Seis años parece un tiempo prudente como para estrenar dos, incluso tres películas. No para Wong Kar-wai. Allí donde algunos no tienen problemas para alinear un proyecto después de otro, el realizador hongkonés tiene notoria dificultad para encontrar la idea, llevarla a cabo y pasar a la otra. Le cuesta ponerse a filmar y luego […]

  • 6 septiembre, 2013

The Grandmaster

Seis años parece un tiempo prudente como para estrenar dos, incluso tres películas. No para Wong Kar-wai.

Allí donde algunos no tienen problemas para alinear un proyecto después de otro, el realizador hongkonés tiene notoria dificultad para encontrar la idea, llevarla a cabo y pasar a la otra. Le cuesta ponerse a filmar y luego detenerse, dejarlo ir. No siempre fue así: en el corazón de los 90, cuando él estaba al centro de lo que hoy se recuerda como la “Nueva Ola Asiática”, el director se movía a toda velocidad y sin parar. Como la bestia cinematográfica que era, llegó a aprovechar la interrupción de un rodaje (el de Ashes of time, 1994) para improvisar otro (Chunking express, 1994), sin darse tiempo siquiera para meditar si tenía algo que perder.

Ese artista ya no existe.

Wong dejó pasar seis años antes de estrenar The Grandmaster, la sucesora de My blueberry nights (2007) –su fracasado debut en inglés–, y nueve desde 2046, su última película ambientada en China. En 2012, The Grandmaster –que hace una semana se exhibió en Sanfic–, había estado en la lista corta del Festival de Cannes, pero no estuvo terminado a tiempo; y lo mismo ocurrió meses después en Venecia, antes de recalar por fin como la pieza central de la programación del Festival de Berlín, en enero. Iba a ser un retorno triunfal y, sin embargo, todo terminó con una extraña sensación de anticlímax. ¿Y eso había sido todo? ¿Esto era la obra maestra que el realizador había estado rodando sin descanso tres años seguidos?

The Grandmaster, su séptima producción junto al gran Tony Leung y su primera cinta de artes marciales –la historia de Ip Man, el legendario maestro de Bruce Lee– no era el reencuentro con su audiencia ni la espectacular producción que medio mundo esperaba. Los distribuidores tampoco estaban muy seguros de qué hacer con ella: ¿la estrenaban tal cual, con sus densas dos horas diez de metraje, o la “alivianaban” un poquito? (finalmente, The Weinstein Company optó por hacer una versión estadounidense con 25 minutos menos).

Sin duda, Wong todavía es uno de los realizadores más importantes del mundo, pero The Grandmaster dejó pensando a varios si acaso no habían exagerado, al ensalzar tanto al director de Happy together (1997), fomentando –a lo Kubrick– su presunta infalibilidad. No deberían darse tantas vueltas: pese a lo desnivelada y dispareja, la nueva película no es el fiasco total que algunos han descrito, sino simplemente un animal distinto. Algo que el director y su equipo estaban intentando por primera vez: una superproducción.

Historia y exilio

En el papel y en las imágenes, The Grandmaster no sólo narra la travesía de Ip Man, sino de otros dos grandes maestros chinos entre las décadas del 30 y el 50: Gong Err, la heredera del clan Gong (encarnada por Zhang Ziyi) y Yixian Tian, “el cuchillo”, un traidor a dicho clan y colaboracionista durante los años de invasión japonesa. Tres hijos de las tradiciones de China continental que, por causa de la guerra y la revolución, acaban en el exilio en Hong Kong, obligados a pensar en el presente, pero con la vista siempre puesta hacia lo que dejaron atrás.

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A primera vista, ése no es un ambiente muy distinto al habitado por la pareja de amantes desdichados en In the mood for love (2000); pero si la obra maestra del director florecía en espacios cerrados, en la violación de intimidades severamente custodiadas, The Grandmaster es justo lo contrario. En su primera producción basada en personajes reales, Wong toma distancia: aunque conserva sus ya habituales primerísimos planos y voces en off en la narración, filma a sus protagonistas como si fueran estatuas, efigies conservadas de un tiempo ido.

