Alejandra Costamagna aterrizó en febrero en España para presentar su novela, finalista del Premio Herralde, El sistema del tacto. Durante una semana viajó por Barcelona, Málaga y Madrid y en medio de esta gira habló sobre la importancia de que la novela llegue a más territorios, para que los temas de desarraigo y migración sigan generando eco entre los lectores.
Por: Estela López

  • 14 marzo, 2019

Son las nueve de la noche de un miércoles frío de febrero en Barcelona. Entre las estrechas calles del Palacio de la Música Catalana y el Museo Picasso, hay un grupo de personas afuera de la biblioteca Francesca Bonnemaison que se resiste a dar por terminada la jornada. Ya han apagado las luces de la que fue una de las primeras bibliotecas para mujeres en toda Europa, y Alejandra Costamagna sale a paso apresurado en medio de amigos, editores y escritores que han estado en la presentación de su último libro, El sistema del tacto.

 

Han pasado 20 años desde la primera vez que la escritora chilena publicó con una editorial española. Claro que en 1999 fue a través de una antología de cuentos, que incluyó uno suyo: “Espejo”. Un cuento, al que confiesa, no le tiene mucho cariño, pero que aun así significó una primera incursión en ese mercado. Hoy aterriza con Anagrama, con la novela que quedó finalista para el Premio Herralde, y con la publicación del libro de cuentos Imposible salir de la Tierra, con la editorial independiente Barret –que se lanzará en mayo en la Feria del Libro de Sevilla–. “Está bonito eso, es significativo que después de 20 años vuelva a tener otra publicación. El catálogo de Anagrama es una buena compañía y me da mucha alegría estar con autores que quiero y admiro, como Pedro Lemebel, Roberto Bolaño, Alejandro Zambra y con autoras contemporáneas con las que tengo un diálogo, como Mariana Enríquez y Guadalupe Nettel. Me parece interesante que los temas que plantea la novela, las visiones sobre el desarraigo y la migración, tengan más circulación”, dice.

“A. Torrant” fue el seudónimo que utilizó Costamagna para presentar el manuscrito de El sistema del tacto al Premio Herralde. Dice que le gustan los rumores sobre el origen de la palabra atorrante, que hablan de que en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX había grandes tubos para transportar el agua. La marca de esas cañerías era A. Torrat. Y a los vagabundos que vivían bajo los puentes por donde pasaban las tuberías se les empezó a llamar atorrantes. “Por supuesto que todo esto puede ser ficción, pero me gusta pensarlo como un origen posible. De alguna forma, así opera la novela también: en ese vaivén entre lo real y lo imaginario”, dice la escritora.

La novela, que trata sobre el desarraigo y los efectos que este tiene en el núcleo familiar, partió como una obra de no ficción, sin embargo, Alejandra se encontró con un pasado que se resistía a ser contado y se dio cuenta de que en realidad más que reconstruir una historia, quería ficcionar con lo que podría haber pasado y dislocar el presente.

 

-¿Qué implica aterrizar en España?

-No sé si es algo que me cuestiono mucho. Me quedo con la visualización, que es una forma de que la novela esté en más territorios, eso para mí es lo más relevante.

-Comentaste en la presentación que el primer título fue La novela de Nélida, después pasó a llamarse Nosotros los otros y 80 palabras por minuto. Finalmente llegaste a El sistema del tacto, que para ti tiene que ver con el desarraigo, a esa sensación de aferrarse a algo con los dedos. ¿Pensaste en la universalidad de la novela al escribirla?

-La verdad es que no. Es un tema muy puntual, pero al mismo tiempo universal, que trasciende los tiempos. Cuando me di cuenta de que la novela no era el pasado estancado, ni una fotografía de un museo, sino una pieza que tenía y seguía teniendo resonancia, es que terminó creciendo.

-¿Qué tanto crees que los escritores deban hacerse cargo de las problemáticas actuales?

-No hay ninguna obligación de hacerlo, son más bien necesidades que surgen solas, porque somos seres con un pensamiento crítico que habitamos este espacio y respiramos lo que está ahí. No es algo impuesto, miramos hacia afuera y eso es lo que nos constituye. El trabajo es poder hacer de esas historias, no la literalidad de lo que está ocurriendo, sino más bien buscar otras zonas posibles. Tiene que ver con un sistema de posibilidades, más que de realidad, con un sistema de verosimilitud, más que de verdad.

