Probablemente, el tema que menos le gusta tratar a la actual mandataria. Pero tendrá que reconocer que, a diez meses de entregar la banda presidencial, algunas ideas rondan en la cabeza de su núcleo más cercano. Por algo una de sus ministras habló derechamente de reelección, mientras surgen opciones en el plano internacional.

  • 12 mayo, 2009

 

Probablemente, el tema que menos le gusta tratar a la actual mandataria. Pero tendrá que reconocer que, a diez meses de entregar la banda presidencial, algunas ideas rondan en la cabeza de su núcleo más cercano. Por algo una de sus ministras habló derechamente de reelección, mientras surgen opciones en el plano internacional. Por Elena Martínez.

“Las únicas veces que me pongo a pensar en qué pasará el 12 de marzo en adelante es cuando los periodistas me hacen esa pregunta”, respondió Michelle Bachelet a La Tercera ante la pregunta de si analizaría la posibilidad de un segundo mandato. Salvo su pública intención de escribir un libro (ese que titularía No a la impunidad), poco se sabe sobre las opciones que maneja la mandataria una vez que abandone La Moneda.

Pero hay algunos lineamientos, como que no le gustaría retirarse ni trabajar en un cargo privado. “Los ex presidentes somos personas un tanto incómodas, no hay donde ponernos, ni donde sentarnos”, comenta Ricardo Lagos en una entrevista incluida en esta edición de Capital (ver página 30), pero con Bachelet podría ocurrir algo distinto.

Tras un complejo inicio que la llevó a perder casi 20 puntos de aprobación en tres meses y a registrar un piso de 35,3% de respaldo al año y medio de gestión, sus atributos de “querida”, “respetada” y “creíble”, encumbraron su popularidad a un histórico 67% en abril pasado, superando a todos sus pares de la Concertación. Y ese apoyo tienta a cualquiera. Desde los candidatos oficialistas en carrera, que esperan ver traspasado en las urnas al menos parte de ese respaldo, hasta los más pesimistas que anticipan un resultado en diciembre lo suficientemente adverso como para comenzar a pensar en alternativas, ya sea para esta elección presidencial a para 2014.

Aunque la idea pasó sin pena ni gloria, hace algunas semanas fue una integrante del gabinete de Bachelet –la ministra de Bienes Nacionales, Romy Schmidt– quien planteó la conveniencia de que se reforme el período presidencial y se introduzca la reelección. Se cuidó de aclarar que no era una propuesta con nombre y apellido, pero afirmó que “nos farreamos una gran presidenta” y que es bueno para el país que “quien lo ha hecho bien, tiene reconocimiento popular y sintonía con la gente, tenga la oportunidad de ejercer nuevamente”.

¿Corrió con colores propios? Todo indica que en la actualidad no existe un grupo que esté trabajando –oficial o extraoficialmente– en el futuro de Michelle Bachelet. Organizar una fundación como plataforma laboral y pública –camino seguido por Aylwin y Lagos- o reeditar otra –la opción de Frei– no concita consenso.

Una eventual derrota presidencial en diciembre también siembra dudas sobre el futuro de la coalición gobernante, por lo que sus cercanos tampoco se atreven a hacer pronósticos sobre la estrategia política de corto plazo. Y aunque le han recomendado no vincular demasiado su imagen y respaldo con el candidato oficialista (para limitar el impacto en caso de un triunfo opositor), ha dado claras muestras de querer responder a la lealtad que Frei le demostró en los años recientes.

Ciudadana del mundo

En lo inmediato, una de las principales fortalezas de la mandataria está en el ámbito internacional. Maneja idiomas, conoce el mundo, tiene un cálido trato personal (que incluso le ha permitido responder con bromas a las críticas de personajes como Hugo Chávez en medio de cumbres de mandatarios) y ha encabezado con éxito dos instituciones: Unasur y la cumbre de gobernantes progresistas.

Fue el equipo del presidente Obama el que aprovechó estas fortalezas en el marco de la reciente Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago. El nuevo mandatario enfrentaba numerosas solicitudes de encuentros bilaterales, a las cuales quería responder de forma global. ¿Las alternativas? Mercosur, Pacto Andino, etc. Entonces surgió la idea de pedir a Bachelet que convocara a la Unasur, como una alternativa más manejable.

Claro. La presidenta tiene a su haber el provenir del mundo socialista, defender los ideales del progresismo, pero –al mismo tiempo– reconocer los valores de la democracia representativa, el manejo fiscal responsable y el aporte de los privados. Una mezcla virtuosa, dicen algunos, como para que su nombre siga ligado a Unasur una vez que concluya su período. El resultado de la reunión fue un éxito y sobraron las muestras de aprecio por parte de Obama hacia Bachelet.

En el plano internacional, su condición de mujer también es una ventaja, dadas las tendencias mundiales de renovación de los perfiles, con un reposicionamiento del género femenino en la política. Y ésta es una causa que a Bachelet le importa mucho. “No me extrañaría que al final de su gobierno sea una líder en viaje y que apoye distintas campañas internacionales”, nos contaron.


Legando un estilo

Bachelet lo dejó en claro en su primer discurso ante el Congreso Pleno. Lo suyo era dar forma a un plan de protección social. Ahora sus cercanos enumeran los logros que, a su juicio, confirman este legado: reforma previsional, pensión solidaria para las mujeres, ampliación del plan Auge, bonos por hijos y multiplicación de las salas cunas, entre otras medidas. Pero hay algo más de forma que también quedará en la retina cuando se analicen estos cuatro años de mandato. “Independiente de lo positivo que haya sido su modo de encarar los problemas, implica de alguna manera un tipo distinto de desarrollo político y económico para el país”, nos planteó un connotado estratega concertacionista.

La idea es que si bien se trató del cuarto gobierno de la coalición, hay analistas que sostienen que los electores en realidad votaron por el cambio, considerando que –además de ser mujer- Bachelet no provenía del establishment político tradicional. El asunto es si ese sello marcará el manejo de la Concertación en el futuro o seguirá siempre vinculado a la figura de la actual presidenta. Porque si es así, y la opinión pública lo sigue valorando, entonces sus opciones para cuatro años más seguirán intactas.