El éxito de Tulio Triviño y sus amigos en el festival Lollapalooza marcó un segundo tiempo para el programa, que llevaba cuatro años lejos de la primera fila del espectáculo. Un recital doble y una cuarta temporada en televisión son partes del capítulo más actual de una historia de casi diez años, con momentos muy altos y también bajos

  • 5 julio, 2012

El éxito de Tulio Triviño y sus amigos en el festival Lollapalooza marcó un segundo tiempo para el programa, que llevaba cuatro años lejos de la primera fila del espectáculo. Un recital doble y una cuarta temporada en televisión son partes del capítulo más actual de una historia de casi diez años, con momentos muy altos y también bajos. Por claudia urzúa.

Conocí  a las estrellas de las portadas/ ¡Uh, uh, uh!/Me compré autos caros y una casa en la playa/¡Uh, uh, uh!/Pero no fui feliz, no fui feliz”. Cae la tarde sobre el último día del festival de rock Lollapalooza y Álvaro Díaz, socio-fundador de 31 minutos, está sobre el escenario dedicado a los niños interpretando la canción del Dinosaurio Anacleto. Tres mil personas –la mayoría adultos, con sus niños sobre los hombros, en brazos o en coche– corean la canción, que se saben de memoria desde que apareció en la segunda temporada del exitoso show infantil (TVN, 2004) y asocian desde siempre a la voz ronca y desafinada de Díaz.  La diferencia es que la están escuchando en vivo por primera vez y, además, se están enterando de que el hombre detrás de la marioneta toca la guitarra.

La canción le gusta a los niños, que solidarizan con el personaje –un diminuto dinosaurio celeste, único sobreviviente de la glaciación, que se quedó solo en el mundo–, pero también llega directo al corazón adulto con su mensaje final: no hay nada mejor que amigos verdaderos. La interpretación de Díaz es el cierre improvisado del show de Tulio Triviño y compañía después de 50 minutos de actuación, un par de bis y un público que no se cansó de pedirlos de vuelta. Ovación cerrada, gritos, una que otra lágrima, escolares agitando los peluches que les dieron sus papás siete años atrás y niños perplejos ante tanta persona mayor emocionada predominan en la despedida de los integrantes de 31 minutos, que se abrazan sentidamente sobre el escenario a la misma hora en que Joan Jett,  Ilya Kuryaki & The Valderramas y Fernando Milagros tocan sobre otras plataformas del Parque O’Higgins.

Minutos después del final del show, Díaz y Pedro Peirano –su compañero creativo, amigo desde la universidad y otro de los fundadores de 31 minutos– caminan eufóricos por el Parque O’Higgins, la sede del enorme festival, codo a codo como cabros chicos y rojos de felicidad. Mientras Juan Manuel Egaña, el socio no famoso que se ocupa de las decisiones comerciales y estratégicas, se relaja por fin porque el show superó con holgura la prueba de presentarse en vivo ante un público masivo, con una banda de lujo formada por los hermanos Pablo y Felipe Ilabaca, el cantautor Pedropiedra y Camilo Salinas e invitados estelares como Rubén Albarrán, de Café Tacuba, quien, el día anterior, había interpretado La regla primordial –uno de los hits del programa infantil– ante la misma cantidad de personas.

“Siempre hemos trabajado muy pauteados, con guiones, cuidando la puesta en escena. Entonces, hacer esto en vivo fue un gran paso”, explica Egaña.
Hace tiempo rondaba la idea de hacer un recital masivo. Algo habían probado en diciembre de 2010 con la gira por las regiones más afectadas por el terremoto convocada por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y, un año después, en la inauguración de la tienda Puma del GAM junto a Jorge González.

“Ahí se nos metió el bicho. Es que además era lo que nos faltaba, si habíamos hecho de todo: televisión, una obra de teatro, campañas. Y llegó en el mejor momento, cuando estamos relajados, sin la presión de la fama o la inmediatez del momento. Fue puro disfrute”, comenta Díaz.

La hora oscura
El 27 de marzo de 2008, cuatro años antes de Lollapalooza, se estrenaba con bombos y platillos 31 minutos, la película, en un evento glamoroso al que fueron famosos, papás con hijos y devotos del programa. La película, filmada en Chile y Brasil, con efectos visuales inéditos para obras nacionales de su género, fue distinguida por la crítica y el público, que la mantuvo varios meses en cartelera. En su primera semana fue vista por más de 200 mil personas.

Pero la procesión iba por dentro. Una posproducción carísima hizo que el costo final del proyecto se elevara por sobre los 2 millones de dólares, atrasó la programación y los dejó casi en último minuto sin distribuidor. Fue el gatillante de una crisis económica y anímica en un equipo que, hasta entonces, apenas sabía de contratiempos. Además, venían trasquilados después del robo de computadores, televisores y cámaras que los afectó en su primera oficina de Providencia, donde tenían garaje para las marionetas y patio.
-Tuvimos que terminar la película a la rastra, con muchas cosas en contra. Gastamos una cantidad de plata impresionante para que quedara como queríamos, pidiendo prestado a todo el mundo. Fue una temporada triste. Cuando se estrenó, lo hicimos bastante solos- recuerda Egaña.

Casi toda la ganancia por el merchandaising de las tres temporadas televisivas fue absorbida por los gastos de un proyecto que, además, estuvo desfasado. Las aventuras de Tulio, Juanín y la malvada Cachirula fueron exhibidas dos años y medio después del último capítulo por televisión. El público permaneció fiel, pero sin ebullición. Por eso la sensación en Aplaplac es que llegaron tarde, a trasmano.

