Ser recordado solamente por ser quien logró desbancar a una coalición que llevaba décadas en el poder es el fantasma que persigue al actual presidente chileno. ¿Cómo hace, entonces, para no replicar el caso del ex mandatario mexicano y ganarse un par de líneas en los libros de historia? Por Francisco Javier Diaz.

 

  • 24 marzo, 2011

 

Ser recordado solamente por ser quien logró desbancar a una coalición que llevaba décadas en el poder es el fantasma que persigue al actual presidente chileno. ¿Cómo hace, entonces, para no replicar el caso del ex mandatario mexicano y ganarse un par de líneas en los libros de historia? Por Francisco Javier Diaz.

 

Se suele decir que la diferencia entre un buen presidente y uno del montón se encuentra en el legado que ellos dejan para la gente y para la historia. En cómo será recordado su paso por la primera magistratura. En qué política pública de envergadura se impulsó durante su gobierno. Cuál fue el giro histórico. Cuál fue el aceleramiento decisivo. Cuál fue la medida que significó el avance sustantivo del país en determinada materia.

El buen presidente no es necesariamente aquel que logra un sostenido crecimiento económico; esto es importante, sin duda, pero puede deberse a inercias y a reformas pasadas. Tampoco es aquel que logra buenos puntos en las encuestas; por el contrario, hay presidentes que dejan un legado importante pero que sufrieron una alta impopularidad durante sus mandatos.

El buen gobernante es aquel que logra imprimir en su administración un sello distintivo. Es aquel que logra imponer un logro de su gobierno como segunda línea acerca de su mandato en los libros de historia. Porque a los presidentes del montón se les describe con una sola línea en los textos escolares; generalmente; una frase que hace una simple referencia biográfica. Por ejemplo: “Gabriel González Videla (1946- 1952), miembro del Partido Radical”.

En cambio, los buenos presidentes agregan alguna característica –positiva- al simple dato historiográfico. Por ejemplo: “Pedro Aguirre Cerda (1938-1942), miembro del Partido Radical” –esa sería la primera línea–“que dio un impulso decidido a la industrialización del país y a la educación pública” –como segunda línea–. De esa manera, se resume en pocas palabras toda una gestión de gobierno y su principal leit motiv o, como se suele decir por estos días, se esboza en un par de líneas el buscado “relato”. Porque un gobierno sin relato –por difícil que sea aprehender este concepto– es un gobierno de simple administración.

Hay casos en los que las cosas son más difíciles aún. Se trata de autoridades que llegan al poder en circunstancias históricas excepcionales, las que marcan decisivamente su gestión. Generalmente, presidentes que son los primeros de su tipo en alguna categoría; por ejemplo, el primer presidente de color, el primer presidente indígena, el primer presidente democrático. Osea mandatarios que, en cierta manera, cumplen con su misión el mismo día que llegan al poder.

Es precisamente ésta la situación del ex presidente Vicente Fox en México (2000-2006) y ahora, del presidente Sebastián Piñera en Chile. En ambos casos, son los primeros en asumir el mandato después de largos años de gobierno de un solo partido o coalición. En cierto modo, son las autoridades de la alternancia. Aquellos cuya principal bandera electoral era cambiar al anterior conglomerado de gobierno. Que fueron exitosos en lograr el “desalojo” prometido pero, por lo mismo, cuya misión histórica se cumplió en gran parte el primer día que pisaron el palacio presidencial.

Es cierto: el caso de Fox era mucho más dramático que el caso chileno. Se trataba en México de desplazar a una elite de gobierno que llevaba siete décadas en manos de un solo partido, el PRI, varias de las cuales se dieron en condiciones de escasa competitividad electoral. Pero aun así, la comparación es válida en el sentido del desafío que ambos mandatarios tenían por delante al momento de asumir el cargo.

¿Cómo lograr distinguir un periodo por algo más que la alternancia? ¿Cómo lograr agregar algún sello en aquella segunda línea del libro de historia? ¿Cómo construir un relato atractivo, que tenga políticas públicas asociadas, que permita equipararse a la característica inicial del gobierno nuevo?

La tarea no es fácil, pero algunos lo han logrado. Aun cuando son circunstancias distintas, la propia presidenta Bachelet arriesgaba que su mandato fuera recordado sólo como el de la primera mujer gobernante de Chile. Mucho de esfuerzo político, perseverancia discursiva y políticas públicas muy concretas se necesitaron para que el sello de la protección social –al comienzo, inasible e incomprendido– lograra impregnarse indeleblemente en su gestión.