-En entrevistas previas comentaste que tus personajes Ania y Agustín buscaban alejarse de este mundo que parecía a ratos dominado por una novela de terror. ¿Te parece que en el mundo que habitamos pasa eso también?

-Totalmente. La novela sale y empieza a encontrar una serie de resonancias que desconocía al momento de estar escribiendo, pero que se vuelven un diálogo. Por ejemplo, pensando en el tema de la ola de migrantes, en las políticas de corte xenófobo, la no firma de acuerdos de pactos bilaterales de migración de nuestro propio país y una serie de cosas que se vuelven súper vigentes, que nos parecía que ya habíamos superado y, sin embargo, vuelven a estar y a hacernos retroceder en términos de asuntos de carácter humanitario.

-Empezaste a tomar apuntes de esta novela hace más de 10 años. ¿Qué ocurre contigo con ese eco que provoca hoy? Porque uno puede entender que si escribes una novela en un período corto, eres consciente de su efecto, pero una década es más incierta.

-Es un vértigo, pero al mismo tiempo es darse cuenta de que la historia es como lo que dice el filósofo alemán Walter Benjamin, al hablar del cuadro del ángel de la historia, en que el ángel parece estar mirando hacia atrás con un gesto de horror, una historia que ya pasó, pero Benjamin dice: “No, lo que él está mirando es una cadena de acontecimientos de ruinas sobre ruinas”. Es un poco esa sensación, de que la historia no es lineal y no pasamos de una etapa a otra feliz, sino que hay algo de esa ruina sobre ruina que es impredecible, espeluznante y vertiginoso, porque es como si no se aprendiera.

-Nélida, la tía abuela que aparece en tu novela, es un personaje femenino incómodo para su época, ¿crees que hoy tendría más suerte?

-Tendría aparentemente más suerte, en lo evidente. Hoy es muy raro ver que a una mujer la casen con un hombre, no digo que no pase, solo que es menos frecuente. Pero son otras formas, más solapadas, de seguir ejerciendo el mismo tipo de violencia, en que hay en ese caso un hombre que es el padre, que determina su destino, y después un marido. Sigue habiendo fuerza de ese machismo, que se disfraza, parece más suave, pero que en realidad sigue operando. El patriarcado sigue siendo de una fuerza brutal. Es cosa de ver cómo en el último tiempo se han empezado a desnaturalizar una serie de cosas que nos parecían normalizadas. Están cambiando los paradigmas, pero van cambiando porque sigue existiendo esa violencia. Nélida tendría algo más de libertad, pero seguramente se vería muy atrapada y tendría que sacar mucho más la voz en otras situaciones que la seguirían oprimiendo.

-En tu obra existe un hilo conductor que aborda relaciones familiares no tradicionales. ¿De qué manera buscas que tus personajes salgan también de ese lugar común?

-Estos personajes son la búsqueda de sus propios arraigos y resistencias a modelos que los incomodan. Es el camino natural, son las rebeldías que corresponden a esta generación, que le hacen sentido, así como a sus padres podrían haberles hecho sentido batallas políticas en otros planos. Tiene que ver con cosas que a mí me hacen mucho sentido, que visualizo, que me molestan, que me hacen ruido, y que están en los personajes pero de manera orgánica, no trato de imponérselas, sino que de alguna forma los personajes van moldeando sus desvíos, delirios, zonas frágiles y sus fisuras.

-Respecto a la “literatura de los hijos”, ¿te sientes aún parte de ese bloque y hacia dónde crees que ha madurado?

-Es un concepto que se ha manoseado un poco. La denominación responde a una observación de algo que ocurre cuando cierta cantidad de novelas empiezan a hablar de un tema desde una perspectiva que no había sido abordada, que es la voz de unos personajes secundarios de una historia protagonizada por los padres. Pero creo que, como se ha abusado del término, hoy es muy fácil encasillar y caricaturizar todo aquello que tenga un padre y un hijo y ya es “literatura de los hijos”, cuando la definición apuntaba a una cosa más precisa. Yo sigo escribiendo sobre relaciones de padre e hijo, porque me parece que ahí hay una estructura que se me hace interesante para hablar de otros temas, que tienen que ver con fracturas de las relaciones personales, con la condición humana, con nuestras dificultades de comunicación, con el arraigo, y que traspasan a esta figura filial. Pero es un poco mañoso seguir pensándolo como si fuera siempre “literatura de los hijos” porque, por lo demás, hace rato que ya dejamos de ser hijos.