Las movidas de Douglas Tompkins en la zona de Magallanes han encendido luces de alerta en autoridades, empresarios y vecinos de la zona

  • 17 marzo, 2009

 

Douglas Tompkins, el ferviente ecologista, puso sus ojos en otro flanco de desarrollo en Chile. Se trata de la Región de Magallanes, donde ya controla mas de 60 mil hectáreas que pretende constituir en parque nacional. La idea genera inquietud y oposición en sectores productivos, tanto los tradicionales ganaderos, como los nuevos inversionistas carboníferos. Una batalla ecologista en el fin del mundo. Por Sandra Burgos.

El domingo 8 de marzo, el avión privado del empresario y ecologista Douglas Tompkins aterrizó en el aeropuerto Carlos Ibáñez del Campo de Punta Arenas. Era la primera escala de una intensa gira de cinco días por la región de Magallanes, en los cuales el magnate norteamericano haría un reconocimiento en terreno de lo que se ha transformado en su nueva obsesión: Yendegaia.

Fue a fines de los noventa cuando Kristtin y Douglas Tompkins tuvieron su primer encuentro con esta estancia en Tierra del Fuego. A través de The Conservation Land Trust –una fundación creada y presidida por el ecologista– aportaron los recursos para comprar las cerca de 40 mil hectáreas emplazadas en el límite con Argentina y bordeando el canal del Beagle. Surgió la Fundación Yendegaia, dueña de la estancia del mismo nombre y de otra denominada Cabo León, de 27 mil hectáreas, ubicada en Isla Riesco.

Tras años de mantener el proyecto en stand by, hoy el ecologista lo está retomando con nuevos bríos, despertando de paso la inquietud en sectores productivos. En la última semana se reunió con autoridades locales para informar sus planes conservacionistas, visitó Punta Arenas y Puerto Williams, sobrevoló la Bahía Yendegaia y Cabo León; mochila en la espalda recorrió Tierra del Fuego y pasó la noche en las antiguas casas que dejaron abandonadas sus antiguos propietarios.

Tompkins no está solo en este proyecto. Lo acompaña su nuevo “lugarteniente”, el sociólogo y ambientalista Hernán Mladinic (hermano de Carlos Mladinic, el coordinador del plan Chile Invierte), quien hace seis meses asumió la dirección ejecutiva de la Fundación Pumalín. Mladinic es un conocido de la zona. Magallánico de nacimiento, se maneja como pez en el agua en la zona y es reconocido su talento como facilitador del diálogo con las autoridades. Estas características y su profundo conocimiento del mundo conservacionista habrían llevado a Tompkins a nombrarlo como sucesor de Carlos Cuevas, quien salió de la entidad tras desavenencias con el ecologista.

La labor de Mladinic no es fácil, dado que en la zona ya existe escepticismo respecto a las intenciones del magnate norteamericano de convertir Yendegaia en parque nacional. Por un lado, están sus disputas con el ministerio de Obras Públicas (MOP), entidad que ejecuta un camino que unirá a la bahía de Yendegaia con la “civilización”, ya que hasta ahora se puede acceder a ella sólo por medios marítimos. Como en Pumalín, Tompkins ha cuestionado el camino que cruza su estancia. “El tiene observaciones al trazado, planteó en su momento uno alternativo, más limítrofe con Argentina, porque quiere crear un gran parque binacional”, explica el seremi de Obras Públicas, Juan Francisco Miranda. Agrega que el camino busca entregar accesibilidad entre Tierra del Fuego y la isla Navarino, “y lo que él ofrece no va en esa dirección. Nosotros queremos eliminar los límites internos y él, los límites con otros países”, argumenta.

También está la preocupación de los estancieros del lugar, quienes ven amenazada la actividad ganadera con la creación de un parque binacional y con la campaña que los partidarios de la ecología profunda realizan en contra de la actividad productiva tradicional de Tierra del Fuego. Tampoco hay acuerdo en el campo turístico entre el plan de desarrollo que plantea Tompkins con el que pretende la autoridad magallánica. Y como si fuera poco, las nuevas propiedades del ecologista plantean un problema geopolítico en la medida que Yendegaia es un enclave estratégico: entrega conectividad a Tierra del Fuego con el canal del Beagle y está ubicada en el límite con Argentina, entre los parques nacionales Alberto D’Agostini en Chile y Tierra del Fuego en el país trasandino.

