El nuevo libro de Pablo Simonetti recrea la cara menos amable de la sociedad santiaguina, donde reina la frivolidad y la mala conciencia. El resultado es frustrante. 

  • 24 agosto, 2007

El nuevo libro de Pablo Simonetti recrea la cara menos amable de la sociedad santiaguina, donde reina la frivolidad y la mala conciencia. El resultado es frustrante. Por Marcelo Soto.

Uno de los aspectos más difíciles que el lector-crítico debe sobrellevar al abordar un libro es cómo simpatizar con los personajes cuando éstos son más o menos detestables. ¿Qué pasa si el protagonista es un subnormal o un pelmazo? ¿Se puede hacer arte a partir de vidas signadas por el mal gusto?

Son las preguntas que surgen al leer La razón de los amantes, el nuevo libro de Pablo Simonetti, publicado tras su exitosa Madre que estás en los cielos. Resulta difícil seguir una novela donde casi todos los caracteres son tan vistosamente desagradables, tan livianos hasta un punto indecible, tan sin gracia como Manuel, Laura y Diego, tres tipos envueltos en la banalidad moderna como peces en un acuario de pirañas.

En cierta forma, la novela puede ser vista como una crítica hacia la nueva sociedad que impera en Chile: una plagada de impostores, de mentirosos, de fraudulentos, donde la fealdad es la norma y la inteligencia se confunde con el carisma. Desde otra perspectiva, es un texto fallido, una historia de vidas impostadas que padece la misma falta de autenticidad de sus caracteres.

Manuel, el protagonista, es un ingeniero que estudió en un colegio inglés, cuyos contactos y simpatía le permiten por fin empezar a gozar de los privilegios que siempre esperó. Un buen trabajo, una linda mujer, una casa en un barrio decente y una hija adorable. Todo empieza a desmoronarse cuando conoce a Diego, dueño de un diario de internet pro Concertación, un tipo seductor y ligero de carácter. El ambiente está enrarecido porque Pinochet ha sido arrestado en Londres y la batalla electoral entre Lagos y Lavín alcanza su punto álgido.

Manuel, que siempre ha hecho las cosas de la forma correcta, se siente irremediablemente atraído por la audacia aparente de Diego, al igual que su esposa, Laura, dominada por el peor de los arribismos. La posibilidad del trío se anuncia desde el principio, sin embargo la culminación es decepcionante. Pareciera que el autor no supo o no quiso llevar a sus personajes hasta “las sensaciones más temidas y anheladas”, como promete el inicio del libro. Pero tal vez la opción narrativa más cuestionable sea la forma en que está caracterizada Laura. Histérica y egoísta, este personaje carga con casi todas las culpas y antipatías desequilibrando el conjunto, para sorpresa de los lectores que habían admirado la destreza de Simonetti al captar el alma femenina en su anterior novela.

Un aspecto interesante, que podría haberse explorado más, es el retrato tras bambalinas de los negocios financieros en los momentos del desplome de la burbuja de internet. De hecho –y por muy menor que sea su participación en la trama– uno de los personajes mejor definidos del libro es Aresti, el jefe de Manuel en el principal banco de la plaza. Cuando caen las bolsas, Aresti llama a Manuel y le dice, con la satisfacción morbosa que otorga entregar malas noticias: “Van a pasar años antes de que salgamos de ésta… Leí que solo en la mañana se perdió medio trillón de dólares en valor bursátil. Así –chasquea los dedos–, de un plumazo. Se acabó la inversión, Manuel… Vas a acordarte de esta fecha: 14 de abril”. El relato alcanza aquí una inesperada actualidad.

De forma atolondrada e irresponsable, como siempre sucede en estos casos, Manuel y Diego comienzan una relación que tiene todos los visos de llevarlos al desastre. Los enamorados no se manejan con los códigos del resto de los mortales, como nos dice el título, y Manuel, que es el eslabón más débil, se ve obligado a tomar una decisión terrible: “Tuvo tiempo de sentir miedo, pero no pidió perdón”, describe el narrador.

La segunda novela de Simonetti es un paso atrás respecto a Madre que estás en los cielos. Lo que en ese libro era auténtica emoción, aquí se ve forzado, artificial. La razón de los amantes registra el momento en que Chile dejó atrás la pomposidad de plástico de los 90, esa apariencia de estelar televisivo, colmada de falso lujo, que pareció marcar buena parte de la transición. Aunque, a fin de cuentas, solo se haya tratado de cambiar una máscara por otra.