Tras una larga carrera de buenas canciones, una de las bandas más maduras y resueltas de la escena norteamericana regresa con un álbum llamado “Sky blue sky”. Wilco está de vuelta. POR ANDRES VALDIVIA Después de casi una década de existencia como banda y de alcanzar estatura de culto en el circuito indie, Wilco –una […]

  • 20 abril, 2007

Tras una larga carrera de buenas canciones, una de las bandas más maduras y resueltas de la escena norteamericana regresa con un álbum llamado “Sky blue sky”. Wilco está de vuelta.
POR ANDRES VALDIVIA

Después de casi una década de existencia como banda y de alcanzar estatura de culto en el circuito indie, Wilco –una de las mejores bandas salidas de Chicago en años– editó en 2004 una obra mayor, A ghost is born.

En ésta, Jeff Tweedy, cerebro detrás del grupo, logró incorporar algo de sofi sticación urbana a su ya lograda mezcla de country y rock y el resultado fue explosivo. De la mano del productor Jim O’Rourke, fi gura omnipresente en mucha de la mejor música contemporánea, Wilco se dio permiso para editar un disco casi cubista en su sonido fi ludo y platinado y, al mismo tiempo, convertirse en fenómeno de ventas y objeto de shows a tablero vuelto.

Entre las genialidades de A ghost is born, además de sus impresionantes canciones, estaba la forma en que Tweedy se hizo cargo de la primera guitarra. Inepto en el terreno del virtuosismo pero diestro en el del talento genuino, esta verdadera bestia humana de la canción estadounidense no tuvo más remedio que arrojarse en una misión heroica: usar sus solos de guitarra como un espacio en el que expresaría todo lo que no podía decir a través de las letras. Aparentemente era mucho, porque en esa placa el sonido de la guitarra adquiere dimensiones inalcanzables, retomando una tradición que recuerda los mejores momentos de Neil Young (On the beach, Tonight’s the night, Zuma). Chicago tenía razones de sobra para estar orgullosa de sus hijos célebres y la banda recorrió el mundo hinchados como pavos, saboreando el triunfo después de años de carretera, adicciones, colapsos y varios discos notables (Been there, Sumerteeth).

Luego vino Kicking television, un álbum doble en vivo, y –por un rato– el silencio. Silencio que comenzó a despejarse cuando se anunció que Sky blue sky (bellísimo título, por lo demás) saldría a las tiendas el 15 de mayo. Pero, a estas alturas del milenio, aquello de las fechas de lanzamiento es un asunto nominal. El disco ya está disponible en la red.

Lo primero que hay que decir sobre Sky blue sky es que es una placa preciosa. Bellamente arreglada, plácidamente interpretada y muy bien compuesta. Sin arrojos experimentales ni virajes sónicos, este disco es probablemente el trabajo más formal de la banda a la fecha, lo que desde ya está generando debate entre sus fanáticos y críticos. Wilco suena en paz. Tanto, que por ahí leí que con este trabajo el grupo había superado con éxito la adolescencia, lo que puede ser peligrosamente cierto. Porque convengamos que, para que un conjunto de buenas canciones se vuelva un gran disco, se requiere algún tipo de combustión, alguna fi sura por la que le entre agua al bote, algún grado de incomodidad.

Paradójico y trágico que así sea, pero hay algo de verdad atrapada en esos argumentos y la preocupación por el momento que vive la banda es atendible. Si bien en este puñado de doce canciones Wilco no juega a traspasar barrera alguna, sí resulta conmovedor, honesto y antes que todo un notable ejercicio en el ofi cio de hacer canciones.

La vieja tradición de la “gran novela norteamericana” hecha música se ha construido siempre en forma de canción. Una a una, son siempre las canciones. Y puesto en ese trance Jeff Tweedy demuestra y confi rma que su voz es ya parte de aquel pequeño universo. Para muestra, un botón: durante un concierto de 2005 en el Radio City Music Hall el músico contó que cuando su hijo de 4 años lo veía en casa tocando la armónica, le decía a su mamá: “Dady looks like Bob Dylan”, para luego de un silencio meditabundo rematar: “Dady is not Bob Dylan”.