Conversaba con el escritor Roberto Merino sobre la incómoda sensación de verse notificado de manera permanente de las tragedias que nos involucran. La sequía está cambiando el paisaje sin que tengamos posibilidad de intervenir. El Amazonas se ha quemado para consternación mundial. La imagen de la selva azotada por el fuego y el viento es imborrable. El drama humanitario de Venezuela y Haití lo escuchamos en la calle, pero poco o nada entendemos a los involucrados. Las noticias advierten las repercusiones que tendrán las guerras comerciales y, a la vez, están preparando el ambiente para los despidos masivos que vendrán asociados al uso de la inteligencia artificial.

Lograron angustiarnos. De eso dan fe los índices de consumo de medicamentos psicotrópicos. Algunos decidieron asumir causas y banderas con el fin de salvarse o de limpiar la conciencia. Son los que sostienen que uno no puede quedarse de brazos cruzados ante el desastre. El miedo los azuza y creen que el apocalipsis está próximo. La cantidad de razones y el ímpetu que tienen para protestar son de temer. La otra vez escuché a un indignado que le decía a una mujer: “A los tibios los vomitaré”, citando a Cristo, el descarado.

Otros hacen oídos sordos a los clamores fatales. En parte, porque las urgencias cotidianas los devoran. La falta de plata es una pandemia que concentra la atención de la mayoría. Decepcionados de las promesas económicas y políticas, saben que su futuro se restringe al trabajo y los largos trayectos para llegar a descansar pocas horas. Son la mayoría. Culpables de quemar los sueños que nunca tuvieron. Necesitan escapar. Olvidar las deudas, las obligaciones perpetuas y los desastres íntimos. Ven las noticias como un conjunto de relatos ajenos. Lejos de sentirse egoístas, consideran que están solos. De ellos, nadie cuenta nada emocionante. No tienen la categoría de víctimas ni tienen poder. El presupuesto no les permite más que darse vueltas día a día. Compran remedios vencidos en las ferias libres y ropa clonada de marcas caras.

¿Es así la clase media? No sé. Lo que sí tengo claro es que sus vidas son duras. Los placeres son caros y no los pueden adquirir. Gozar es algo que deben concebir con sus parejas y familias sin recurrir a gastos. El tiempo que pasan arriba de la locomoción colectiva es largo e inútil. Las micros y el metro van llenos. Ver el celular es, quizá, la única posibilidad de fugarse mentalmente. Andar con la mirada pegada a la pantalla es un síntoma de estar en búsqueda de satisfacciones o tranquilidad, una posibilidad de conectarse. Un video, un meme o un mensaje de whatsapp traen sonrisas, complicidad, estímulos. Cómo no van a están aburridos de los discursos y de las monsergas. Decidieron evadir, saltarse las conspiraciones y los grandes altercados en los que se debaten las personas afligidas por lo que hacen o dejan de hacer los líderes del mundo. La posibilidad de reírse a carcajadas con una broma los seduce, al igual que el morbo: las fotos de un famoso que muestra su hijo o su cuerpo recién operado. Si el crecimiento es del 2,5% o está más cerca de 3% les da lo mismo. No les influye. Lo han comprobado en carne propia. Los que ganan o pierden, en rigor, son desconocidos. Ellos, en cambio, viven en departamentos pequeños y barrios inseguros desde siempre. Conocen el resentimiento, lo mastican, y la desesperanza les pesa. Escuchan anuncios idénticos cada tanto: viene la cesantía, hay que apretarse el cinturón, tiempos de austeridad que significan pobreza. ¿Cuándo ha sido distinto? ¿Acaso existió alguna vez una racha de subidas de sueldos? ¿Disfrutaron de la repartición de utilidades en momentos de bonanza? A la hora de repartir, ¿a quiénes les llega?

Ciertos personajes con tribuna se muestran irritados por el pesimismo y la mala onda que observan en el ambiente. Consideran malagradecidos a los que han salido de la pobreza en una generación. Dicen: incluso tienen gratis la universidad. Claro, pese a ellos. No entienden por qué cunde la desazón entre personas que han avanzado en sus vidas. Se olvidan del clasismo. De lo cruel que es. Lo profesan al pensar que la satisfacción consiste solo en una cuestión de mejorías materiales. Desconocen lo que provocan las diferencias ostensibles en un mundo donde todos se exhiben en las redes. Sentirse menos porque sí, verse impotente y sometido, al menos establece traumas. Duele y da ira. Ante esto, se puede salir a protestar el día que los organizadores señalen y en el lugar que las autoridades den permiso. La otra es quedarse por ahí, colgado de una canción mientras pasa la vida. Hagan lo que hagan, las rutinas varían poco o nada. Exigirles a esas personas que estén felices y conformes es una insolencia, una falta de respeto.