Editor, poeta, crítico, columnista. Matías Rivas es el responsable del reconocido sello editorial de UDP y autor del reciente volumen Un muerto equivocado. Aquí habla de lo que conoce, de lo que cree y de lo que intuye sobre el mundo de letras en el que habita.

  • 15 marzo, 2012

Editor, poeta, crítico, columnista. Matías Rivas es el responsable del reconocido sello editorial de UDP y autor del reciente volumen Un muerto equivocado. Aquí habla de lo que conoce, de lo que cree y de lo que intuye sobre el mundo de letras en el que habita.
Por Pablo Marín; Fotos, Verónica Ortíz

Cuenta Matías Rivas (Santiago, 1971) que cuando viajaba al extranjero, de niño, le llamaba la atención ver que su papá llenaba las papeletas en los aeropuertos poniendo bajo “profesión” una palabra escurridiza: “editor”. Desde entonces, se ha venido acercando de frente, por los costados y por encima, a este “oficio de corte y confección invisible”, como lo llama su colega Andrea Palet. Y ya sabe por experiencia que algo de director de orquesta debe haber en quien lo ejerce. También de negociador, zurcidor, vendedor, terapeuta y diplomático. Además de lector impenitente.

“Desde niño me había dedicado a leer como condenado, así que sospechaba que por ahí iba el cuento”, relata distendido en el escritorio de su departamento en Las Condes, junto a su computador y a un costado de una biblioteca dotada en parte no despreciable de clásicos romanos y textos críticos. “Además, me había ido bien en el colegio y estudié lo que quería en la universidad. No sé… como que todo era fácil por ahí. Después fui inventando cosas para sobrevivir que tienen que ver con el mundo editorial y el periodismo”.

Una repasada por el currículo de este egresado de Literatura UC informa que fue vendedor de libros en la Altamira del Drugstore y en la del centro; funcionario de una imprenta industrial; que comentó artes visuales en Apsi; que vendió avisos para Don Balón, que hizo de todo un poco en editorial Sudamericana, que encabezó el suplemento cultural de El Metropolitano, que escribió para El Mercurio y Capital. También, que por una década ejerció la crítica literaria en The Clinic haciéndose llamar Mao Tse Tung y

Los autores tienen la idea de que su libro es una cosa única, y uno sabe que a un autor chileno no le van a pasar todas las cosas que él sueña”.

levantando polvareda de vez en cuando. Que publicó un volumen de poesía en 1997 (Aniversario y otros poemas, 1997, reditado en Buenos Aires como El canario) y otro en 2011 (Un muerto equivocado), llamando la atención por su voz propia y su soltura expresiva.

Pero tal vez lo que más distingue a Rivas es su labor como director de publicaciones de la Universidad Diego Portales. Y en particular, su tarea a la cabeza de Ediciones UDP, sello que ha publicado ya 35 volúmenes de una celebrada colección de poesía –una tarea “patrimonial”, como la define– y cuya labor repercute internacionalmente ahora último gracias a Los malditos, la antología de crónicas sobre autores suicidas escritas por latinoamericanos de distinto origen y editadas por la argentina Leila Guerriero.

-¿Cómo se entiende, en el medio, el oficio de editar?
-Hay una cierta moda. La palabra “editar” se está incorporado al lenguaje de otra manera. La otra vez leí que había alguien que decía iba a “editar” su día domingo. Y puede ser que editar no esté muy claro para los que lo hacen. Creo que es un oficio que está cerca de las artes manuales, por una parte, y por otra, del trabajo de la calle, de estar en las librerías, de que te conozcan los libreros y la prensa. Tienes que saber un poco de diseño, de impresión… y de negocios, por cierto. Tienes que saber cuánto cobrar. Ahora, hay gente que cree ser editor es juntar una cierta cantidad de artículos y ponerles un prólogo.

-¿Hay demasiado ego?
-Demasiado ego y demasiados autores. Entonces, hay que saber hacer andar esa máquina muy fluidamente para poder sacar muchos libros. El editor, además, es un tipo que entrega y vende confianzas.

-Además de tener muñeca política…
-¡Totalmente! Tienes que saber cuándo vienen las cosas de las otras editoriales, ser amigo de los mismos tipos, porque te los vas a encontrar toda la vida, pero a la vez ser amigo del librero que te debe plata y saber cobrarle; saber dónde comprar sin ofender. Es un juego de cierta sofisticación. Los autores tienen la idea de que el libro que hacen es una cosa única, que va a ser importante. Y uno sabe perfectamente que a un autor chileno no le van a pasar todas las cosas que él sueña.

Por otro lado, hay gente que está metida en la filosofía, en cosas más duras, y me imagino que debe ser muy frustrante ponerle mucho empeño en hacer un libro y que no haya quién reciba eso. O sea, si es una botella lanzada al mar, ojalá que esté lo mejor hecha posible, porque si alguien la llega a agarrar, tiene que funcionar y resistir.

