• 7 agosto, 2008

¿Qué hay de las segundas oportunidades en política? La verdad es que poco. El juego es de una sola vez. Y sin revancha. Por Héctor Soto

Tal como el resto de los mortales, los presidentes piensan que si volvieran a vivir no cometerían de nuevo los errores en que incurrieron. En su fuero interno, deben ser los primeros en reconocer cuándo y dónde se equivocaron. Sin embargo, porque en retrospectiva sienten que la experiencia del poder podría haberlos blindado, creen que ahora no tropezarían con la misma piedra. Lo que no pudieron ver con claridad a la primera, podrán intuirlo y reconocerlo con perspicacia a la segunda. Por lo mismo, nadie mejor que ellos merecería otra oportunidad.

Algo parecido a esto es lo que deben pensar los ex presidentes Frei y Lagos al querer volver el 2010 a La Moneda. Creen que podrían hacerlo mejor y la convicción que tienen al respecto no sólo es auténtica sino también respetable. En contra de lo que pudiera pensarse, esa pretensión, más que revelar ambición política excesiva o protagonismo histórico desbordado, expresa pura y simplemente el espejismo con que comulgamos todos al creer que la segunda vez lo podríamos hacer mucho mejor que la primera. Un poema bastante cebollero, pero muy difundido y que circula bajo el título de Instantes, pieza que la mitología popular o la ignorancia insisten en adjudicar a Jorge Luis Borges, posiblemente el poeta más ajeno de todo el siglo XX a este tipo de chulerías, progresa por ese lado. “Si pudiera volver atrás –señala– trataría de tener solamente buenos momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora”.

Doble mentira: la vida se vive una sola vez y el asunto no se reduce a una cuestión de puros momentos. Parte del problema radica en que vivir consiste justamente en pasar a ser parte de un continuo que termina entrelazándolo todo.

Las segundas oportunidades, entonces, sólo existen como temas de inspiración. La novela y el cine norteamericano han sacado obras maestras de ahí. Pero, tal como en la vida, en la política rara vez se presentan segundas oportunidades. Aun en el caso de los presidentes que se repiten el plato, la segunda administración muy poco tiene que ver con la primera; entre otras cosas, porque los tiempos y las circunstancias son distintos. No sólo eso. Incluso cuando las experiencias parezcan repetirse, invariablemente el político las vivirá como primera vez porque, además de tratarse de contextos diferentes, ni los problemas serán los mismos ni tampoco serán iguales las trampas del acontecer.

Es una ironía que los propios políticos sean tan poco lúcidos respecto de esta dimensión trágica de la actividad que desarrollan. El juego es de una sola vez y sin revancha. Siendo así, el factor tiempo es crítico a la hora de hacer política y de gobernar.

A menudo, el gran drama de los gobiernos está más en lo que dejaron de hacer que en lo que hicieron. En un momento, al comienzo, por lo general, tuvieron todo de su parte para sacar adelante proyectos o iniciativas importantes y se farrearon oportunidades propicias a la espera de coyunturas más favorables. Las coyunturas nunca –sí, nunca– son cien por ciento favorables. El tiempo, entonces, se les fue entre los dedos. Se los comió el día a día –la toma del lunes, la declaración de ayer, el banquete de esta noche, el viaje de mañana, la ceremonia de la próxima semana– y al final terminaron con las manos mucho más vacías de lo que inicialmente pensaron y quisieron.

Al margen de la fugacidad del poder, la política suele jugar también otra mala pasada. Las cosas nunca salen tal como fueron proyectadas o programadas. La realidad, la historia, siempre es mucho más compleja que los modelos de laboratorio. Como en todo, entre lo que se piensa en la cúpula y lo que ocurre en la base; entre el junto a que se quería llegar y el punto donde efectivamente se llegó, las brechas y distancias suelen ser enormes. Y el político o el gobernante han de contar con eso. Así es el juego. No es excusa, por lo mismo, aducir que en teoría el asunto funcionaba mejor. Se gobierna para las realidades concretas, no para los gabinetes asépticos de la planificación. Otra cosa es que a lo mejor sea cierto que para un ex mandatario los costos de aprendizaje de llegar nuevamente al gobierno sean menores que los que deba pagar un debutante. Okey. Sin duda, la experiencia ayuda y sirve. Como también sirve esa sana cuota de impaciencia y ansiedad que suelen tener los primerizos. Los viejos historiadores explicaban a los grandes políticos como hombres que sabían encontrarse con su época. Y si Frei o Lagos quieren volver, quizás sea porque en alguna zona sienten que se anticiparon. También, porque debe costar mucho asumir que la hora de cada cual podría haber pasado.