A propósito del próximo estreno de Vicky Cristina Barcelona –que le dio el Oscar a Penélope Cruz- y los 30 años de Manhattan, con la insuperable Diane Keaton, vale la pena revisar cómo ha cambiado el modelo femenino en las películas del cineasta neoyorquino. Nada es para siempre.

  • 14 abril, 2009

 

A propósito del próximo estreno de Vicky Cristina Barcelona –que le dio el Oscar a Penélope Cruz- y los 30 años de Manhattan, con la insuperable Diane Keaton, vale la pena revisar cómo ha cambiado el modelo femenino en las películas del cineasta neoyorquino. Nada es para siempre. Por Andrés Valdivia.

Para todos los que crecimos viendo películas de Woody Allen, un aviso: sus películas no son las de antes. Las hace distinto, las piensa distinto. Ni sus mujeres son las mismas: el contraste no puede ser más grosero entre las plásticas jovencitas de Vicky Cristina Barcelona (próximo estreno en Chile) y las plateadas musas de Manhattan (1979). Y bueno, los tiempos cambian.

Recapitulo: ¿idea mía o hace rato los filmes de Woody Allen se han vuelto más plásticos y prefabricados? ¿O es que siempre fueron así?

Ahora que se acercan los 30 años de esa maravilla llamada Manhattan, llega a la cartelera Vicky Cristina Barcelona, la historia de dos gringas que -durante un acalorado verano catalán- creen que su vida se transformará radicalmente, cuando en realidad nada está cambiando bajo sus narices. Bonita historia, pero Allen la enfrenta con el mismo aire despreocupado que sus protagonistas adoptan mientras pasean distraídas entre hermosas vistas y monumentos. De modo que lo que podría haber sido una astuta lección de humanidad termina como inofensivo folleto turístico. Y diablos, Woody solía ser buenísimo en lo primero, ¿o no?

Más que en sus temas, el mejor testimonio de esa vocación reflexiva radica en sus personajes, sobre todo en los femeninos. Aunque la dramaturgia de Allen nunca ha sido nada del otro mundo, la lógica con que sus mujeres solían moverse a través de sus argumentos a ratos era insuperable. Cosa de hacer memoria y seguir la pista de esta mirada en cuatro actos:

Annie Hall, belleza cool. O mejor dicho, Diane Keaton. La rapidez mental e infalible instinto pop que aportó en Play it again, Sam; El dormilón, Manhattan y Misterioso asesinato en Manhattan no tiene precio. Allí, Keaton se para frente a Allen como un igual; como alguien capaz de enamorarlo, pero también de hacerlo sentir como energúmeno. Todo lo contrario de Mia Farrow.

Hannah, el eterno femenino. Aunque haya salido de la vida de Woody en medio de un escándalo monumental, Farrow marcó a fuego el cine de su amante/amigo durante los 80 y de hecho lo incitó a conseguir algo impensable: tratar de escribir sobre gente de verdad. Sea como la sicóloga de Zelig, la soñadora de La rosa púrpura del Cairo o la maternal hermana de Hannah y sus hermanas, el rostro de Mia impera como nadie dentro de los filmes de su ex.

Scarlett, the bimbo. O sea, la chica guapa, pero tonta. ¿Qué decir de los filmes de Woody con Johansson? Que se trata de una asociación que probablemente le conviene a ambos en términos comerciales y de imagen, pero que confirma la creciente misoginia acumulada por el realizador en los últimos veinte años. Hasta ahora hay dos Scarlett: la que funciona como doble de Woody (y que aparece en Scoop) y la que funciona como rubia objeto (Match Point). Perdón, pero ninguna de esas encarnaciones resiste demasiado análisis.

A modo de epílogo. Mucho más interesante que Scarlet o Penélope Cruz, resulta Judy Nash, el personaje de Patricia Clarkson en la última película de Allen que se estrena en Chile: una mujer madura, quien tras observar la libertad y juventud de Vicky (Rebecca Hall) y Cristina (Johansson), reabre viejas heridas afectivas, sólo para comprobar que estas ya no cicatrizan. Justo el tipo de personajes que Allen –a través sobre todo de Mia Farrow- consiguió llegar a escribir tan bien. Tal vez sea eso. Asunto de heridas que, como no cierran, es mejor no volver a abrir.

 

El mejor personaje de Allen

No se trata de Annie Hall (lo siento) sino de Marion Post, la controlada escritora que domina de principio a fin La otra mujer (1988), austero drama impregnado de dobles, densas ensoñaciones, caminos sin salida y un pulso vital que ya daría todo el realizador por volver a recrear. Parte de los honores corresponden a Gena Rowlands, el actor más dotado que jamás haya pasado por un filme de Woody.

Manhattan incorruptible

Conociendo un poco a Woody Allen, es obvio que no moverá un dedo para celebrar los 30 años de Manhattan. No importa que sea una de las joyas de su corona. Con toda seguridad no la ha visto desde 1979, cuando se estrenó en medio de una respetable polémica porque la ciudad retratada en pantalla parecía sacada de un cuento de hadas comparado con el mundo a lo Taxi Driver que existía en las calles. Aun así, hace bien regresar de tanto en tanto a este cuentito para adultos, en parte porque esta época de televisores widescreen le hace mucha justicia a su alargado formato (2.35:1) y porque contiene el mejor consejo que Allen jamás se haya dado a sí mismo (y a nosotros). Lo dice Tracy, su ex novia, al final de la película: “vamos, no todo el mundo se corrompe… tienes que tener un poco de fe en la gente”.