Por: María Teresa Herreros, desde Madrid Imágenes: Museo Thyssen-Bornemizsa Poderosa, impactante y muy completa, la retrospectiva Zurbarán: Una Nueva Mirada refuerza las opiniones de críticos que afirmaron: “Exceptuando al El Greco e igualando a Velázquez…, superó a todos los demás pintores” del país ibérico, y que lo han calificado como “el más eminentemente español de […]

  • 1 octubre, 2015

Por: María Teresa Herreros, desde Madrid
Imágenes: Museo Thyssen-Bornemizsa

zurbaran

Poderosa, impactante y muy completa, la retrospectiva Zurbarán: Una Nueva Mirada refuerza las opiniones de críticos que afirmaron: “Exceptuando al El Greco e igualando a Velázquez…, superó a todos los demás pintores” del país ibérico, y que lo han calificado como “el más eminentemente español de los artistas españoles”.

Son 63 espléndidos óleos, en su mayoría de gran formato, montados en siete salas pintadas en color albero –pigmento de bello color ocre luminoso– que, en cálido homenaje, resulta muy acertado para recibir en sus paredes los dorados y negros de la obra de Zurbarán. Es un color muy usado en los muros de Sevilla, en claustros y todavía en algunas fachadas. El Museo Thyssen-Bornemisza repitió el tono incluso en el pasaje de acceso a su restaurante.

Para el recorrido de la exposición se optó por una aproximación tradicional, siguiendo la carrera del pintor en orden cronológico y atendiendo también a la naturaleza del encargo por el que fueron ejecutados los cuadros. Así se encuentran espacios dedicados a las grandes comisiones de las comunidades religiosas para decorar y renovar sus edificios conventuales. Éstas debían adaptarse a los dictados del Concilio de Trento que establecían que el lenguaje de la pintura debía ser neto y didáctico, lejos de las complicaciones del manierismo. En otros ambientes se ubicaron las llamadas obras individuales destinadas a la devoción privada, incluyendo dos salas dedicadas a los bodegones y a los artistas que colaboraron en el taller de Zurbarán.

En la primera parte de la exposición impactan los retratos, sobre fondo muy oscuro, de monjes mercedarios vestidos con amplios hábitos blancos, donde las luces y sombras dan forma a sus numerosos pliegues, sello característico del primer período de su carrera artística en el curso de la segunda década del siglo XVII. Sobresale aquí la que ha sido considerada como una de sus obras maestras, el retrato de San Serapio (1628), que no se mostraba en España desde hacía medio siglo y que se encuentra en la fase final de su proceso de restauración. Es la imagen del santo en su martirio suspendido con sogas por las muñecas. Como un Cristo crucificado, a punto de morir, la cabeza del ajusticiado cae sobre su hombro derecho con una lograda expresión de abandono, aceptación y serenidad. Zurbarán nunca quiso mostrar el suplicio al que eran sometidos los mártires, así que cubrió el cuerpo torturado en cuello y abdomen con el hábito de los mercedarios. La gran capa blanca ocupa la mayor parte del cuadro y, si se hace abstracción del rostro, la relación entre la superficie total y la de este espacio albo resulta ser, exactamente, el número áureo.

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Muy diferentes son los impresionantes retratos de los padres de la Iglesia ubicados en la segunda sala, realizados en la misma década, de tamaño un poco mayor que el natural. Destacamos el de San Ambrosio (1626-1627), que aparece sobre un fondo oscuro iluminado desde la izquierda a la manera de Caravaggio. La variedad de rojos –púrpura, carmín, bermellón oscuro– de las vestiduras eclesiásticas muestra el dominio del color que ya tenía el joven Zurbarán. Así como la maestría en la reproducción de la textura, dibujos y bordados de la larga capa pluvial del clérigo. Su minuciosidad llega a mostrar las costuras que unen las piezas de tejido añadidas en la parte inferior del manto para darle mayor holgura.