Sin punto de ebullición

-¿Cómo ves el contexto local?
-Hay un rasgo bien alarmante: los pocos lectores que tenemos. Eso define el mercado editorial. Tenemos una cantidad de gente que compra libros habitualmente que, calculo, no es superior a 1.500 personas en todo el país. No es lo mismo que gente que lea. Y me imagino que es terrible para los profesores primarios que los sueldos no les alcancen para comprar libros. Ahora, no sólo hay un problema con la lectura, que cada vez se lea menos, sino que los libros, los cuadros, la cultura, son suntuarios, no son bienes de primera necesidad.

Eso sí, somos un mercado muy empeñoso y con mucha gente talentosa. Hay muy buenos escritores en Chile, hay tradición de poetas. Por ende, no es soslayable el mercado chileno, por chico que sea. Pero en este momento sólo las editoriales alternativas están buscando autores nuevos. En lo editorial vivimos en el libre mercado llevado al límite. Las transnacionales hacen horóscopos, y está bien, porque tienen que juntar su dinero. Si yo trabajara en una de esas empresas, eso es lo que haría. Pero lo que han hecho con esto es desabastecer el circuito literario, la cierta ebullición que existía en los 90. Hijos de ese circuito son Pablo Simonetti y Carla Guelfenbein, que son los nuevos bestsellers. Y va a ser muy difícil que aparezcan bestsellers sin que haya un circuito editorial-cultural, porque los bestsellers son hijos de ese sistema. Un escritor que llega a ser bestseller es un tipo que quería ser escritor, primero que nada. De ahí a que haya vendido mucho, es aleatorio. Pablo Simonetti o Alberto Fuguet escribieron primero por una pulsión y esa pulsión está dada por un contexto. Y hoy ese contexto está desvanecido. Cuando ves esto como un negocio a corto plazo, no se corren riesgos. Cuando lo ves como un negocio a largo plazo, puedes invertir en que varios historiadores armen una historia del siglo XX en Chile (Historia del siglo XX chileno, 2001). Ese es un libro importante, que fue parte de un boom del ensayo. ¿Te acuerdas? Esas cosas se acabaron.

-¿Qué destino le ves al oficio editorial?
-Los editores son súper necesarios, sobre todo para la gente que tiene poder. La gente con poder necesita sacar una cantidad de documentos bien escritos. Y ahora que, teóricamente, todos vamos a poder hacer libros, los editores van a ser más importantes que nunca. Eso sí, están los editores que trabajan los textos y los que tiene pequeñas editoriales y que autogestionan todo el proceso. Eso me parece muy valiente. Pero lo más terrible es el editor que trabaja en un lugar de mucha importancia simbólica, pero que no puede tomar decisiones, porque cuando tiene que tomarlas debe consultar con el director si hay o no dinero… y ahí pierde toda su relevancia. En Chile existen editores que tienen la capacidad de seducir, pero no de negociar.

-¿Ves un interés lector por hurgar en lo local?
-Si ves la lista de libros más vendidos, salvo los bestsellers de cajón, son puras cosas sobre Chile. Hay un deseo de la población de escrutarse más, de destapar ollas. Por eso salió lo de Karadima, por eso salen las historias de Bielsa, por eso las biografías también, porque no tenemos biografías de los propios chilenos. Y hay un deseo de las nuevas generaciones de recorrer el pasado político.

-¿Quieren insumos?
-Exacto. Y no sólo la gran historia, también la historia privada.

De guerrillas, amistades y redes

-Dijiste alguna vez que “es insólito que Chile sólo cuente con tres escritores de nivel en narrativa”.

-Creo que hay algunos narradores importantes, como Alejandro Zambra, Germán Marín, Fuguet, Gumucio y Marcelo Mellado. Creo también que hay gente en el periodismo que narra muy bien, como Ascanio Cavallo. Y pienso que hay una gran cantidad de otros narradores de buen nivel, que han tenido mejor o peor suerte internacional. Pero también hay una cantidad de jóvenes sobrevalorados que es impresionante. Autoinflados o inflados por otros, y eso es bien pavoroso.

-¿Es más atractiva la poesía?
-Cuando vienen a Chile Ricardo Piglia o César Aira, van directamente a buscar poesía. En Chile, el peor poeta de un taller es mejor que infinitos poetas latinoamericanos.

-¿Y los ensayistas? ¿Tienen salida?
-Hay ensayistas de nivel y tienen salida. Lo que pasa es que en la narrativa es donde se gana dinero; entonces, hay más ansiedad ahí. Un poeta o un ensayista no tienen ninguna aspiración económica, salvo ser publicados y medirse con los más grandes.

-¿Qué fue de la guerrilla literaria?
-Los poetas tienen una tradición de pelear, de decirse las cosas, porque es un mundo más precario. Bolaño viene de esa tradición. Cuando Bolaño viene a Chile, se instala peleando. Y eso se mantiene como una tradición chilena. Yo creo que los narradores, como son más ambiciosos, evitan pelearse. La última pelea buena que hubo fue por Bonsái, el libro de Alejandro Zambra, que tenía en contra a Gonzalo Contreras y Sergio Gómez. También estaba metido The Clinic y no me acuerdo quién más…

-¿Sirven estas cosas?
-Es como un entrenamiento en la vida. Te hacen pensar y te hacen arrepentirte de cosas que dijiste. Históricamente, estas cosas siempre se recuperan y se magnifican.

