El Primer Concurso Vinos & Más-Líder dejó varias conclusiones sabrosas, pero sobre todo el valor de la diversidad.

  • 22 agosto, 2008


El Primer Concurso Vinos & Más-Líder dejó varias conclusiones sabrosas, pero sobre todo el valor de la diversidad.

El Primer Concurso Vinos & Más-Líder dejó varias conclusiones sabrosas, pero sobre todo el valor de la diversidad. Por Marcelo Soto.

Los concursos de vino –igual que los literarios o los festivales de cine– suelen ser polémicos. No siempre ganan los mejores. En algunos casos se distingue a vinos que pueden ser impresionantes en una cata, pero que difícilmente acompañarán bien una comida. Y en otro sentido, cuando los jurados son amplios y diversos, se tiende a premiar aquellos vinos promedio, sin defectos pero sin gran carácter.

Afortunadamente, el Primer Concurso Vinos & Más-Líder ha esquivado estos riesgos convocando a un jurado reducido, pero de gran nivel: los chilenos Patricio Tapia, Héctor Riquelme y Héctor Vergara; el brasileño Jorge Lucki, el argentino Fabricio Portelli y el inglés Peter Richards. Todos ellos comparten cierta manera de ver el vino y,  como me cuenta Lucki –quizá el más importante wine writer de su país–, “buscamos antes que nada elegancia”.

¿Qué significa esta palabra, tan usada y tan difícil de definir? “Equilibrio”, dice Lucki, quien vive en Sao Paulo y es un tipo risueño, relajado, con convicciones sencillas, pero contundentes. “Que el vino tenga armonía, que sea agradable de beber. Estamos aburridos de esas botellas grandilocuentes, súper concentradas, con mucho alcohol y madera”.

Y esta declaración, que puede sonar a buenas intenciones, se evidencia de manera rotunda en los vinos premiados. Estuve en el hotel Hyatt durante la premiación, donde pude probar buena parte de las botellas distinguidas, y me llamó la atención la frescura, la fruta, la amabilidad que había tanto en tintos como en blancos. Eran, casi todos, vinos  que invitaban a beber, que no cansaban.

El mismo concepto expresa Peter Richards, autor de The Wines of Chile, probablemente el mejor libro sobre la materia publicado en Gran Bretaña y uno de los jóvenes wine writers más destacados de ese país. “El público ya no quiere esos vinos alcohólicos que en una comida se vuelven pesados”, explica.

Y aunque es un entusiasta del momento que vive el vino local, confi esa que hubo un par de signos preocupantes: “al cabernet Sauvignon lo han dejado de lado. No es una variedad de moda, pero siempre ha sido una de las fortalezas de Chile. No lo olviden, hay que trabajarlo con mayor rigor y pasión. También observo que las mezclas no están siendo aprovechadas del todo y de hecho fue la categoría más difícil de premiar”.

Lo positivo según el crítico inglés fue la calidad del Sauvignon blanc y del syrah y la consolidación de valles como San Antonio y Limarí. “Pero lo más importante para mí es que estos vinos reflejan una gran diversidad. Y eso es emocionante”.

Coincidiendo con las palabras de Richards, el Mejor Tinto del concurso no fue un cabernet sino un syrah de Limarí, Tamaya Winemaker’s Selection Single Vineyard 2006, mientras que el Mejor Blanco fue Leyda Garuma Single Vineyard 2007, de San Antonio.

También se premió la mejor relación calidad versus precio, que en tintos fue para Tierra del Fuego Carménère 2007 del Valle Central; y en blancos, otra vez San Antonio, con Leyda Classic 2007. Una de las decepciones de la jornada fue el merlot, que no obtuvo medallas de oro, mientras el chardonnay sorprendió con ejemplares frescos y minerales. El mejor en la variedad fue Casablanca Nimbus 2006.

Patricio Tapia, director del concurso, explica que si el syrah fue la estrella tinta, el carménère quedó un poco atrás, mientras que el pinot noir desmintió muchos prejuicios: “está la idea de que el pinot chileno es sobremaduro, dulzón y con demasiada madera, pero las botellas que premiamos van por otro lado”.

En efecto, el mejor pinot noir fue el notable Villard Gran Vin 2006 de Casablanca en tanto que en carménère ganó Morandé Limited Edition 2006 del Maipo y en cabernet sauvignon la suerte fue para Arboleda 2006 de Aconcagua. Mejor Mezcla Tinta fue Neyén Espíritu de Apalta 2004; Mejor Dulce, Villard El Noble 2006 de Casablanca y Mejor Blanco Aromático, el imbatible Casa Marín Gewurztraminer 2007 de San Antonio.

Fabricio Portelli, autor junto a Miguel Brascó de una imperdible guía de vino argentino, se roba la película al momento de subir al escenario para entregar un premio: “pueden abuchear si quieren”, dice con acento porteño. “Estoy acostumbrado a que me maltraten por ser argentino”.

Si Brascó es el más tradicional crítico de vinos de sus país, Portelli representa la modernidad, el desenfado. Sus opiniones son rotundas. Me hace una infidencia: pese a la química que se produjo entre los miembros del jurado, hubo discrepancias. “Yo tiendo a desechar esos vinos viejos, evolucionados, que a otros les gustan y prefi ero la juventud, la fruta… Pero con elegancia”. Otra vez, la palabra bendita.
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