• 4 noviembre, 2011

El próximo año y medio podría terminar siendo decisivo para la democracia en nuestro país. Alterar el método de inscripción electoral y reformar el sistema binominal podrían generar cambios de enorme trascendencia en la política chilena. Sin embargo, la inercia conservadora presente tanto en la derecha como en la izquierda podría atentar contra reformas profundas y de calidad. Al incumbente, al que se favorece con el status quo, no le interesa mucho remecer el árbol que le da sombra. No le interesa que a la política chilena ingresen nuevos votos; prefiere solo colocarle un poco de bótox.
Una de las reformas más urgentemente necesitadas es la inscripción automática en los registros electorales. El peculiar y arcaico sistema registral chileno se encuentra simplemente desfasado y el resultado es que los jóvenes no se inscriben. Aquello no era problema a mediados de los 90, porque quienes se inscribieron masivamente en 1988 para votar en el plebiscito eran una aplastante mayoría de los chilenos: más del 95% de los mayores de 18 años.
Pero a medida que pasó el tiempo los más viejos fueron falleciendo y los jóvenes siguieron sin inscribirse. Así tenemos que los menores de 40 (coincidentemente, los que tenían 17 años en 1988 y no lograron inscribirse para el plebiscito) se inscriben en una proporción de 1 a 5. Así, para la próxima elección municipal serán más de cuatro millones y medio los chilenos mayores de 18 años no inscritos, y poco más de 8 millones los inscritos.
Claramente se produce una brecha enorme y preocupante de representatividad y legitimidad de las autoridades electas. Solucionar el problema no parece muy difícil. Técnicamente, podría ir inscribiéndose computacionalmente a todos los no inscritos, a medida que van cumpliendo 18 años. Asociar un domicilio a una base de datos no parece ser una cuestión inabordable en un país donde hay sistemas informáticos mucho más complejos operando en plena forma (por ejemplo, el sistema tributario). Pero aún así, se producen reticencias en la clase política y se ven calculadoras por todos lados. Es evidente la incertidumbre que genera esta avalancha de nuevos votantes en legisladores acostumbrados a casi el mismo electorado de hace 20 años.
Inexplicablemente, el actual gobierno ha dilatado en demasía el tema. Nadie duda de que el padrón electoral debe contar con el más alto estándar de seguridad y fiabilidad. Probablemente habrá que montar un sistema ad hoc de asignación de domicilios a los nuevos inscritos (lo que no es tan simple, dada la división geográfica de las juntas inscriptoras) y eventualmente, un procedimiento de comunicación y reclamo por dicha asignación. Pero, por lo mismo, ese sistema es mejor testearlo en una elección municipal antes que en una presidencial. El gobierno debe actuar responsablemente y empeñarse en sacar esta reforma ahora.
En la reforma al sistema binominal también puede haber tentación de bótox y no de votos. En breve, hoy nadie duda de que este sistema no da cuenta de las verdaderas mayorías, que no genera competencia y que fuerza un empate artificial que solo resta representatividad a nuestra democracia. El problema es determinar cuál es la alternativa y a quién le duele esa alternativa.
En la Concertación, la inmensa mayoría propone un sistema proporcional atenuado; es decir, que tenga mayor proporcionalidad que el actual, sin llegar a promover un multipartidismo. La disyuntiva está en el tamaño y forma de los distritos. Una comisión creada durante el gobierno de Michelle Bachelet en 2006, presidida por Edgardo Boeninger, propuso este sistema, para lo cual se requería realizar un re-distritaje del país. La propuesta no alcanzó a llegar al túnel de Lo Prado cuando parlamentarios de todos los sectores hicieron saber su negativa. Ahora, dos think-tanks concertacionistas vuelven a hacer una propuesta similar pero, conscientes del tema del distritaje, proponen una primera fase, en la que no se alteran los actuales límites electorales.
Por el lado de la derecha, comienza a verse una incipiente apertura a abordar el tema. Con todo, en la UDI existen poderosas fuerzas que no están dispuestas a re-distritar (mal que mal, posee 40 diputados) ni a revisar la fórmula aritmética para asignar escaños. En RN también hay fuerzas históricamente pro-binominal. Y en el gobierno, si bien saben que una reforma de este tipo les aseguraría un sitio destacado en los libros de historia (cosa que hasta ahora no tiene), entienden también que la capacidad de maniobra política que les queda es muy limitada.
Habrá que ver en qué termina este debate, porque la tentación conservadora es fuerte y podría terminar proponiendo tan sólo una lista proporcional de 30 diputados paralela al actual sistema binominal de 120 escaños. Es decir, un gatopardismo que alegraría a algunos dirigentes de partido, pero que terminaría consagrando por quizás cuántos años más el actual sistema binominal.