Foto: Verónica Ortíz

  • 7 noviembre, 2019

“El pasto en Chile estaba listo para la quema. Si hubiéramos tenido un pasto verdecito y parejo, no se provoca este incendio. La situación no resiste más y tenemos que hacer algo porque todos somos parte del problema y de la solución. Yo no puedo dormir tranquila y creo que hay que partir desde una reflexión interna, porque todos alguna vez nos hemos acomodado en nuestra situación. Los políticos debemos cambiar desde lo más profundo y darnos cuenta de que somos los peor evaluados. Fui de las pocas de mi grupo de derecha que hizo cabildos en su minuto. Me costó llevar gente, me decían: ‘¿para qué?, estás loca’… Lo hicimos igual. No hay que tenerle miedo a una nueva Constitución. Hay que abrirse, sin perjudicar la economía, pero no se puede construir la paz social sin justicia social.

Nos quedamos pegados en el modelo de Chicago, que fue muy importante en una época, pero resulta que la economía pasó a ser la reina y se nos olvidó que ella debe estar a servicio del hombre, no al revés. Con mi hermano Manuel José tenemos un diagnóstico distinto al resto del sector porque conocemos gente que sobrevive con $110.000. Siento que parte de una sociedad que nos trató de izquierdistas o de populistas, ahora están diciendo: ‘Sabes qué, no estaban tan locos”’. Nadie puede desconocer que el chorreo nunca existió. El país avanzó, pero unos mucho más que otros. Estoy esperanzada con lo que ha pasado, sin embargo, también siento una responsabilidad gigante porque esto se nos puede ir de las manos. Hay sectores de la política que se lo han tomado con mucha irresponsabilidad. La idea no es destruir el modelo, sino mejorarlo. Hay empresarios que dicen ‘vamos a pagar más’, ‘vamos a revisar nuestras prácticas internas’, y yo me quedo con eso, ni siquiera voy a juzgar por qué no lo hicieron antes, me conformo con que lo hagamos ahora.

En Chile, la cuna determina tu vida. Le copiamos el modelo económico a Estados Unidos, pero solo una parte, porque allá existe movilidad social, no te catalogan por el apellido o el colegio al que fuiste. Si cometes un delito económico, te vas preso. No puede ser que aquí las cárceles estén llenas de gente pobre que muchas veces por sus circunstancias llegaron a delinquir, pero para los de cuello y corbata, no hay cárcel.

Antes que estallara el descontento, le grité a una persona del gobierno por teléfono: ‘En este país va a quedar la escoba’. Claro que no pensé que la escoba estaba tan cerca. Al presidente Piñera se lo dije directamente en mayo, y muchos políticos se molestaron conmigo. ‘Presidente, no están viendo el bosque. Si a usted sus asesores no le han dicho el malestar que siente la gente, quiere decir que no están haciendo la pega’.  No se quiso escuchar porque hay muchos miedos. La clase media tiene miedo de perder lo que ha avanzado, la elite -a la cual pertenezco- también tiene miedo de retroceder. Cuando escuchamos las palabras de la Primera Dama diciendo que hay que compartir los privilegios, ¿qué más claro que eso?

Cuando tenía 18 años trabajé en una tienda de juguetes para Navidad y el dueño decía que también había que vender los juguetes malos. Yo pensaba: ¡cómo un niño va a recibir un juguete malo! Me negué, pero él decía que no importaba, que después volvían para cambiarlo. La productividad y la rentabilidad del negocio nos hacen pasar por encima de todo. Ahí hay un problema moral. Un especialista me dijo que en este país el problema es la inequidad, no la pobreza. Le respondí: ‘Basta de tecnicismos. A la señora que se levanta a las 5 am y camina al paradero, le da lo mismo si es por pobreza o inequidad. Se mete a una micro que se revienta, viaja dos horas a su trabajo e igual no le alcanza la plata’. Necesitamos súper ricos comprometidos con el país y que no usen todas las formas que existen para evadir impuestos. Tienen que entender que no se van a llevar nada para el otro lado y que lo único que tenemos seguro es la muerte. No logro entender que una persona esté conforme cuando ve desigualdad y un odio justificado hacia la gente de clases más acomodadas. En cambio, los chiquillos más vulnerables no les tienen miedo a las balas porque se han criado entre ellas, y en la violación constante de sus derechos humanos. Muchos de esos niños han sido abortados en vida. Yo pondría toda la energía en potenciar a la mujer. Siempre admiré a las mujeres que estaban en política, aunque la mayoría no fuera de mi sector. No pensaba como ellas, pero las encontraba valientes porque se sacaban la cresta por sus ideales. Necesitamos más Gladys Marín y más Carmen Lazo.

El reguleque todavía me aparece, pero más disminuido. Pedí perdón desde el día 1. Hay que ser humilde porque cuando uno explica, se complica. El aprendizaje fue muy doloroso y fui condenada durante meses. Salí hasta en el Festival de Viña y mis niños lo pasaron muy mal. Pero todos tenemos derecho a equivocarnos y a levantarnos. Cuando un hombre se equivoca y se levanta, tiene cojones; pero cuando la mujer es valiente y se levanta, es porfiada. Yo podría haberme quedado en mi casa haciendo quequitos y tener una vida más relajada. He andado con la cacerola para todos lados, caceroleo por la gente que murió en listas de espera y por los niños del Sename. Tenemos una lista gigante de cosas por las que cacelorear. Todos unidos”.