Por Marcelo Soto En Victorianos eminentes, de Lytton Strachey, están algunas de las páginas más graciosas de la literatura inglesa. En las biografías de cuatro personajes el autor construye la historia de una era, con una sagacidad e ironía inigualables. La prosa es afilada, llena de chispazos, y por momentos hilarante. Se dice que Bertrand […]

  • 27 junio, 2014

Por Marcelo Soto

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En Victorianos eminentes, de Lytton Strachey, están algunas de las páginas más graciosas de la literatura inglesa. En las biografías de cuatro personajes el autor construye la historia de una era, con una sagacidad e ironía inigualables. La prosa es afilada, llena de chispazos, y por momentos hilarante. Se dice que Bertrand Russell leyó el libro estando en la cárcel y que un oficial lo reprendió al escuchar sus carcajadas.

Salvando las distancias, Manuel Vicuña hace algo parecido en Fuera de campo, un atractivo volumen de retratos que rescata a figuras olvidadas, marginales o excéntricas de la literatura y el periodismo chileno. Sin el humor de Strachey, pero con una pluma bastante certera, Vicuña sabe ver y extraer cosas impensadas de sus biografiados. Es como un detective que encuentra pistas en asuntos que otros no tomaron en cuenta.

Algunas crónicas, como la de Marta Vergara, son perfectos ejercicios del género. El ensayo se llama Con sabor a arsénico y recrea la vida de una mujer que parece leyenda, una de las primeras feministas del país, nacida en la pobreza y ligada a los movimientos obreros; con el tiempo, si bien abrazó el comunismo, se iría alejando de Marx y llegaría a apoyar el golpe de Pinochet.

Tipos raros, fallados y fallidos, podría decirse de estos personajes, que van desde Joaquín Edwards Bello a Mauricio Wacquez. Del primero se ha escrito bastante, pero aún así el autor logra descubrir nuevos reflejos. Especialmente memorable es la manera como el biógrafo reconstruye la debilidad del escritor de El inútil por los bajos fondos y su eterna incomodidad con los discursos oficiales, que hizo de él una especie de perdedor apasionado. Un contradictor que nunca se sintió a sus anchas y terminó herido por el resentimiento.

Vicuña no es un estilista, pero se mueve con soberbia. Usa el castellano con aplomo, lo expande y lo exige hasta nuevos límites. Quiere ir más allá de la frase hecha y así logra dar luces o encontrar ángulos no vistos. Experimenta, bucea, rebusca. Saca conejos del sombrero, tanto si pertenecen al vulgo o a la academia.

Podría decirse de su prosa lo mismo que escribe el propio autor de Edwards Bello: “Registra las mutaciones de la lengua como indicios de los movimientos subterráneos de la sociabilidad chilena. Evita a toda costa el uso de eufemismos: al traidor lo llama a traidor, y al robo, robo, nunca “irregularidad”. La fraseología política de la lucha de clases y la cháchara del demagogo le provocan la misma alergia que las expresiones evasivas en nombre del pudor y del buen gusto”.

Es probable que en este pasaje el biógrafo se confunda con el biografiado. Porque Vicuña, a diferencia de Strachey, simpatiza con sus sujetos. Le duelen sus derrotas, la soledad de sus desventuras. Y cosa muy destacable: se apropia de su lenguaje.
Una de las gracias de Vicuña es que combina cierto tono erudito –después de todo es decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la UDP– con una ligera tendencia al pelambre (sin ánimo de ofender). De Wacquez, por ejemplo, aparte de destacar su virtuosismo, relata sus escarceos amorosos con adolescentes en España y señala el temor que ante esta inclinación habrían tenido los amigos del escritor con hijos pre púberes.

Lo que hace de este libro algo realmente valioso es que, pese a su brevedad, dibuja una historia del siglo XX chileno como pocas veces se ha visto. Un país fracturado, interrumpido, con una falla continental que siempre amenaza con reventar como una cloaca. La sensación que deja es de algo oscuro e inasible que atrae, la boca del lobo o un abismo. •••