Pero no sólo Yendegaia implica este tipo de restricciones. La Estancia Cabo León, el proyecto más avanzado que tiene Tompkins en la zona (su idea es donar las tierras para que se conviertan en parque nacional antes de que concluya el mandato de Bachelet, mientras que Yendegaia tiene un horizonte de 3 a 4 años), también está situada en un enclave estratégico: Isla Riesco, donde convive la Reserva Natural Alacalufe con los mayores depósitos de carbón de Chile.

 

 

 

La resurrección de Yendegaia

Cuando The Conservation Land Trust se interesó en Yendegaia (1998), entregó el apoyo financiero a la ONG Amigos de Yendegaia, creada por Ivette Martínez Mardones y su ex esposo, el médico Julio Contreras Muñoz, con la finalidad de que compraran la Estancia Yendegaia. En 2002, los terrenos fueron traspasados a una nueva organización, la Fundación Yendegaia.

En 2004 se produjo un quiebre entre Amigos de Yendegaia y la fundación. Los primeros se oponían a la idea de declarar la estancia santuario de la naturaleza, mientras que en la fundación les acusaban de apropiación indebida de recursos para beneficio propio. Todo terminó con una querella por presunta apropiación indebida, presentada por The Conservation Land Trust en contra de los ex directivos de la ONG. Hace unos días, el juez sumariante ordenó la detención de Julio Contreras Muñoz y de Ivette Martínez Mardones. Contreras fue aprehendido en el aeropuerto Arturo Merino Benítez.

 

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En 2002 asumió como presidenta de la fundación la ex directora de CONAMA Adriana Hoffmann (ahora integrante de su directorio), quien inició el proceso para solicitar que Yendegaia alcanzara el anhelado estatus de santuario de la naturaleza. Pero su sucesora, Carolina Morgado, pidió la paralización del mismo. El secretario ejecutivo del Consejo de Monumentos Nacionales, Oscar Acuña, comenta que estuvo cerca de ser aprobado e incluía tanto la estancia como los predios fiscales que daban continuidad territorial entre ésta y el Parque Nacional Alberto D’Agostini.

Pero ia Intendencia regional solicitó posteriormente una revisión que ordenó proseguir con la declaratoria, pero sólo respecto a los terrenos pertenecientes a la fundación, evitando así que Yendegaia se convirtiera en un corredor que uniera los parques nacionales. “Se volvió a presentar al consejo para tener una senda de penetración entre Vicuña y Yendegaia y se aprobó. Sin embargo, luego se produjo un cambio en la presidencia de la fundación, la cual nos solicitó no tramitar la declaratoria”, señala Acuña

Ahora el tema parece recobrar fuerzas. La visita realizada por Tompkins a la región busca, precisamente, tender puentes con las autoridades para materializar su nuevo plan: donar al Estado las estancias Cabo León y Yendegaia para que se conviertan en parques nacionales, un estatus mucho más restrictivo en términos de la materialización de otras actividades productivas y manejo de la flora y fauna del lugar.

Douglas Tompkins lo explica así: “La idea es simple, la Estancia Yendegaia está ubicada entre los parque nacionales Alberto D’Agostini de Chile y Tierra del Fuego de Argentina; por lo tanto, la anexión de la estancia a esta área protegida, crearía una continuidad ecosistémica y un área de conservación que se extiende hacia ambos países. Hoy en día existen varios parques binacionales, especialmente en Africa pero también en Norteamérica y en Sur y Centro América. Es una excelente forma de conservación porque promueve la cooperación internacional, aportando el concepto de que los ecosistemas no terminan en las fronteras políticas”, sentencia.

 

Una compleja vecindad

Prosigue Tompkins: “estamos en conversaciones con las personas encargadas de proponer este proyecto al Estado argentino. Nosotros seremos simplemente los donantes, no los gestores. Lo más probable es que la división de Medioambiente del Banco Mundial sea la más indicada para llevar este proceso. No tenemos una idea preconcebida, más allá de que la Estancia Yendegaia sea anexada al Parque D’Agostini, para luego fusionarse de alguna forma con el Parque Tierra del Fuego y así formar un parque transfronterizo, con cada nación a cargo de su sector, en un programa de cooperación internacional desarrollado de acuerdo a las particularidades del lugar. Esto es a lo que aspiramos”.

Como toda donación, en principio suena bien. Salvo que las autoridades de la zona no comparten ciertos planteamientos del magnate. El seremi Juan Francisco Miranda –quien se entrevistó con Tompkins– explica que la iniciativa de donación de las tierras está condicionada. “Es bienvenida su propuesta, pero también vemos que es bastante restrictiva para las actividades productivas que se desarrollan en Isla Riesco, como la ganadería y la exploración de carbón y gas. Creemos que debemos buscar la armonía entre las distintas actividades, porque se puede convertir en una camisa de fuerza para esos otros proyectos”, advierte.

