El deseo y la repulsión comparten fronteras, tal como se aprecia en la última y esperada novela de Ian McEwan, Chesil Beach. El autor británico goza en Chile de una considerable comunidad de seguidores, que seguramente crecerá con la película Expiación, basada en el libro homónimo y candidata a varios Oscar. La narración transcurre en […]

  • 4 abril, 2008

El deseo y la repulsión comparten fronteras, tal como se aprecia en la última y esperada novela de Ian McEwan, Chesil Beach.

El autor británico goza en Chile de una considerable comunidad de seguidores, que seguramente crecerá con la película Expiación, basada en el libro homónimo y candidata a varios Oscar.

La narración transcurre en la noche de bodas de una pareja de jóvenes ingleses, en el expectante verano de 1962, cuando los Beatles y los Stones aún no desataban la tormenta. Los dos son supuestamente vírgenes y están ansiosos y llenos de un temor que los paraliza mientras engullen una triste cena británica en una suite de hotel frente a la playa. Los mozos entran y salen, aumentando la incomodidad. Los nuevos esposos son un atado de nervios, a punto de hacer cortocircuito, debido no sólo a su falta de experiencia, sino también a las distancias sociales entre ambos. Edward es pobre, acaba de licenciarse en Historia y su torpeza va de la mano con su excitación. A Florence el dinero le sobra, pero la única pasión que ha conocido es la música docta. El sexo, sobre todo el sexo de su marido -y también el del padre-, le repugna.

McEwan, igual que en Sábado, tiene la virtud de condensar un pedazo de historia en un breve tiempo, alternando la desastrosa iniciación conyugal con viajes al pasado de los protagonistas. Lo hace con una maestría envidiable, aunque no es tan convincente cuando se afana en hacer de una pequeña anécdota una metáfora grandiosa. Como si la insatisfactoria aventura carnal de Edward y Florence representase el cierre de una época en las vidas inglesas y el comienzo de otra. Lo mejor del relato se encuentra en su tono crepuscular de fi n de fi esta, una imagen de vacío y soledad que recuerda la película La noche, de Antonioni, con esos misterios inefables e imposibles de revelar que esconden los amantes. En esos pasajes, McEwan se confi rma como el fino escritor que es.