A sus 92 años, no sale de su departamento y camina ocho minutos cada dos horas. Mantiene intacta la pasión por el teatro, el humor, el deslengüe y la imaginación. Está picada con su cuerpo, que ya no le responde como antes. Delfina Guzmán desde el encierro repasa su vida.

  • 10 junio, 2020

Me pusieron Delfina porque cuando nací murió mi bisabuela que se llamaba así. Yo adoro mi nombre, pero al principio me daba vergüenza porque no había otras. Yo quería llamarme Mary o esos nombres norteamericanos.
Han pasado 92 años. Los cumplí el 7 de abril. Fue precioso, me hicieron un almuerzo en la casa de mi nieta mayor –que es mi locura–, la Javiera Eyzaguirre, hija de Joaquín. La alegría es algo tan importante. La incertidumbre lo primero que mata es la alegría, esa cosa rica de estar con la gente que tú quieres, que te da cariño, que no le importa si tú eres tonto o inteligente, fea o bonita.
Ahora estoy en mi casa. Vivo con dos personas maravillosas: una muchacha que me cuida y un muchacho que me lleva todas las cuentas, porque mis hijos me quitaron toda la poca plata que tenía porque me dijeron que yo era completamente inconsciente, lo que es cierto. Me despierto en la mañana y camino ocho minutos por alrededor de mi departamento. Pasan dos horas y hago otros ocho minutos. Y así completo una hora de caminata. Eso me tiene el cuerpo un poquito mejor. Me puse a leer El Mercurio, cuestión que por principios no hacía, pero como todo está tan complicado, no he conseguido el que leía.
Que te hagan vivir aislada es una brutalidad tan grande. Que encuentren normal que la gente esté sola, botada, sin ver a sus parientes. ¡Qué se han imaginado! Pero fíjate que no me afecta mi estado de ánimo, porque uno nunca está siempre contenta, o siempre desagradada. Yo soy muy cambiante. Y como todo el mundo, pues, ¡por Dios!
No me da miedo contagiarme de coronavirus porque no salgo de la puerta de calle. Pero esta pandemia me tiene con mucha rabia. Tengo la sensación de estar tremendamente mal informada, que hay cosas que no sabe nadie más que unos pocos. Y eso me da la sensación de un negociado entre los chinos y los yankees, los dos países que tienen en sus manos el mundo. Ahí hay una pelea que tratan de expresar a través de los científicos. Ellos se atreven a decirle al mundo que se van a demorar dos años en fabricar una vacuna, lo que significaría la muerte de muchas personas. ¡Dos años! ¡Por qué voy a aceptar yo que estos imbéciles, que tienen montones de estupendos laboratorios, plata para tirar para arriba, se den el lujo de decirle al mundo una cosa tremenda: el planeta Tierra no es habitable porque está lleno de estos virus!
Estoy picada con mi cuerpo, porque yo hice mucho ballet y por el teatro me he preocupado siempre de tenerlo sano y manejable. Pero el tiempo empieza a hacerte unas jugadas que ya no puedes caminar con velocidad. Los huesos también son una mierda. La vejez me trajo algo atroz que es la de-pen-den-cia, cosa que me puede matar de rabia. Yo antes me levantaba a las 4 de la mañana, a las 5, trabajaba como loca, alimenté sola a mis hijos, me las arreglé. Y ahora me falta energía… Lo que no se me ha acabado es la imaginación, siempre estoy pensando e inventando otras cosas. Imagino que cuando se acabe esta pandemia y se descubra que estos chinos… Mira que ese chino huevón, oye, ¡hacer un caldillo con un murciélago! ¿Crees que un ser humano normal puede inventar una cosa así? Te das cuenta de que estoy muy enrabiada con el país y los científicos, ¡por Dios que hablan huevadas! Como si yo no hablara ninguna…

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Nunca hice las cosas por romper paradigmas. En general mi familia era muy gente, y yo era muy mentirosa, y sigo siendo, porque tengo mucha imaginación. Entonces, cuando no me gusta la realidad, invento otra cosa. Por eso tuve muchos problemas. Primero me divorcié, y mi familia era católica, apostólica, romana; me casé con otro caballero que era radical, y mi grupo de gente eran todos conservadores, como te podrás imaginar. Yo ahí entré al PC. Esos siete años viviendo en Concepción para mí fueron una gloria increíble. Pero me arrepiento de muchas cosas. Todo lo que no les di a mis hijos porque estaba entregada a otras cosas, al teatro. De eso soy yo la responsable, y me duele tremendamente. No sé si pude haber hecho las cosas de otra forma, quizás si hubiese sido más inteligente. Yo era medio tontona, fíjate. Poco hábil. Poco diestra como mamá.
Así y todo, tengo una familia increíble. Acabo de tener una nieta que en junio cumple seis meses, la decimotercera; tengo nueve bisnietos, cuatro hijos y una cantidad de nueras que no te puedes imaginar.
Todo lo que mi hijo Nicolás dice, para mí es palabra divina, y él lo sabe. Es muy inteligente, precioso y muy preocupado, es muy racional, muy ecuánime. Pero lo más cargante que te puedas imaginar: me reta mañana, tarde y noche, porque soy desordenada con las platas, cuando digo que no creo esta historia de la vacuna, me dice ‘mamá, no diga tonteras’. ¿Cómo lo hayas tú? Yo creo que se atreve un poco.
Mi mamá me educó con tres mandatos: apúrese, cállese y no se luzca. Yo le digo a mis hijos: quiéranme, acéptenme y no me reten.

