• 7 octubre, 2011



“Somos los hijos de la comodidad, no seas padre de la resignación”, dice uno de los eslóganes más reveladores del movimiento estudiantil. Una generación que quiere tener un rol y que tiene la fuerza cultural para empujar el cambio.


Ha sido tal la gravitancia del movimiento estudiantil y sus derivados en la agenda pública que cuesta imaginarse cómo será el día después de un eventual acuerdo.

Qué ganas de dibujar al país político de ese día después: qué curiosidad de saber cuáles serán los aprendizajes que los políticos pondrán en práctica, qué nuevos ordenamientos tendremos en los ejes de poder, quiénes serán los nuevos intrusos que entrarán en la arena política y quiénes serán los que se quedarán outside.

Hay algunas señales en el horizonte.

En primer lugar, Piñera tiene una gran oportunidad: como ya tocó fondo en las encuestas, sólo puede comenzar a subir en las mismas. Tiene la suerte que tuvieron Lagos y Bachelet, a quienes también les tocó enfrentar crisis en la primera parte de sus mandatos (a diferencia de Frei, quien sufrió los estragos de la crisis asiática en la segunda mitad y nunca pudo recuperarse). Por otra parte, la incertidumbre económica global es también una gran oportunidad para él, pues puede mostrarse como es y no como quiso ser. La tormenta mundial va a llegar por distintos lados y si bien no estamos blindados, podemos estar mejor preparados y enfrentarla con liderazgo. De hecho, una forma de recuperar su credibilidad sería actuar como el capitán que con coraje y convicción pone velas y se va encima de la tormenta para cruzarla lo antes posible. Ese es su negocio.

Segundo, la Concertación y el gobierno parten empatados en su rechazo de la ciudadanía, pero la oposición la tiene más cuesta arriba. Según la última encuesta CERC, el presidente Piñera tiene niveles de aprobación de 22%. Pero la situación no es mejor al otro lado de la vereda: sólo un 23% evalúa bien lo realizado por la Concertación en sus 20 años de gobierno. En concreto, el actual gobierno todavía cuenta con tiempo para darle forma a su sello final, mientras que la Concertación se quedó sin oferta de valor.
Tercer punto: los políticos que hoy están out son aquellos que se quieren parecer a los jóvenes y los que no se quieren parecer a los jóvenes. Entre los primeros están todos aquellos que han tratado de subirse al carro de las movilizaciones. Un paradigma de ello es Jorge Arrate, quien acaba de decir “que la mayoría está comenzando a pensar como yo”, en referencia a las ideas que promueven los estudiantes. Yo creo que ellos no lo aguantan ni en una clase de gimnasia. En el otro extremo, el alcalde Cristián Labbé, quien tras desalojar emblemáticos liceos en Providencia acusó a todos de “izquierda marxista”. Definitivamente, el ejemplo máximo de la falta de empatía. En fin, dos maneras muertas de seguir viviendo en el pasado.

El cuarto asunto es la carrera presidencial que se nos viene. Hasta el momento, hay una dupla de corredores que parece imparable: la de Golborne-Bachelet. El ministro tiene una virtud para contraponerse positivamente frente a su jefe en La Moneda y darle un nuevo impulso a la actual coalición gobernante. Si Piñera representa al dueño de la empresa –y nadie quiere mucho a los dueños–, Golborne, en cambio, representa al gerente general cercano y meritocrático que se la juega por su gente. Bachelet, por otra parte, puede llegar a representar las virtudes de la trayectoria y la capacidad de dar gobernabilidad. El riesgo está en una eventual sobreinstitucionalización y pérdida de sentido de contemporaneidad, unida a una falta de renovación de su imagen.

Por otro lado, existe una dupla que se mantiene expectante: se trata de Velasco-MEO, quienes jugarán con fuego y podrían quemar naves si es necesario. ¿Su esperanza? Ser cauces de representación para el amplio movimiento de los jóvenes… y de pasada, refrescarle el escenario a Bachelet.

Quinto, hay una nueva y amplia generación ilustrada, que en la actual década va a entrar al sistema en pleno, y a la que no le basta la promesa de llegar a ser un país desarrollado. Es una generación que ha dado un nuevo significado a los conceptos de desarrollo, calidad de vida y bienestar. Los actuales universitarios -con casi un 70% de padres no universitarios– no quieren comodidad, sino emprender riesgos. “Somos los hijos de la comodidad, no seas padre de la resignación”, dice uno de los eslóganes más reveladores de este movimiento. Es una generación que quiere tener un rol y que tiene la fuerza cultural para empujar el cambio.

Sus demandas pueden ser desmedidas, pero claramente ellos están mostrando que se acabó la época de las verdades indiscutidas y de los consensos a toda costa. Hoy todos quieren ser autores de su propia historia y entran en diálogo a la espera de que se les diga algo que les sirva a sus propias conversaciones e intereses. Son adaptativos, informados, más públicos, más deliberativos, menos intensos y, definitivamente, menos ideologizados. Para ellos, todo sucede a la vez y más rápido. Mejor educación ¡ahora! Después de todo, nos acercaron al futuro. ¿Habrán entendido el mensaje nuestros viejos y queridos políticos?