Antes de ser un político con nombre y apellido y varios cargos en su currículum  (subsecretario de Justicia de la Unidad Popular a los 26 años, primer presidente de la Cámara de Diputados tras el retorno a la democracia, senador por Concepción y secretario general de la Presidencia de Bachelet) mi padre, José Antonio Viera-Gallo […]

  • 21 diciembre, 2012
Viera-Gallo por Viera-Gallo

Antes de ser un político con nombre y apellido y varios cargos en su currículum  (subsecretario de Justicia de la Unidad Popular a los 26 años, primer presidente de la Cámara de Diputados tras el retorno a la democracia, senador por Concepción y secretario general de la Presidencia de Bachelet) mi padre, José Antonio Viera-Gallo (69), sólo era un hombre de boina que me llevaba de la mano contestando mis preguntas. Cuarenta años después las preguntas no han parado. Aquí nuestra última conversación. Por María José Viera-Gallo / Fotos Verónica Ortíz

Viera-Gallo por Viera-Gallo

I. La madeleine

Puede que haya empezado el verano pasado. Mi papá se reúne con sus vecinos de Bahía Azul (Los Vilos), donde veranea en un entorno de tranquilidad marina sólo apto para temperamentos zen como el suyo. Lee volúmenes de no ficción, especialmente de historia moderna y contemporánea firmados por autores ingleses como Tony Judt, Hobsbawm y Burke. Lee y también cocina. Cocina y descorcha vinos. Descorcha vinos y conversa con nosotras, sus hijas (quien escribe, María José, Titi y Manuela), mi madre (María Teresa Chadwick) y sus amigos históricos. Como siempre la conversación gira en torno a una órbita conocida, la política, un déjà vu que me acompaña desde mi infancia. Antes era Allende, Pinochet, los socialismos reales o no. Hoy Michelle, las próximas presidenciales, la post-globalización.

Esta vez, sin embargo, a diferencia de otras, los almuerzos suelen terminar con una madeleine escondida en el postre; el Pelao, como le dicen sus cercanos –desde María Antonieta Saa a José Migue Insulza, por nombrar algunos– lanza sobre la mesa una ola de anécdotas y reflexiones sobre su pasado. Su pasado es el de toda una generación que ha conocido el poder pero también la persecución, ha sido ganadora y perdedora, y que hoy día alejados de la conducción en primera línea del país, pueden ver las cosas con saludable perspectiva, libres de esa alienación que dan los cargos políticos (actualmente es miembro del Tribunal Constitucional).

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Me pregunto si “envejecer” no es también eso: recordar. Recordar y luego echarse a dormir una siesta, entre libros de historia. Despertar, sacar un cuaderno de apuntes y escribir el primer borrador de unas memorias que pretenden convertirse en un libro, como lo viene haciendo mi papá en sus ratos libres.

-Tarde o temprano todos los políticos terminan escribiendo sus memorias. ¿Qué te mueve a ti a hacerlo? ¿Es un ejercicio tuyo antes que para los demás?

-La memoria es una clave para dar significado al presente y proyectar el futuro. No tiene más límite que la cronología de la propia vida: es como un baúl antiguo de donde uno extrae infinidad de cosas, imágenes y emociones, según las vaya necesitando. Mi abuela paterna me decía que era difícil vivir en dos siglos. Y a mi generación, que nació al final de la Segunda Guerra Mundial, nos ha tocado capear diversas olas, unas más grandes, otras más abordables, pero todas igualmente desafiantes por la novedad que traían consigo; mirado en retrospectiva, sin embargo, esas experiencias tienen algunas constantes, ciertos ejes articuladores. Me parece interesante poder mirar todas esas mareas en su conjunto, como si fueran una película y no fotos aisladas guardadas en el álbum de la memoria.

Yo tengo una imagen tuya a los 40 tipiando en tu máquina Olympus en nuestro pequeño departamento en Roma. Junto a Bernardo Leighton, Julio Silva y Esteban Tomic editaban la revista Chile-América, una de las pocas publicaciones hechas en el exilio, que acaban de donar a los archivos del Museo de la Memoria. ¿No hay algo precario, impensable hoy, en la manera en que editaban esta revista?

