos: documentos de archivos, las voces actuales de algunos de los sobrevivientes, ensayos contemporáneos, preguntas que quedaron abiertas y, finalmente, imágenes que dan cuenta de una acción que fue también plástica, según explica Jolly. En un presente cada vez más marcado por la constante georreferenciación a la cual nos hemos habituado a través de nuestros dispositivos tecnológicos, la travesía de Amereida puede generar una sensación de extravío, lo cual precisamente formó parte de la aventura que diez hombres emprendieron en 1965, buscando enfrentarse a un paisaje desconocido y a la desnudez del continente. Una frase recurrente de esta odisea por parte de sus protagonistas es que la peripecia se comía la aventura: “Van por América poéticamente, pero se equivocaban de camino, el auto se hundía en el barro o se quedaban sin gasolina. No valía mucho planificar porque nunca se sabía exactamente qué iba a pasar. Yo creo que les pasaba lo mismo internamente”, señala Correa. 

En el acto poético, muchas

veces lo adverso abre una

posibilidad inimaginada, no

querida que nos lleva de y

hacia una nueva sensualidad

Amereida II.

“¿Dónde está América?”, “¿cuál es la función de la filosofíaen un viaje como este?”, fueron algunas de las interrogantes que generaban tormentos internos y tensiones externas entre los integrantes del viaje. “Pasa en la travesía de Amereida lo mismo que en cualquier otro proceso creativo, no eres un convencido que sale a evangelizar. Si miras las cartas y diarios, ves un padecimiento enorme porque era el año 65 y se estaba entrando en una etapa distinta de la modernidad. Hay diferentes grados; por un lado Godofredo Iommi, que es el guía poético, y por otro Michel Deguy, poeta burgués, que participa del juego pero desde su propia autocrítica. Desde esa fricción, utilizan las metáforas de un continente entero”, explica el cineasta. Destacan además que en una época y un continente cargados de utopías, como la revolución del Che o la Teología de la Liberación, en el grupo de Amereida reinó la ingenuidad política. La revolución se planteó desde lo poético, pero no abarcó el ámbito político. Y en ese sentido, Correa afirma que la Ciudad Abierta se estableció como un acto utópico, pero hoy es un lugar de resistencia. Se encuentran totalmente conectados con el mundo, pero ahí no hay propiedad privada, la arquitectura se piensa en independencia del dinero, los problemas se tratan de solucionar desde la libertad y se vive en una transición permanente. Abierta a ser construida.

Esa apertura es también el motor para lanzar este libro sobre la travesía de Amereida: “Nos interesa que haya una historia pública y no solo para un ‘nosotros’ que genera sensación de distancia. Si no hacíamos un libro con este nivel de masividad, íbamos a quedar de nuevo metidos en el círculo del mito”, afirma Correa. Jolly, por su parte, agrega que para ella este libro no concluye, sino que abre el inicio de un proyecto que intenta sostener en el tiempo preguntas que anticipan “otro espacio”, donde la travesía es el propio ir en ruta. “Así como François Fédier nos dio ese sobre con las fotos, queremos continuar ese gesto y devolver el sobre ahora en forma de libro”. Según el propio Fédier, todos los soportes que acompañan a la travesía “alargan su huella”.

Correa, Jolly y De Larraechea vienen llegando de Lisboa. Allá viajaron invitados por la Bienal de Arte Contemporáneo BoCA, para presentar la performance Punto de Fuga en el Museo de Arte, Arquitectura y Tecnología (MAAT). Como no les interesaba volver a contar la historia de la Ciudad Abierta en formato lineal, montaron una obra interdisciplinar que combinó performance, acción y piezas audiovisuales obtenidas en un viaje a Tierra del Fuego y a la Ciudad Abierta en 2018. Participaron un grupo de músicos dirigos por de Larraechea y estudiantes de arte. Ya de vuelta en Chile, están listos para recibir La invención del mar, que llegará desde España para su lanzamiento a mediados de junio en el Museo Nacional de Bellas Artes.