Seguro que no hay muchas, pero vaya cómo el octogenario realizador Alain Resnais les saca provecho.

  • 4 abril, 2008

 

En principio, ser un viejo director de cine parece casi un contrasentido. La profesión suele asociarse a gente capaz de desplegar grandes dosis de energía, concentración y poder de gestión. Gente joven. De ahí que cada vez que emerge un veterano de mil batallas con una nueva obra –como hicieron Huston y Kurosawa en su tiempo, como hacen Eastwood y Rohmer hoy–, la atención mediática vuelve a centrarse en el tema de la edad.

 

De hecho, hay que prepararse para diciembre, porque –si la salud lo acompaña– el portugués Manoel de Oliveira celebrará sus 100 años con el estreno de no una sino dos películas. El director activo más viejo de la historia. Listo para los records de Guinness.

Más allá de los datos, lo que de verdad importa es que en la mayoría de estos casos el anciano de turno produce fi lmes más intensos, jugados y misteriosos que los facturados por tipos con menos de la mitad de sus años. Basta ver Corazones, la hermosa comedia romántica de Alain Resnais (85 años), para darse cuenta hasta qué punto este veterano de la Nouvelle Vague marca la diferencia respecto de comediógrafos que dedican el total de su tiempo a examinar los sentimientos del prójimo.

 

En un París artificial, cubierto por una nieve que nunca para de caer, una decena de personajes (un matrimonio, un padre y su hijo, dos colegas en el trabajo, un barman y su cliente, entre otros) se interconectan sin parar, comunicando de paso sus anhelos, soledades, unos cuantos secretos y más de algún deseo oculto. Es un mundo cerrado, muy al gusto de la combinatoria emocional que Resnais ha convertido en su marca de fábrica desde los días de Hiroshima mon amour (1959), pero también reconocible para espectadores fogueados por las recursivas tramas de series como Friends o Grey’s anatomy.

 

Tal como en éstas, los personajes de Corazones parecen obsesionados por explorar sus interioridad –lo que sintieron, sienten y sentirán– hasta construir un círculo perfecto, prefabricado y sin fin. Claro, Resnais no pisa ese palito: es lo bastante viejo (y sabio) como para distinguir cuánto de páramo hay en la vida adulta, cuánto de neurosis y cuánto de ilusión. De algo que sirvan los años, pues.