-Efectivamente, resulta muy desproporcionado luchar contra una dictadura con una revista. Sobre todo en tiempos en que no había internet, lo que dificultaba mucho la circulación de la información. Pero Chile-América servía a muchos propósitos: dar a conocer las violaciones a los derechos humanos, contribuir a la reflexión y la renovación del pensamiento político y echar las bases para un gran reencuentro de las fuerzas políticas de un bloque democrático opositor.

El 2013 se cumplen ¡40 años del Golpe Militar! ¿Cuál es el primer recuerdo emocional que tienes sobre ese día?

-Todavía me parece escuchar los primeros bandos militares por la radio y los himnos castrenses. Lo demás es historia conocida.

Y sin embargo se habla poco del exilio. ¿Cómo vivió ese evento histórico tu generación?

-El exilio marcó nuestras vidas. Teníamos cerca de 30 años y duró más o menos 10. Conocimos el esfuerzo que requiere insertarse en una nueva sociedad a partir de cero. Mantuvimos la esperanza pese a la adversidad. Es verdad que hubo muchas manos amigas que se abrieron generosamente, pero como dice Neruda, “no eran de tu sangre”. Conocimos mejor el mundo, pero sufrimos bastante en ese peregrinar errante.

¿El mayor castigo del exilio es ser un inmigrante involuntario?

-El mayor castigo es que el exilio es indefinido en el tiempo. No tiene plazo. Es muy difícil rehacer la vida con ese grado de incertidumbre: ¿volver?, ¿cuándo? Vimos partir de regreso a sus países a brasileños, portugueses, españoles, iraníes, eritreos, argentinos, uruguayos y ¿nosotros cuándo?, nos preguntábamos. Y mientras tanto ¿qué hacer? El problema del exilio es que la vida transcurre en ese “mientras tanto” aplastado entre la nostalgia por la patria perdida y los proyectos de un futuro improbable. Recuerdo el primer acto de solidaridad con la democracia chilena en la Librería Croce, cerca de la Iglesia de Sant’Andrea della Valle. Estaban Rafael Alberti y Beatriz Allende, quien luego se suicidaría en La Habana. Alberti, luego de preguntarme cuándo había llegado desde Chile a Roma, me advirtió que no me hiciera ninguna esperanza en regresar a corto plazo. El llevaba casi 40 años fuera de España.

Crecí rodeada de muchos chilenos en fiestas, navidades; ustedes los padres debatiendo hasta tarde y nosotros los hijos jugando y escuchándolos de rebote. ¿De qué hablaban?

-Efectivamente, en Roma se juntó un grupo numeroso de chilenos, muchos de mi generación. Parejas jóvenes con hijos. Éramos como una familia. Eso nos ayudó mucho. Además estábamos cargados de entusiasmo por vivir. Fue mucho más duro para quienes llegaron al exilio con más de 50 años. Hablábamos de la lucha por la democracia en Chile, casi en forma obsesiva. También reflexionábamos sobre las causas del Golpe, y cómo renovar la política, y por cierto de política italiana. Hay que recordar que Italia vivía lo que se ha llamado “los años de plomo”, sacudida por el terrorismo de ultra izquierda y de ultra derecha, con gobiernos DC y fuerzas socialistas y con un gran partido comunista –bien moderno– en la oposición. Italia era un laboratorio político y cultural. Parte importante de nuestras vidas quedó irremediablemente en Roma. Cada vez que he vuelto, me he sentido en casa.

Durante ese período tenías un nombre falso, Juan Bautista. ¿De dónde vino ese alter ego?

-Usábamos un nombre ficticio para dificultar la acción de los servicios secretos de la dictadura. De poco servía. Mi “chapa” viene de la admiración por Paulo VI, que tenía precisamente ese nombre.

¿El atentado a Leighton, con quien editabas tu revista, terminó por confirmar las aprensiones de los exiliados?