En la zona de Isla Riesco ya son varios los privados que cuentan con concesiones para exploración minera, como Copec-Ultramar y BHP Billiton. Hay propiedades de Enacar que datan de los años 80 y una serie de empresas que han puesto pertenencias en zonas complementarias a los yacimientos principales.

El proyecto más conocido es el de la alianza Copec-Ultramar, dueña de la Sociedad Minera Isla Riesco, que se adjudicaron la licitación de dos yacimientos mineros con alto potencial carbonífero, por los cuales desembolsaron cerca de 250 millones de dólares. Además, han destinado 50 millones de dólares para la construcción de un puerto, a través del cual se sacará el carbón, cuyo destino final serán las centrales termoeléctricas que se construyen en el Norte Grande para abastecer al sector minero.

Respecto a eventuales problemas que puedan surgir con los planes conservacionistas en la zona, Marcos Büchi, gerente general de Ultraterra y director de Minera Isla Riesco, señala que la isla es la cuarta más grande de Chile, “por lo que hay que estar muy conscientes de que lo que se puede hacer en un sector no afecte a otra parte, por muy delimitadas que estén las fronteras. El desarrollo de la minería en la medida que la línea de frontera del parque sea lejana, distante y se mantenga, no debiera afectar, pero indudablemente escuchamos con mucha atención lo que diga el ministerio”. Por lo que se sabe, en la presentación efectuada por Tompkins y su grupo a las autoridades magallánicas, manifestaron abiertamente su preocupación por la explotación carbonífera, la forestal, el sobrepastoreo y la acuicultura en la zona del seno Skyring.

Uno de los inversionistas de la zona es Carlos Larraín. El presidente de RN compró la Hacienda Cameron, que contempla 96 mil hectáreas en Tierra del Fuego, donde es vecino de Karukinka –el proyecto ecologista de Goldman Sachs– y de Yendegaia.

Respecto a los planes conservacionistas de Tompkins, Larraín es implacable: “la idea de preservar zonas como reservas naturales es muy valiosa, siempre y cuando estén abiertas para las visitas, se permita el negocio turístico de manera fluida, y que no sea contemplado desde las alturas por un dios todopoderoso y un delegado local”.

En cuanto a una eventual restricción a la actividad ganadera, el empresario y político explica que el plan de Cameron es tener producción ovina: “queremos que la naturaleza contribuya a la riqueza del país y de la gente que trabaja ahí, que haya progreso; es decir, tenemos una filosofía distinta a la del señor Tompkins”, concluye.

 

 

La idea de progreso de Tompkins
De primera fuente: “¿Progreso? Primero necesitamos definir qué entendemos por progreso. ¿Será lo que ha llevado al colapso de la economía mundial, debido a un concepto errado de lo que entendemos por desarrollo de nuestro planeta? Existen suficientes razones que nos permiten creer que el mundo está condenado a un proceso irreversible de calentamiento global y aún hay algunos que piensan que todo este progreso puede volver a despegar después de este colapso que estamos viviendo y que todo va a continuar igual que antes. ¿Acaso estamos viviendo en un mundo de fantasía? ¿Vamos a continuar este desarrollo bajo este mismo concepto de progreso, mientras vemos cómo se consume nuestro planeta? Si es que existe alguna esperanza más allá de lo que dice Lovelock, ésta será sólo si reconocemos que hemos sobrepasado con creces la capacidad de carga del planeta y su atmósfera y que hemos, con nuestras acciones, provocado que se caliente a tal punto el planeta, que hemos desencadenado un proceso irreversible de alza de temperatura, que llegará a límites intolerables, causando el colapso de la civilización. Lo que necesitamos es humildad y aprender de lo que hemos hecho. Los detractores deben ser los desarrollistas a ultranza que nos han llevado al abismo en que nos encontramos. Si es que hay alguna esperanza de un futuro viable para todas las criaturas con que compartimos el planeta, necesitamos una nueva economía basada en una huella de carbono muy inferior a la que dejamos ahora y respeto hacia la biodiversidad, que es la que nos ha permitido sobrevivir hasta ahora. No hay tiempo para los detractores de la conservación y los desarrollistas a ultranza. Son peligrosos y nos han decepcionado”