He sido muy feliz, he vivido rodeada de amor, ¡además haciendo teatro! ¿Has visto algo más fascinante que ese mundo? Encuentro que hoy estas pajaritas se preocupan mucho del vestuario, las pestañas bien crespas y el aspecto físico. Yo tengo un grupo de amigas –la Pali García, la Coca Guazzini, la Claudia Di Girolamo–, que son cabras fantásticas, entregadas, con una pasión… Yo no entiendo hacer arte sin pasión.
En este momento todo es negocio. Me llamó el cabro Larraín para hacer un video con Jaime Vadell, a quien amo con pasión insana, adorable. Yo conozco mucho a su papá, Hernán Larraín, momio a cagarse, pero me importa un bledo, lo quiero mucho. Me llamó este chiquillo y me dice ‘cuánto me cobras’. ¡Cómo se te ocurre preguntarme cuánto me cobras! ¡Me da lo mismo! ¡Trabajar contigo, conozco a tu papá, con Jaime Vadell, que es el gran actor chileno! ¡Mejor pregúntale eso al paco de la esquina!
Chile es una tienda donde lo que importa es comprar y vender. Y la plata. Lo único que es real y verdadero son los afectos. No te voy a explicar lo que es para mí salir a la calle. La gente se me acerca, me abraza, me besa. Los chilenos son tan cariñosos con sus artistas.
Acabo de volver a ver una película tan maravillosa: Violeta se fue a los cielos. A la mujer yo la conocí y la admiro mucho. Pesada como toda su raza, hasta Nicanor. Eran todos pesados, ¡pero qué gente más talentosa e inteligente! ¡Qué belleza le entregaron al país!
Al teatro no sé si voy a volver. Quién sabe. Si alguien se atreve a trabajar conmigo, con lo demente que estoy, ¡fantástico! Físicamente estoy en condiciones. Y ganas también tengo. Pero no tengo esa desesperación. Me gustaría saber cómo resultó Aliento, la obra de la eutanasia que alcanzamos a dar muy poquitas veces. La directora, esa niñita Zulueta (Elisa), ayer me manda unos locos para comer, para que yo no esté tan triste y tan sola.
Siempre me preguntan cuál ha sido mi personaje más querido. Es difícil porque con cada uno te entregas tanto que pierdes valores: no es bonito, no es feo, es una parte de ti que no conocías. Me gustaba esto y no me había dado cuenta, o yo amé a tal persona y no me había dado cuenta, o me gusta esta comida y no sabía. Los personajes te ayudan a conocerte a ti mismo, y eso es muy entretenido.
Lo que tengo pendiente es un proyecto con mis nietos. Estamos preparando una serie que se llama algo de la familia. Salió a propósito del cuento que me pidieron de Uruguay que leyera sobre Mario Benedetti. Elegí El hombre que sabía ladrar. Quiero hacer un programa en que cada uno de mis nietos me lea un cuento inventado o de literatura latinoamericana. Tengo que venderlo, pero alguien me dará un poco de plata, ¡cómo van a ser tan cargantes!

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Yo siempre me encontré muy importante. Nunca acepté el rol secundario en cuanto a que yo fuera mujer. Al contrario, creo que ser mujer me dio mucha suerte y muchas facilidades. Cuando el año pasado me referí a las acusaciones de abuso sexual, y dije que había un lagrimeo feminista, me costó una serie de dramas familiares porque una persona de la familia que es muy feminista se enfureció conmigo, dijo que yo era una yegua porque no estaba sufriendo por las señoritas a las que les agarraron el traste. Te das cuenta de que a los 92 años no voy a estar pensando que me agarren el traste. ¡Sería un encanto la persona que lo hiciera!
Cuando pienso en el futuro, veo a mis nietos –con quienes converso en profundidad y lo paso brutal–, las cosas que se les ocurren, la rapidez con que piensan, la vitalidad con que realizan sus cosas. Creo que hay sectores de este país que van a echarlo para adelante, y hay sectores que se van a quedar donde están porque son idiotas nomás. Estoy loca por verlos. Gonzalo, el menor de mis hijos, que me dio en su segundo matrimonio esta guagua que tiene seis meses, me llama en la noche y me muestra a la niña para que yo duerma bien. ¡Cómo no me voy a sentir querida!
No pienso mucho en la muerte, pienso en la vida. Morirse es lo que le toca a uno nomás. No me produce angustia, me produce incertidumbre, pero la misma que me provoca la Tierra con esto de las vacunas. Nunca he tenido la necesidad de terminar con mi vida. Porque todos los días, a pesar de mis rabias, la vida me da novedades. Yo siempre estoy admirando las cosas que están pasando.
Soy religiosa, creo que no creer en Dios es una rotería. Yo creo absolutamente. Ya fue. Me lo metieron desde chica y creo que hay un ser superior que creó todas cosas. Y soy comunista. Esa mezcolanza es la que hace de mí un ser muy extravagante. Es la vida la que te va modificando y moldeando tu personalidad.
Cuando muera, me gustaría que me recordaran como una señora chilena. Eso nomás”.