Similar experiencia vivió el presidente Alejandro Toledo en Perú. En su caso, logró recomponer un país completamente derruido institucional y moralmente después de la década fujimorista, consolidar la democracia y encauzar al país en una senda de crecimiento económico que perdura hasta nuestros días. Vivió largos periodos de bajísima popularidad –inferiores al 10%– pero hizo lo que tenía que hacer y legó un país mucho mejor que el que recibió. Y ahí se encuentra hoy, con amplias posibilidades de ser reelecto.

¿Cuál fue el relato de Vicente Fox? Es difícil precisarlo. Los gobiernos del PRI ya hacía años que habían abierto y modernizado la economía y reformado los sistemas de formulación e implementación de políticas públicas. Es cierto, se requería poner a prueba la burocracia bajo un mandato partidario distinto; pero las instituciones para que ello ocurriera ya estaban en plena marcha. Fox vino a demostrar que México ingresaba al club de los países democráticos, pero lo suyo estuvo a años luz de lo que puede ser un proceso de reconstrucción democrática como fue, por ejemplo, el gobierno de Patricio Aylwin.

En economía, en política social, en política internacional, entre otras, Fox no dejó ningún legado especialmente lustroso que recordar. Hubo mejoras en algunos programas y racionalizaciones en la administración. Mantuvo índices razonables de popularidad. Eligió a un sucesor de su propio partido. Pero aún así, su sello no se apreció. No hubo nada que hubiese marcado un giro en el desarrollo mexicano. Y la imagen de Fox después de dejar Los Pinos, al revés de otros ex mandatarios del continente, ha caído en una total intrascendencia.

¿Todo por el rating?

¿Cuál será el relato del presidente Piñera? Aún no es del todo claro, según se reconoce desde la propia derecha. Por momentos se ve mayor preocupación por las encuestas del día a día que por el legado. Se ve mayor preocupación por resolver episodios que por iniciar o impulsar procesos. Por el rating on-line que por la historia.

¿Asumirá reformas innovadoras, difíciles, estructurales, incluso a riesgo de que sean impopulares? Aún no se atisban éstas en el horizonte. Las que se han anunciado carecen de la profundidad necesaria y las que se esperarían de él aún no llegan.

El gobierno pudo, por ejemplo, haber hecho de la gestión eficiente un relato atractivo. Al final del día, otorgar buen servicio público es un tema muy bien recibido por la ciudadanía. Pero para ello se requieren reformas profundas; por ejemplo, en la administración pública, en la administración de justicia, en hospitales, en escuelas y en municipios, entre tantos otros ámbitos. Y eso no se ha visto. Reformas de la envergadura de la Alta Dirección Pública o de la ley de transparencia no se han visto en este gobierno. Algo se ha anunciado en materia social –el ministerio del área es un avance, pero insuficiente y lejos de ser el gran giro prometido— y algo también en un sector específico, como es en el sistema carcelario –aun cuando en este caso todavía no se ven innovaciones en materia de modelos de construcción y gestión de nuevas cárceles–.

Por momentos se ve mayor preocupacion por las encuestas del dia a dia que por el legado. Se ve mayor preocupacion por resolver episodios que por iniciar o impulsar procesos.

También pudieron ser el crecimiento económico y la innovación el gran relato. Sería este el gobierno que liberó la energía emprendedora del país, que removió cuellos de botella de nuestra regulación, que eliminó trámites burocráticos, que promovió con modernos mecanismos la investigación y desarrollo, entre tantas materias. Hasta ahora, el crecimiento y la creación de empleo han marchado bien, pero sin mediar reforma alguna emanada del actual gobierno, lo que hace pensar que se trata de inercia más que gran mérito propio.

La reconstrucción post terremoto también pudo ser el relato central. Como el de Chillán para Aguirre Cerda, que fuera esta la oportunidad de diseñar un nuevo modelo de ciudad y de colaboración público-privada. Para ello se requería generosidad política y convocar a un gran esfuerzo nacional. Pero el gobierno prefirió trabajar como solista más que como banda. Los proyectos de ley que envió al Congreso (impuestos, royalty) parecían más bien destinados a desestabilizar a la oposición que a allegar recursos frescos. La oposición no ha participado del proceso, es cierto, pero el responsable de convocar era el gobierno.

Por el contrario, las políticas que se muestran hoy como las grandes reformas (el posnatal, el 7%, el ingreso ético familiar), son más bien acciones puntuales y no reformas estructurales. Son políticas de alta recordación en la ciudadanía, según muestran las encuestas y que, atendida la transferencia directa que generarán a los beneficiarios, pueden otorgar buenos puntos en las encuestas. Pero sabemos que ninguna de las tres, en la forma en que están planteadas, significará un vuelco en la historia social de Chile.