Durante el periodo de estreno, la dupla Díaz-Peirano anunció el fin de la serie como parte de un proceso natural, pero se venía algo más: la diáspora. Los tres socios de Aplaplac dieron un paso al costado del mundo de los títeres, al menos en lo que a la televisión abierta se refería, y se dedicaron a proyectos personales. Fue el momento de mayor oscuridad en la vida de 31 minutos, “de un congelamiento creativo, de los que hacen más daño”, dice Peirano quien, sin embargo, creó en ese momento La Nana, junto a Sebastián Silva. Al poco tiempo, se radicaría en México.

Egaña se convirtió en subdirector del Museo de la Memoria, cargo en el que estuvo hasta agosto de 2010, y Díaz se enfocó en guiones y documentales que no siempre tuvieron que ver con niños.

“Fue por necesidad, porque cada uno tiene que hacer su vida, y para evitar que nos peleáramos a muerte también, porque en algún minuto quieres descansar. No es que no te quieran ni dejes de ser amigo, es que estás ahogado”, explica Díaz.

En ese período, lejos de las cámaras chilenas, 31 minutos consolidó su presencia en el extranjero, especialmente en México, Argentina, Brasil, Colombia, Paraguay y Uruguay, países donde se ha emitido exitosamente en el cable. En el país, Aplaplac produjo documentales como El edificio de los chilenos y Sueños de futuro (con la historia de la Corfo), la serie Las muelas de Guaripolo, para el Museo Odontológico Nacional de la Universidad de Chile, y algunas campañas como la del Transantiago, que si bien no tuvo muñecos sí exhibió trazas del sentido del humor entre ácido y absurdo que los caracteriza. El documental ¡Que vivan las antípodas!, de Víctor Kossakovsky, que se estrenará en la próxima versión de Sanfic (agosto), los tuvo como el costado chileno de una coproducción alemana-holandesa-argentina. En 2011 estrenaron la obra de teatro Resucitando una estrella con el debut de Tulio y compañía en las tablas: seis meses en la Sala Mori y una temporada en el DF de México, producidos por la compañía Mueca, de Diego Luna.  Y este verano, con poca publicidad, llevaron 31 minutos a la feria neoyorkina Kidscreen, uniendo fuerzas con otras productoras chilenas de series infantiles.

La gira mundial
Entra el sol de la mañana a la oficina de Aplaplac, dos habitaciones conectadas por un pasillo frente al Parque Bustamante. Los retratos de los animales exóticos que coleccionaba la malvada Cachirula, parte de la ambientación de la película, ahora adornan esas paredes. La mesa de reuniones rebosa de marcas circulares de vasos o tazas, que a Juan Manuel Egaña le dan vergüenza. Un mueble lleno de archivadores de papel registra la historia contable de la productora que, al igual que el programa que la hizo nacer, está por cumplir 10 años.

“Cuando hacíamos 31 minutos, uno decía no voy a cometer los mismos errores que cometen todos: permanecer en el tiempo, no saber retirarse, insistir en huevás, gastarse la plata en un mega proyecto. ¡Los cometimos todos! Y la historia se repite siempre: te peleas, te vuelves a hacer amigo, sigues”, comenta Díaz.

Desde México, Pedro Peirano matiza y elabora una lista con sus momentos altos del programa: “una mañana de sábado en que un tipo que barría cerca de mi casa me despertó silbando la canción del programa. Los mails que los niños le escribían a Tulio, recomendándole que tratara bien a Juanín. Todas las tiendas del paseo Ahumada con las canciones cuando salió el disco. Puras cosas divertidas e inesperadas”.

El 11 de julio estará nuevamente en el escenario dándole voz y cuerpo a Tulio, junto al resto del equipo de 31 minutos y a la banda que los acompañó en Lollapalooza. Serán dos funciones de unos 90 minutos con una historia imaginaria que hile todo el espectáculo: se trata de la escala chilena de la gira mundial del egocéntrico muñeco, quien decidió lanzarse de lleno a la música y lleva más de un mes actuando en distintas capitales. El show, en el ámbito práctico, está auspiciado por Claro y Samsung, y tendrá toda la parafernalia posible –pantallas gigantes, más canciones, más personajes y sorpresas–, con la ambición declarada de que sea “inolvidable”, a la altura del mejor recuerdo de infancia, y de que no se limite a Santiago, sino que salga a regiones y se dé la mayor cantidad de veces posible.

El recital doble en el Movistar Arena es el primer efecto del paso por Lollapalooza, que también los empujó a postular nuevamente al Consejo Nacional de Televisión para una cuarta temporada de la serie. Están listos para volver a empezar. El hijo pródigo volvió a Aplaplac, pero los proyectos paralelos siguen y los socios aprendieron a que era mejor darse libertad en sus propios espacios. Egaña, quien nunca ha manipulado un títere y reconoce no tener espacio en lo creativo, está orientado a la producción de documentales. Su próximo proyecto es un programa de yoga para niños. Peirano, guionista de la película No, de Pablo Larraín, y de una serie infantil mexicana que ya está en su segunda temporada, declara como su nuevo regalón al cómic El club de los juguetes perdidos, a editarse este año. Porque, en el fondo, es un dibujante, así como Díaz se ha atrevido a aceptarse como un músico en esencia.

Sobre la famosa dupla que dio vida a Tulio y Bodoque, detrás también de Plan Z y Factor Humano –recordados programas del canal Rock & Pop–, Díaz cree que hay que desmitificar, porque no hay obligación de andar juntos para todos lados.

“Si se da, coincidimos y nos interesa, hacemos algo juntos. Si no, seguimos siendo amigos”, sintetiza Díaz sobre su sociedad con Peirano.

Al final, siempre estará 31 minutos entre ellos.