Correspondiendo al orden cronológico, aparece en esta misma sala otra obra nunca antes presentada en España, el emocionante San Francisco de pie contemplando una calavera (1633), proveniente del Saint Louis Art Museum. Sosteniendo una calavera con las manos cruzadas y la cabeza inclinada hacia ella, esta figura meditabunda es una de las más impresionantes de entre las pintadas por Zurbarán sobre el santo de Asís. Estilizada desde la punta del capirote que casi oculta su rostro, sigue por los pliegues de su sayal que caen verticales y escuetos sobre sus pies desnudos.

También en esta sala se incluye el inesperado Hércules desvía el curso del río Alfeo (1634), uno de los diez trabajos sobre el hijo de Zeus que Zurbarán pintó para decorar las sobre ventanas del Salón de Reinos del Buen Retiro. Su visión del héroe semidesnudo con cuerpo de tosco campesino mirando al espectador con un gesto de orgullo por el resultado de su proeza, difiere de los patrones de la mitología clásica.

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En la sala siguiente encontramos la Adoración de los Magos (1638-1639), donde el artista presenta a los reyes vestidos con suntuosos trajes que sugieren sus lugares de procedencia. En primer plano, con capa color albero, de rodillas y con las manos juntas en actitud de adoración al Niño que les sonríe, está Melchor pintado como un anciano de larga barba blanca, el más sabio, el primero en comprender. En actitud de espera, aparece un sorprendente Gaspar, joven y con armadura de cuero y casco. A la izquierda Baltasar, en edad madura, de raza negra y corta barba sosteniendo en sus manos su regalo de oro.

En la cuarta sección, denominada Pinturas aisladas, se ubicó la serie de retratos de las santas. Cada una de ellas presentando el símbolo de su martirio, contempla con expresión tranquila al pintor, quien habría tomado a jóvenes andaluzas como modelos para sus retratos. Junto a Santa Catalina de Alejandría, Santa Marina, Santa Apolonia está Santa Casilda (1635), obra perteneciente a la colección del Tyssen-Bornemizsa. De largo cabello negro, está ataviada con un brocado con motivos renacentistas semejante a los utilizados en las obras de teatro de la época, con detalles de sus bordes recamados en pedrerías.

La muestra finaliza con las salas de bodegones –los más notables pintados por su hijo Juan de Zurbarán– y de las obras de sus mejores discípulos. Parte importante de la retrospectiva se expondrá en los últimos meses de este año en el Museum Kunstpalast de Düsseldorf. •••

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La influencia de Caravaggio

Caravaggio (1571-1610), considerado como el iniciador de la pintura moderna, representó un punto de inflexión que cambió el rumbo de la pintura europea, especialmente en España. Numerosos receptores de su legado vanguardista fueron pioneros en sus respectivos países de origen. En sus comienzos, las pinturas de Zurbarán estuvieron influenciadas por el pintor italiano –maestro del naturalismo y rompedor de convencionalismos– y no pudo nunca quitarse la etiqueta de ser “El Caravaggio Español”. Sin embargo, su pintura fue evolucionando. A diferencia del italiano, un pintor con trazos de violencia, a veces muy intensa –que se reflejó en su vida personal al final de sus días– la sensibilidad de Zurbarán es más quietista, más mística, menos trágica.

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Desde Extremadura al Nuevo Mundo

Francisco de Zurbarán nació en Fuente de Cantos (Badajoz) en 1598. Hijo de un acomodado comerciante de telas, se formó durante tres años en Sevilla con Pedro Díaz de Villanueva. En 1617 se estableció en Llerena, donde recibió tanto encargos de clientes locales como de diversas instituciones religiosas de otras partes de Extremadura. Allí residió hasta 1629, fecha en la que, junto a su familia y ayudantes, se estableció en Sevilla, donde trabajó para las órdenes religiosas más importantes. Se considera esta época la más brillante de su carrera por la calidad y la cantidad de los trabajos que realiza. En 1634 se trasladó a Madrid para colaborar en la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. De vuelta a la capital andaluza en 1635, continuó realizando series de pinturas para iglesias y conventos. En esos años se interesó también por el mercado americano, embarcando obras para el Nuevo Mundo. En 1658 regresó a Madrid, donde falleció el 27 de agosto de 1664.