Fuimos al Alto Cachapoal, a los viñedos de Altaïr, en busca del origen de uno de los vinos chilenos con mayor sentido de lugar. Por Marcelo Soto

  • 20 abril, 2011

Fuimos al Alto Cachapoal, a los viñedos de Altaïr, en busca del origen de uno de los vinos chilenos con mayor sentido de lugar. Por Marcelo Soto

Uno de los temas que generó discusión en el último Wines of Chile Awards (WOCA), cuya octava versión se realizó en enero, fue cuán fieles son nuestros vinos a un terroir determinado. Uno de los jurados, el estadounidense Joshua Greene, dijo que había muy pocos vinos de terroir en Chile, lo que generó molestia en la industria local. Greene quizá exageró, pero su comentario ilustraba una opinión que no es aislada: la falta de identidad que algunos críticos le atribuyen al vino chileno. Según esta visión, nuestros vinos se han estandarizado, al buscar durante mucho tiempo satisfacer el gusto internacional (para empezar, ¿no sería bueno darle a los WOCA un nombre en castellano?).

Pensando en esto, pregunté a amigos enólogos y sommeliers: ¿qué vino chileno podría describirse como un auténtico vino de terroir, entendiendo esto por aquel vino que habla de un origen específico sin disfrazarlo? Uno de los nombres que más se repitió fue Altaïr, el fantástico tinto que se produce en Alto Cachapoal. Y hacia allá fuimos, tratando de entender un poco de qué hablamos cuando hablamos de terroir.

Al llegar, nos esperaban dos calicatas, que son grandes hoyos, generalmente de unos dos a tres metros de profundidad por uno y medio de ancho, que se hacen en el viñedo para ver precisamente de qué material está constituido. Las calicatas se pusieron de moda hace un par de años –cuando todo el mundo comenzó a pontificar sobre el terroir- y ahora casi todas las viñas las incorporan cuando organizan visitas de prensa. He estado en tantas que ya no me entusiasman demasiado; sobre todo, porque siempre uno termina lleno de polvo. Pero son sumamente útiles.

En esta oportunidad, junto al viticultor René Vázquez y la enóloga Ana María Cumsille, la dupla detrás de Altaïr, visitamos dos sectores; el primero, arenoso, de buen drenaje y con piedras, se ubica en una zona más baja y según Vázquez es el suelo ideal para el cabernet sauvignon. “Esta parte es la que entrega fineza”, agregó. Luego subimos una loma y llegamos a otro sector, arcilloso, que probablemente no es el más indicado para un cabernet de alta gama y que, de acuerdo a Cumsille, “es como un niño con déficit atencional, hay que cuidarlo mucho y estar pendiente de él para que entregue su potencial”.

La pregunta que surge es ¿por qué no hacer un vino sólo a partir del primer sector, aparentemente de mejor calidad? Cumsille responde: “el vino que sale de las zonas arcillosas es menos elegante, sin duda, pero para mí resulta vital. Es la columna vertebral del vino, sobre ella empiezo a construir lo que va a ser Altaïr”.

Sucede que en el vino, como en muchas otras cosas, a veces el todo es más que la suma de las partes. Y cuando realizamos una vertical de Altaïr, con sus cosechas desde 2002 a 2009, nos damos cuenta de la verdad de esta última sentencia.

Altaïr es una mezcla enfocada en el cabernet sauvignon. Puede ser el 85% del conjunto, como en la añada 2005, o sólo el 65% como en 2007, pero siempre tiene un papel preponderante. Cada cosecha lleva una mezcla distinta (que hace Cumsille como quien pinta un fresco), apoyada en otros componentes como pedir verdot, syrah, carmenére, pero curiosamente se aprecia una viga maestra, un camino común. Aquí lo que habla no es tanto una variedad sino un lugar.

Aunque la calidad es asombrosamente pareja, mis favoritos fueron los de años pares como 2002, 2004 y 2006, vinos elegantes, de un frescor y un carácter fuera de dudas. Pudimos probar además los elementos que van a formar la añada 2010 y debo decir que lo que viene es superlativo. Cumsille todavía no hace la mezcla final, pero tiene un material de primera clase.