-Claro que teníamos miedo. Todos los primeros meses de septiembre hubo un atentado: general Prats y su señora en Buenos Aires en 1974, Leighton y su señora en Roma en 1975 y Orlando Letelier en Washington en 1976. A esto súmale otras operaciones frustradas llevadas a cabo por el departamento de acción exterior de la DINA. Lo de Bernardo fue algo impensado y trágico. Nos parecía sencillamente insensato. Cuando supimos de los disparos a él y la señora Anita, corrimos al hospital. Todavía estaban las manchas de sangre en el piso y los gritos de Anita que había sido baleada en la columna, estremecían el alma. A don Bernardo lo operaron dos veces y ambos tuvieron una larga convalecencia en condiciones médicamente buenas pero humanamente precarias. Estaban muy solos. Para la segunda intervención le solicitamos al Dr. Alfonso Asenjo que viajara desde su exilio en Panamá y así lo hizo.

Hoy día la gente va al psiquiatra por problemas mínimos comparados a los que vivió tu generación. ¿Nunca pensaste en pedirle ayuda al viejo Freud?

-Nunca pensé ir al siquiatra por ese tipo de problemas. Tuve pesadillas mientras el problema del 73 seguía abierto. Pero hoy felizmente vivo en paz.

II. Bachelet y la defensa de la Concertación

Al principio Michelle Bachelet no era de tu círculo, hoy sin embargo es bastante cercana. ¿Cuándo la viste por primera y última vez?

-Me la encontré fugazmente en Roma durante el exilio. Ella era muy joven. La volví a ver en el PS. Pero la traté más cuando era ministra de Salud y yo integraba la Comisión de Salud del Senado. La última vez que la vi fue en enero de este año en Nueva York donde fuimos con mi esposa por el nacimiento de mi nieta Paloma (hija de Manuela, quien vive en esa ciudad). Cenamos juntos en Manhattan, en un restaurante vietnamita francés llamado Le Colonial.

Hay un aura de misterio en torno a Michelle. ¿Qué impresión te dio durante esa comida?

-Estaba muy entusiasmada con su trabajo en la ONU, de buenísimo humor. Hablamos mucho de Chile y de amigos comunes. Terminada la comida caminamos al metro. Ella siempre ha sido una persona muy independiente y poco pretenciosa. Tomó el teleférico sola, sin escolta, a Roosevelt Island donde vive.

¿Cómo explicas su popularidad más allá del cliché de sus cualidades humanas?

-No se debe sólo a su carisma personal, sino a algo más profundo: las personas la ven sinceramente comprometida con sus ideales y la sienten cercana y confiable. Un eje central de su gobierno fue la protección social con derechos reconocidos gracias al crecimiento de la economía. Prueba de ello fue la reforma previsional y la píldora del día después.

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Es lo contrario del populismo, que lo que da hoy lo quita mañana. En especial, fue muy acertada la forma en que el Gobierno enfrentó la crisis que se desató abruptamente el 2008, lo que ha permitido una rápida recuperación económica y del empleo en los años sucesivos. Su otro gran legado fue la transparencia con el cambio copernicano que ha traído consigo la ley de acceso a la información pública, y el compromiso con los derechos humanos que permitió la creación del Instituto de Derechos Humanos y del Museo de la Memoria. Todo ello implicó un fuerte impulso a un cambio cultural que venía desde los 90, cambio que está simbolizado para la gente en la figura de Michelle Bachelet.

A pesar de todos los logros que destacas, criticar a la Concertación es casi políticamente correcto hoy día. En Twitter si dices algo bueno sobre los gobiernos pasados, tienes asegurado el insulto. ¿Te da bronca la mala fama?

-Para mí la opinión que vale es el sufragio: el voto popular en una democracia es la expresión más legítima de la voluntad de la gente. Y el respaldo a la Concertación ha sido reiterado y contundente. Además, en el afecto de la gente que puedo palpar en la calle, veo agradecimiento por lo realizado y confianza en lo que se debe hacer en el futuro. A veces las redes sociales son como las barras bravas: una forma fácil de descargar agresividad. Lo que importa son las próximas elecciones.

