Todavía se puede. Wall-E es la prueba perfecta.

  • 10 julio, 2008


Todavía se puede. Wall-E es la prueba perfecta.

Todavía se puede. Wall-E es la prueba perfecta. Por Christían Ramírez

Si alguien les comenta acerca de los pésimos estrenos del semestre, de lo malas que están las películas gringas, primero denle la razón y luego mándenlo a ver Wall-E. No se va a encontrar con El Ciudadano Kane de las películas animadas, como algunos andan diciendo por ahí, pero sí con algo excepcional en estos días: una película bien contada.

Es una ironía, pero sólo a dos décadas de su fundación, Pixar –el non plus ultra de la tecnología audiovisual– tiene derecho a reclamar para sí el más clásico de los atributos del cine americano: saber narrar.

Había pruebas suficientes al respecto en las estupendas Bichos, Toy Story 2 y Los Increíbles, pero al revés que éstos, Wall-E no depende de juguetes basados en los personajes, ni de la exaltación descarada de valores familiares, códigos morales preexistentes ni menos, de lucrativos contratos con cadenas de comida rápida.

Evidente que la película los tendrá más temprano que tarde –Disney, la compañía que distribuye las cintas de Pixar, sabe de sobra cómo multiplicar cada dólar que invierte en el marketing de sus productos–, pero la historia de este solitario robotito que comprime y ordena basura en una Tierra que sucumbió hace siglos a la contaminación hasta que un día una sonda llega a chequear el planeta abandonado, se defiende por sí sola y da la razón a quienes arriesgadamente la han comparado a clásicos como E.T. y Tiempos modernos, perfectos ejemplos de filmes en los que el mensaje, por ideológico que sea, resulta inseparable de su trama.

Más allá de que el robot comparta el carisma del extraterrestre de Spielberg o el romanticismo del vagabundo de Chaplin, lo que vuelve a Wall-E irresistible es esa sensación de unidad. La impresión de estar viendo y pensando la película, al mismo tiempo. La idea de que se trata de algo dinámico y cambiante, en la medida en que nos acercamos otra y otra vez.

Tal vez para evitarle líos de marketing a Disney, su director Andrew Stanton ha dicho que su película es sólo una historia de amor. Un adulto podría interpretarla como una sentida parábola ecológica y su hijo, como una apasionante aventura. Al menos por esta vez, todos tienen la razón.