Ir a ver fútbol profesional con señora e hijos resulta hoy un peligroso experimento. Sin embargo, el Estadio Santa Laura quiere que ese sea su público y está trabajando para ello.

  • 19 febrero, 2009

Ir a ver fútbol profesional con señora e hijos resulta hoy un peligroso experimento. Sin embargo, el Estadio Santa Laura quiere que ese sea su público y está trabajando para ello. Por Mauricio Contreras.

Esta columna está escrita desde la visión del hincha de Unión Española y no bajo el prisma del periodista. Hecha esa aclaración, me parece que se podría estar produciendo un fenómeno positivo, que traería de vuelta la familia al fútbol y que, bien llevado, haría que la idea de ir al estadio pueda ser un panorama tan válido como ir al cine o a Fantasilandia.

Un poco de historia. Hasta que emergieron en 1990 las barras bravas en Chile, ir a ver partidos en Santiago y en provincias era algo natural y sin complicaciones. La primera vez que fui a Santa Laura, en 1983, me llevó mi madre y no tuvimos que andar corriendo por Independencia escapando de los patos malos. Pero el fútbol se llenó de lumpen y comenzó la retirada de mujeres y niños de las localidades. Era que no. ¿Quién estaba dispuesto a llevarlos al sacrificio, sabiendo el mal rato y lo desagradable que puede ser toparse con tipos mal educados, dispuestos a embarrarte la experiencia de apoyar a tu equipo favorito?

Por suerte hay gente preocupada del tema y ya hay acciones concretas al respecto. Los cuatro recién reinaugurados estadios para el Mundial Femenino Sub 20 son un lujo para ir en patota a la cancha y nos pasaríamos de tontos si los rayamos, rompemos y generamos el campo fértil para que los desubicados de siempre los adopten como campos de batalla. En Santiago, Unión Española, bajo la nueva presidencia de Jorge Segovia, invirtió millones de pesos en remodelar el clásico Santa Laura, poniendo asientos individuales, pintándolo y generando una invitación para estar en familia.

Lo expuesto anteriormente tiene base: en enero partí al barrio Independencia a un partido amistoso. Me estacioné a una cuadra, nadie me pidió monedas o “una colaboración, socito”, compré las entradas en paz y sin temor a que nos pasara algo con mi mujer e hija. Una vez dentro, me senté en butacas de buen nivel –no tablones a medio morir saltando– y pudimos disfrutar del fútbol en tranquilidad.

Es cierto que esta no es la realidad de nuestro balompié profesional, pero hay que partir por algo y los incentivos de volver al fútbol en un entorno que le gusta a la gente (cómodo y sin temor a que te pase algo) son un gancho que podría conducir a ver otra vez las graderías llenas. Una ecuación lógica: un fanático acompañado de su señora e hija son tres y no uno.