Debió grabarse hace catorce años, pero recién aparece en tiendas este inédito encuentro de música maliense y cubana. Siglos de tradiciones dejan clara su raíz común en uno de los mejores discos del año. Por Marisol García

  • 19 octubre, 2010

 

Debió grabarse hace catorce años, pero recién aparece en tiendas este inédito encuentro de música maliense y cubana. Siglos de tradiciones dejan clara su raíz común en uno de los mejores discos del año. Por Marisol García

 

Hay grandes discos que crecen aún más cuando se conoce la historia de su grabación. De seguro, Afrocubism, la reciente edición estrella del sello Nonesuch, se ganará en diciembre un lugar entre las mejores publicaciones de 2010, pero al conocer su recorrido incluso ese reconocimiento parece pequeño. Todo iba mal en el trabajo para este álbum de encuentro intercontinental, pero los problemas no hicieron más que pulir con fino esfuerzo el resultado. Su sonido es el de intérpretes de excelencia, acostumbrados a mostrar belleza en condiciones adversas.

Incluso leído en el papel, Afrocubism es un disco emocionante. Los involucrados son figuras históricas de la música africana y cubana: Elíades Ochoa -voz estelar del Buena Vista Social Club-, Toumani Diabaté, Basekou Kouyate y Kasse Mady, entre otros. A cargo de la coordinación, un melómano británico, Nick Gold, que aterrizó hace catorce años en La Habana con la idea de organizar un encuentro entre músicos de Santiago de Cuba y Mali. Problemas de visas frustraron ese sueño del fundador del sello World Circuit, quien ya había reclutado a Ry Cooder como productor. Para distraer la decepción, la dupla reunió a viejos soneros cubanos y los puso a cantar viejos estándares isleños. Vinieron Buena Vista Social Club, el impacto mundial y el fenómeno. Como se ve, el disco de música del mundo más importante de los últimos veinte años sucedió por accidente.

Para Afrocubism, el álbum del impulso original, hubo que esperar hasta fines de 2008. El grueso de la grabación se realizó en Madrid, España, con músicos en gira europea que lograron hacer coincidir agendas y arreglos apenas ensayados. En armonía asombrosa, fueron registrándose en sólo cuatro días voces en varios idiomas, guitarras acústicas, congas, bongós, contrabajo, trompetas y maracas del Caribe, e instrumentos de cuerda y percusión de Africa Occidental, tales como kora (suerte de mezcla de arpa y laúd), balafón (un tipo de xilofóno), ngoni (un ancestro del banjo) o tama (tambor).

El repertorio es menos bailable que el de Buena Vista Social Club; hay menos canciones de amor y varias piezas instrumentales. Los dúos entre Elíades Ochoa y Toumani Diabaté (como el de Al vaivén de mi carreta) son un lujo inédito en la historia, por el precioso registro vocal de ambos pero, también, por cómo cada uno comparte en su idioma similares recuerdos de esfuerzo de la vida campesina. Ese diálogo empático, sin traducción posible para ellos ni para quien escucha, es también el de los instrumentos y ritmos, que de golpe saltan un océano completo y nos ejemplifican en pocos acordes lo que infinitas investigaciones han intentado contarnos sobre la relación musical entre Africa y el Caribe.

Las raíces negras quedaron a disposición de los descendientes de antiguos esclavos, africanos sacados a la fuerza de su tierra y obligados a desarrollar otra cultura en América. Es un reencuentro generacional y geográfico que viene dándose de modo ordenado desde los años cincuenta, gracias a orquestas de cita mutua, como la All Star Band o la Baobab. Incluso Elíades Ochoa grabó alguna vez un disco junto al camerunés Manu Dibango (CubAfrica, 1998). Pero la amplitud de timbres y ritmos de este disco es inédita. Según Nick Gold, su gestor,“es mejor de lo que había imaginado o soñado. Hay más repertorio maliense que en la idea original. Esta colaboración me parece más radical y sustanciosa. Me preguntan si yo quería unir dos culturas, pero no se trata de eso: me maravilla cómo todos juntos suenan como un auténtico grupo”.

Los discos de colaboración se han vuelto un despliegue impúdico de amiguismo y mutua obsecuencia. Acaso el ejemplo reciente más lamentable sea el de Papito, en el que Miguel Bosé fingió amistad íntima con otras estrellas con el fin de remozar su propio cancionero. Quienes llegaron a las sesiones de Afrocubism no eran amigos, no se conocían, no tenían metas comerciales, pero confiaron en la hermandad indeleble de una música de comunes raíz y sentimiento. La prensa europea cae rendida ante este disco como antes frente a Buena Vista Social Club, Lágrimas negras u otros experimentos de encuentro, porque suenan a tradición y no a cálculo; porque hacen de la música vehículo prístino de transmisión cultural. Conocemos un poco mejor Mali y Cuba en estas catorce canciones, pero también la raíz que sostiene a casi toda la música occidental.