¿Te sorprendió que la Concertación que iba de perdedora, desgastada, superada, ganara las últimas municipales?

-El país siempre ha tenido una orientación progresista, de centro-izquierda, a lo largo del siglo pasado y del actual. Los gobiernos sustentados únicamente en la derecha son muy escasos. Hay que recordar que el último presidente electo de derecha, Jorge Alessandri, a los 3 años tuvo que llamar a los radicales al gabinete y terminó su mandato apoyándose en ellos y no sólo en liberales y conservadores. El período de Pinochet no cuenta para este análisis. Y luego tenemos este corto gobierno de 4 años de Sebastián Piñera. Nada más. ¿Qué de extraño tiene, entonces, que en las elecciones recientes volviera el país a expresarse como lo ha hecho prácticamente en forma constante a lo largo de décadas?

Allamand interpretó el resultado de las municipales diciendo que la gente quería ideas y no caras sin sustancia. En tu libro La fuerza de las ideas (1993) planteas algo similar. ¿Crees realmente que son las ideas las que se jugarán el 2014?

-Todas las grandes disputas políticas van precedidas de un fuerte debate de ideas. En la década de los 80 la balanza intelectual se inclinó en favor de la derecha a nivel mundial con el impacto neoliberal y neoconservador de Reagan y Thatcher, luego de que el esquema predominante en la post-guerra había sido progresista, de inspiración keynesiana, dando origen al estado de bienestar. Hoy el equilibrio vuelve a cargarse en favor del progresismo, con Obama. Es un péndulo constante. Ningún sector puede asegurar que sus ideas sean siempre las mejores. Los nuevos desafíos exigen renovaciones constantes en la izquierda, el centro y la derecha.

Una coalición de centro izquierda, con PC incluido, es un cambio que le altera el sueño a algunos DC. ¿Qué visión tienes de este partido?

-El PC chileno es muy diferente al que existía en Italia, con el cual tuve muchos contactos. Durante la UP sostuvo lealmente a Allende y configuraba, paradojalmente, el ala más moderada de ese gobierno. Ha evolucionado. Pero todavía no termina de sacar las cuentas del derrumbe de la URSS. Tiene que renovarse más. Nada impide, sin embargo, que pueda participar en acuerdos electorales y políticos. Todo depende de las circunstancias. No es ni bueno ni mal per se que un partido político –en este caso el PC– participe de un entendimiento político. Además el cuadro general ha cambiado en 180 grados: sería absurda la actitud de aquellos que piensan que la Guerra Fría no ha concluido. Sería como esos soldados japoneses que continuaron peleando en las selvas de las islas del Pacífico luego que el Japón se había rendido.

¿Crees que un próximo gobierno de la Concertación se la jugará por las grandes reformas educacionales que hasta la OCDE espera?

-Ese debería ser uno de los ejes del nuevo programa. Falta mejorar el currículum, perfeccionar al magisterio, crear una nueva carrera docente, incrementar los subsidios a la educación pública, “desmunicipalizar” los colegios públicos y abordar una profunda reforma universitaria y de la educación técnico-profesional. Aprovecho de recordar que el proyecto de reforma educacional enviado en el gobierno de Bachelet contenía el fin del lucro para la enseñanza primaria y secundaria. La oposición de la época se opuso tajantemente. Lograrlo ahora dependerá de la habilidad política y de la presión de los movimientos sociales.

Más allá del estrellato de algunos dirigentes, ¿a quiénes ves con una sólida proyección política?

-En su campaña en Estación Central, Camilo Ballesteros demostró una capacidad fina de sintonía con la ciudadanía. El desafío ahora lo tendrán Giorgio Jackson y Camila Vallejo.

¿Por qué crees que la gente se desilusionó tan rápidamente de este gobierno?

-Sin entrar a la contingencia política que me está vedada por mi cargo en el Tribunal Constitucional, creo que la gente recela cuando los poderes económicos y políticos se concentran en pocas manos.

