Ahora que Woody Allen pasa vergüenzas haciendo de turista audiovisual en las historias de su desechable De Roma con amor, solo recordar los días en que sí sabía cómo filmar una ciudad -Nueva York- resulta chocante. ¿En qué momento de su periplo europeo (ese que lo llevó de Londres a Barcelona, luego de regreso a […]

  • 20 agosto, 2012

Ahora que Woody Allen pasa vergüenzas haciendo de turista audiovisual en las historias de su desechable De Roma con amor, solo recordar los días en que sí sabía cómo filmar una ciudad -Nueva York- resulta chocante.

¿En qué momento de su periplo europeo (ese que lo llevó de Londres a Barcelona, luego de regreso a Londres y de ahí hasta París) se le olvidó que en el cine es esencial que los personajes consigan habitar su espacio, que los realizadores se apropien de una geografía, que no basta que el equipo de segunda unidad filme lindas vistas de barrios y famosos monumentos para hacernos creer que tal o cual historia hacen sentido en este lugar y no en otro?

Ojo, que se trata del mismo tipo que hace 35 años –desde el estreno de Annie Hall– comenzó a adueñarse del Upper West Side de Manhattan con tal intensidad, que para toda una generación resultó difícil pasearse por ahí o mirarlo en películas ajenas sin evocar las siluetas de Diane Keaton y Mia Farrow o las señas del otoño en cada árbol en el Central Park. Woody Allen inventó para sí mismo una Nueva York de cuento y de hadas. Un lugar donde no había espacio para la ponzoña urbana de Taxi Driver, las traiciones de Serpico ni la hirviente presión de Haz lo correcto.

El hechizo neoyorkino que hasta hoy conjuran filmes como Manhattan o Hannah y sus hermanas es lo bastante persistente como para que sea lo primero que evocamos al ver Margaret (2011), la segunda película de Kenneth Lonergan (ver recuadro). Lo interesante es que no se trata de una relación de hermandad. Es como si Margaret hubiera aparecido en el mapa para enfrentar a sus antecesoras, competir y sacarlas a empujones, y así relegarlas de una vez por todas a ese cajón de sastre que algunos llaman historia del cine.

Y el ejercicio es intenso, tal vez porque Lonergan utiliza una estrategia parecida a la del joven Woody –volcar la mirada sobre un barrio hasta que este se expande a la ciudad entera-, sólo que lo hace con una pericia que ya se habría querido el cineasta de Match Point.

Si el director de Margaret le saca ventaja a Allen es por un asunto de estructuras (Lonergan es el dramaturgo estadounidense más importante desde David Mamet). Pero también se debe a la valentía y el coraje puestos al servicio de la historia de Lisa Cohen (Anna Paquin): una escolar común y silvestre que, en medio de una despreocupada tarde de vitrineo, provoca que un conductor de bus atropelle y mate a una mujer que cruzaba un paso de cebra. Ninguno hace un amago de culpar al otro frente a la policía, todo queda en un trágico accidente y por un rato “la vida sigue”: las clases, el taller de teatro, la tensión familiar con su madre actriz, amagos de pololeo y de desenfreno se suceden en perfecta solución de continuidad. En la misma medida la película hace evidente que la fisura dentro de Lisa (más interesada en sacarle el jugo a su adolescencia que en autoflagelarse por la culpa) va a acabar por expresarse hacia afuera, explotando y dañando todo lo que la rodea.

Lonergan -quien tituló el filme a partir de un poema de Gerald Hopkins acerca de una muchacha llamada Margaret, que emplea cada verso para manifestar una pena y dolor que parecen venir de ninguna parte- ha insistido en que su película es un filme “de época”, diseñado para rememorar y rendir tributo al Manhattan post 11-S: aquel breve e intenso período entre 2002 y 2005 (fecha en que se rodó la película) durante el cual muchos de sus parientes, conocidos y vecinos (él vive en el Upper West Side) continuaron viviendo en una ciudad que de pronto se les revelaba como infinitamente frágil y ajena, un lugar donde los ecos de una tragedia inexpresable iban quedándose atrás por más que los afectados, directos e indirectos, tratasen de aferrarse a ellos.
La demora de seis años que el filme tuvo para llegar a salas y a DVD solo intensifica la sensación de inestabilidad colectiva y de ventana hacia un tiempo ido, uno que no se conmemora con monumentos, discursos o fotografías, sino que –a la manera de la magistral Yi Yi (2000), del taiwanés Edward Yang- se completa como un gran rompecabezas de memorias personales, en lo que los padecimientos de Lisa ocupan no un lugar central, sino el punto de contacto entre muchos otros que quedan sugeridos e inexpresados.

El propio Lonergan lo ha insinuado al hablar de su retrato de Nueva York. Según él, las ciudades modernas están diseñadas para que cada persona describa su trayecto, invariable, día tras día, acunadas entre enormes moles de concreto. Cada desvío –calculado o no- provoca conmoción, pero al mismo tiempo deja espacio para la propia historia. Para la vida.