Ojo con las tesis que se disfrazan de películas. Muy pocas terminan quedando a flote. POR CHRISTIAN RAMIREZ Diálogos a puertas cerradas. Una argumentación a probar. Solemnidad. Buenas intenciones. No se requiere esfuerzo para enumerar los lugares comunes de un filme de tesis: el espectador ya se ha habituado a reconocerlos. Lo realmente difícil es […]

  • 30 noviembre, 2007

Ojo con las tesis que se disfrazan de películas. Muy pocas terminan quedando a flote.
POR CHRISTIAN RAMIREZ

Diálogos a puertas cerradas. Una argumentación a probar. Solemnidad. Buenas intenciones. No se requiere esfuerzo para enumerar los lugares comunes de un filme de tesis: el espectador ya se ha habituado a reconocerlos. Lo realmente difícil es que la dichosa tesis componga una buena película, que el director sea un vendedor de ideas pero que también se dedique a narrar, como ocurre en algunas secciones de Leones por corderos, uno de los primeros filmes de ficción acerca de la intervención de Estados Unidos en Medio Oriente.

Considerando su estatus de “pionera” en lo que será una larga lista de productos similares, no es de extrañar que la cinta dirigida por Robert Redford no sea una glorificación por lo ganado ni un lamento por lo que se ha perdido (ese tipo de fórmulas, como quedó claro con el cine sobre Vietnam, suele aplicarse después, una vez que el conflicto pasó su punto crítico). Lo de Leones por corderos es más bien un combate dialéctico que se juega en tres frentes paralelos: el despacho de un senador republicano, la oficina de un profesor liberal y el campo de batalla. Los dos primeros tratan de probar su punto, de “venderlo”, ante sus respectivos interlocutores –una experimentada periodista y un cínico-pero-prometedor alumno–, pero finalmente sus ponderados argumentos se someten a práctica cuando la cámara se concentra en un par de soldados extraviados en la montaña, a pasos de los guerrilleros del Talibán. Ahí es cuando la película finalmente toma partido, desautoriza a unos y da la razón a otros, pero el espectador queda con la impresión de que lo mejor fue el enfrentamiento de ideas, que la horrible balacera sólo fue una excusa argumental para justificar lo obvio: la tesis.

El episodio me recuerda a la tremenda sección final de Nacido para matar, donde un pelotón de soldados era emboscado por un infalible francotirador. Kubrick lo usó para inyectar acción a una película que –en lo emotivo– se le desmoronaba, pero también para promover sus impresiones sobre la deshumanización de la vida militar. El problema es que, a medida que se involucraba con el terrible baño de sangre, el público se olvidaba de la propuesta antibélica y salía de la sala más confundido que antes, condenando al director por haber hecho un mal filme de tesis, pero dándole las gracias por ser un maestro a la hora de narrar.