La cámara pareciera estar a sus anchas cuando se torna estática, tratando de congelar a esta gente en tomas que parecen fotografías, grabados o tapices; lo que es algo inédito –y casi contradictorio– en un filme de kung fu, donde las imágenes deberían estar en constante movimiento. Incluso las secuencias de lucha –sujetas a un cuidadoso montaje– parecen dar cuenta de esta inclinación por la suspensión, y entregan pistas sobre lo que de verdad parece importar a Wong en este enrevesado cuento de dominio, pasión y decepción: la Historia, con H mayúscula; ésa que devora tanto a los que quieren dejar su marca por la fuerza (como Yixian Tian), y los que operan en silencio, buscando perderse en la multitud, como ocurre con Ip Man, a quien Wong despoja en el filme de sus verdaderos orígenes humildes y lo ficciona como hijo de unos ricos comerciantes y virtual heredero de la cultura de clanes de una vieja China, donde la maestría en el arte marcial iría aparejada con una responsabilidad pública que a Ip Man no le queda otra que aceptar.

Esa dimensión política del filme, y que los realizadores sostienen durante la primera hora de metraje, vincula a The Grandmaster al linaje de Héroe (2002) y La maldición de la flor dorada (2006) –ambas de Zhang Yimou–; La promesa, de Chen Kaige (2005) y Red Cliff, de John Woo (2008), todas superproducciones chinas centradas en torno a la formación del carácter y del poder de una nación; pero en vez de referir a un lejano y heroico pasado medieval, opta por anclarse firme en el siglo XX. Ahora, qué está haciendo Wong ahí, entreverado con Zhang y Chen, ex disidentes del régimen, que hoy se han convertido en poco menos que cineastas oficiales, es una buena pregunta. ¿Por qué uno de los grandes cineastas de la intimidad se vuelca al escenario público, de un modo parecido a como ocurre con el protagonista de su filme? ¿Qué está buscando ganar? ¿Acaso ésta es su idea de “volver a casa”?

El director ya había tocado esos terrenos, un poco en broma un poco en serio, en 2046 –el título de dicha cinta hace referencia al año en que Hong Kong se integrará totalmente a la República Popular China–; pero si esa película permanecía atada a las búsquedas interpersonales de In the mood for love (de hecho, compartía algunos personajes), en la primera mitad de The Grandmaster esos lazos son mucho más tenues. Quizás demasiado, porque una vez que pone la política sobre la mesa, la propia película recula y revierte a terreno conocido: al romance imposible entre Ip Man y Gong Err, quienes –aunque comparten muy pocas escenas– son convertidos en verdaderos símbolos de un tiempo trágico y divisivo, con Wong aplicándose al máximo en escenas bellísimas, pero que de alguna forma desandan el tortuoso y fecundo camino sugerido al inicio de la historia.

El propio realizador sugiere esta contradicción, al evocar ese romance sostenido por la ausencia en secuencias que recuerdan directamente a lo mejor de David Lean en Doctor Zhivago –interiores translúcidos, cristalizados, imposibles– y acaba por entregarse a éste de forma definitiva, cuando en la banda sonora comienza a sonar el Tema de Deborah, que Ennio Morricone compuso hace 30 años para un filme que bien pudo haber sido el modelo original de Wong a la hora de concebir su mega producción: Érase una vez en América, de Sergio Leone. Otra historia donde amor, deber y lealtad se desangraban lento a través de las décadas, la de Leone imaginaba a una nación devastada por crímenes públicos y obsesiones privadas. El retrato que Wong hace de la China del siglo pasado no luce muy distinto: su tragedia congelada como en una bola de cristal. Trizada, quizás; pero todavía bella, impenetrable.•••