En educación, el gobierno ha tenido mayor iniciativa y está logrando una mejora importante. Mucho menos de la “revolución” educativa que anunció en un comienzo, pero se trata de un avance. Habrá que esperar lo que se proponga en Salud hacia mediados de año y ya está, porque tampoco queda mucho tiempo más. En 2012 el país entra en calendario electoral y las posibilidades de impulsar reformas estructurales se agotan.

Ahí está, entonces, el desafío del gobierno actual: identificar con precisión (y a la brevedad) los dos o tres legados que espera dejar para las futuras generaciones. El sello que le permita ser recordado, no en la próxima elección, si no que en la próxima generación. El recuerdo intrascendente del gobierno de Vicente Fox puede servir de alerta para un mandatario con altísimas capacidades, pero que hasta ahora ha demostrado escaso foco. Ser el simple presidente de la alternancia (o el gobierno paréntesis), claramente no es un gran logro.

El legado de Fox

El autor plantea que a los gobiernos se les juzga por sus logros, pero también por sus omisiones. En México se valoran la expansión del gasto y la protección social del gobierno de Vicente Fox, pero se reprocha su tolerancia hacia los excesos del antiguo régimen y sus protagonistas. Por Jorge Buendía.

Desde un inicio, Vicente Fox gobernó bajo la sospecha de que se le recordaría más por echar al PRI del poder que por los logros de su administración. La profecía se cumplió: a Fox se le recuerda principalmente por sus virtudes como candidato y se le critica por su desempeño como gobernante. Ello no implica que su gobierno careciera de logros.

Entre los principales avances está la creación del Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI). Si bien no fue idea de Fox, sí respaldó su creación. En un país con escasa construcción institucional en los últimos 20 años, la aparición del IFAI es significativa, especialmente porque transformó la relación entre Estado y sociedad al privilegiar el derecho ciudadano a saber lo que hacen sus gobernantes.

En el plano social, al gobierno de Fox se le recuerda por la creación del Seguro Popular, semilla de un seguro médico universal para los mexicanos. Aplicado desde 2002, este seguro ya amparaba cuatro años después a más de 5 millones de familias. Del mismo modo, el principal programa de combate contra la pobreza en México, llamado Oportunidades, creció aceleradamente en este periodo: las familias beneficiadas se duplicaron en sólo 6 años y alcanzaron la cifra de 5 millones para 2006. Con Fox, el gasto público federal para la superación de la pobreza creció del 1,1 al 1,7% del PIB. La expansión del gasto y la protección social son particularmente notables al provenir de un gobierno de centro-derecha, de bases partidistas mayoritariamente urbanas y clasemedieras. Con Fox, el PAN empezó a penetrar entre los segmentos rurales y marginados.

El crecimiento del gasto social sólo pudo ser posible por los ingresos extraordinarios derivados de un mayor precio del petróleo. Durante el periodo 1994- 2000, el precio promedio del barril de petróleo mexicano fue de 16,9 dólares, pero Fox tuvo la gran fortuna de gobernar en un periodo de jauja –el precio fue de 32 dólares, es decir, el doble de lo que recibió la administración previa-.

A los gobiernos se les juzga por sus logros, pero también por sus omisiones. Uno de las mayores críticas a Fox es que no utilizó los ingresos petroleros en actividades de mayor impacto económico. Durante su gobierno, la economía mexicana creció a un anémico 2,3% anual (1,2% si consideramos el PIB per cápita). Si estos ingresos extraordinarios se hubieran invertido en actividades más productivas, se habrían sentado las bases para un mayor dinamismo económico. En el plano político, al primer gobierno de la alternancia se le reprocha su tolerancia con los excesos del antiguo régimen y sus protagonistas. Para los opositores al PRI, sólo el debilitamiento de este partido es prueba del éxito de la transición mexicana. En la medida que no ha ocurrido, un amplio sector de la academia y los medios sigue calificándola de incompleta (a pesar de que son los propios ciudadanos quienes con sus votos han impedido que el PRI quede reducido a una minoría).

Paradójicamente, uno de los mayores reproches al gobierno de Fox ha venido de sus correligionarios panistas. La actual administración del presidente Calderón ha criticado duramente que en los gobiernos que le precedieron se dejó crecer al narcotráfico y no se tomaron medidas oportunas. Apenas tomó posesión, Calderón inició su cruzada contra el narco. El legado de Fox, el primer gobierno de alternancia, tiene entre sus pasivos haber dejado que el crimen organizado adquiriera dimensiones nunca antes vistas.

El autor es director general de Buendía & Laredo, consultora en el diseño, implementación y análisis de estudios de mercado y de opinión pública en México.