III. ¿Socialista o liberal?

Has dicho que en América Latina se abandona el socialismo por el liberalismo o éste por aquél, y que Allende era ambas cosas. ¿Tú dónde te sitúas?

-Creo que todos los seres humanos tenemos un poco de todo. Como Arlequín, estamos hechos de parches y retazos. Somos personas esencialmente complejas, irreductibles a esquemas y encasillamientos, como diría Unamuno. Pero para responder derechamente la pregunta: me ubico en la amplia corriente del socialismo liberal, con trasfondo católico.

“El socialismo sólo puede llegar en bicicleta” es una de tus frases más célebres, reproducida en el Oxford Dictionary of Quotations y estampada en poleras en Europa que se venden online. ¿Cuál fue el contexto de ese dicho?

-Escribí un artículo en el diario La Tercera en 1972 influido por el pensamiento crítico de Iván Illich y su crítica mordaz a la sociedad industrial, frente al sueño y la promesa del automóvil para todos. Mi columna terminaba con esa frase, para mostrar que la velocidad promedio en las grandes urbes, pese a las autopistas, disminuye en proporción inversa al aumento de los autos. ¿Se llegará a un punto cero? El socialismo en cuanto principio de igualdad, supone acceso a velocidades parejas para todos, y ello sólo parece posible en una ecuación entre transporte público de calidad de alta velocidad y la bicicleta. Esa idea fue tomada por Illich y puesta como epígrafe en su libro Energía y equidad, y gracias a él, saltó a la fama.

Muchas de las críticas a la Concertación apuntan a que fueron demasiado liberales económicamente. ¿Por qué no reconocer que fue liberal y a mucha honra como lo diría sin problemas la derecha? ¿Por qué hacer un mea culpa tardío?

-La Concertación abrió un camino de desarrollo nuevo, lejos de los esquemas de la vieja izquierda y del neoliberalismo impuesto en el régimen de Pinochet. Y ese esquema ha dado un buen resultado para el país y para la gente. No hay que confundir economía de mercado con neoliberalismo. Nuestra postura supone un papel activo del Estado como regulador y promotor del bien común y un mayor peso de trabajadores y consumidores. Es verdad que no partimos de cero. Nunca se parte de cero en política. Pero hicimos un giro significativo. Y nuestras ideas, incluso económicas, hoy son hegemónicas.

Suponiendo que un país se lee también a través de su TV, ¿qué impresión ves de Chile al encender la tele un día cualquiera?

-En general, creo que la realidad del país no se refleja en la pantalla, donde predomina la violencia, la vulgaridad y la farándula, incluso en los noticieros. No creo que eso sea una consecuencia de la cultura de masas. Por algo la gente aprecia ciertos programas de mayor calidad como El reemplazante, Los 80, Los archivos del Cardenal y los ciclos de cine chileno. Se puede hacer una televisión de mejor calidad sin caer en el elitismo de las audiencias restringidas. Es el desafío que tal vez con la introducción de la TV digital y la ampliación del uso del espacio radioeléctrico, se pueda lograr. Pero para eso debiera haber una ciudadanía más exigente, canales más abiertos y creativos y empresas que al momento de colocar la publicidad piensen más en el país, además del trabajo que hace el CNTV.

Pronto vas a cumplir 70 y terminas tu periodo en el Tribunal Constitucional. ¿A qué te vas a dedicar el próximo año?

-La experiencia me ha enseñado a no hacer planes, menos aún cuando el tiempo se acorta. Lo interesante de la vida es lo imprevisto, lo casual, lo fortuito. Y contra eso no es sabio luchar. Hay que aceptar que el flujo de la vida determina tus posibilidades. Lo demás corre por tu cuenta: ahí entra a jugar el esfuerzo y la perseverancia.

Sinceramente, no creo que retires de la política…

-La política es como una obra de teatro que no tiene desenlace final, los actores van cambiando, unos entran y otros salen. Pero eso no lo deciden ellos mismos. •••