-¿Y cómo anda el tema del amiguismo?
-Si a mí me gusta la película que hace un amigo mío, y realmente creo en esa película, yo no tengo culpa de que sea mi amigo. Acá eso es algo condenado, como si hubiera una especie de asepsia, que es muy absurda, porque por ejemplo en otros países eso no corre.

-Si estoy trabajando en un medio y un amigo hace una película, desclasifico que es mi amigo o me inhibo de escribir de la película.
-Ese es un problema del periodismo, pero no tiene nada que ver con la cultura. Si fuera por eso, Beckett no podría haber escrito de Joyce, ni Truffaut de Godard. Cuando se producen cosas culturales, siempre se genera un tejido. Cuando existía la Zona de Contacto, ¿no era ese un bando de gente que estaba vinculada? Nadie dice que todos hayan sido amigos ni que los gallos hayan sido bandoleros, pero sí eran excluyentes. ¡Y está bien!

-¿Y no llevan los amiguismos o las camarillas a que sólo te involucres con gente a la que conoces?
-No. Como no hay dinero, te juntas otros que son afines a ti. Eso es todo. ¡No es una mafia! Es como la gente que hace negocios, que prefiere hacer negocios con la gente que confía. ¿O no?

-¿Y eso no lleva a cierta endogamia?
-Lo que pasa es que en el mundo de la literatura hay muchos bandos. La gente que tiene 30 años confiará en sus amigos de 30; y los más viejos confían entre ellos. O sea, es mucho más plural. Hay unos que tienen más visibilidad que otros y yo creo que la pelea tiene que ver con la visibilidad.

-¿Cómo entra ahí el tema de los premios?
-Los premios son estímulos, y cuando hay un estímulo económico en un lugar pobre yo creo que ayuda, pero genera toda clase de suspicacias, envidias, rumores. Si el premio es arreglado o no arreglado. En los que me ha tocado participar, nunca he visto un arreglo, pero sé que hay muchos que son pagos adelantados de derechos de autor. Hay que perder la inocencia frente a los

Ganar premios ayuda, pero genera toda clase de suspicacias, envidias, rumores. Si el premio es arreglado o no arreglado… Hay que perder la inocencia frente a ellos, pero también saber que ayudan a que aparezcan nuevas figuras”.

premios, pero también saber ubicarse en qué son y en qué ayudan a que aparezcan nuevas figuras.

-¿Qué panorama ves en el Premio Nacional?
-Yo espero que un intelectual como Harald Beyer se vaya a dar cuenta de que, entre todos los problemas que tiene, uno menor es el Premio Nacional de Literatura. Y sería un muy buen gesto no votar, porque seguramente no tiene un conocimiento en profundidad de literatura, y entregarlo, como lo hacían antiguamente los presidentes de la República. Es decir, dar ese voto a una persona de su confianza y del mundo cultural.

-¿Lo verías como una señal?
-Yo creo que hay que dar señales. Cuando tú ves que el gobierno da señales equívocas respecto a la cultura, creo que eso a la gente le afecta. Cuando el ministro de Cultura dice en una entrevista que no lee literatura chilena, que lee a Raymond Carver, a Bukowski, tú dices bueno, ¿qué aprecio tendrá él por la literatura?

-Has dicho que con tu último libro de poesía querías “mostrar las fantasías ocultas y perversas de la clase alta”. ¿Cómo describirías tu propia relación con ella?
-Mi interés es exhibir lo que mi imaginación desarrolla a partir de mis experiencias. Pertenecer a una clase social implica asumir sus privilegios y sus taras. No hay que sentirse orgulloso de donde uno viene y tampoco avergonzado. Más bien hay que escrutar los orígenes, deshacerlos. Hay muchos mitos respecto a la clase alta; en parte, porque nadie se mete con ese sector a develar sus zonas íntimas y turbias, salvo cuando se trata de escándalos.

 

Crítica de la crítica
-¿Ha variado tu visión de la función del crítico?
-Por supuesto. Al principio uno cree que es una persona que tiene una labor social, más o menos. Que saca la basura. Y con el tiempo te empiezas a dar cuenta de que lo importante son los matices. Que de repente una novela que es más o menos tiene cosas buenas. Yo cada vez aprecio más los grises, y menos los blancos y negros; sobre todo, a la hora de hablar de narrativa. La importancia de los críticos está en lo que descubren, en lo que se juegan, no en lo que destruyen. Y creo que el crítico también es un escritor. No veo por qué la gente considera que los escritores son sólo los narradores. Una serie de reseñas de un gran escritor y gran crítico, como Cyril Connolly, quizás son mucho más importantes que una buena cantidad de novelas. La crítica es un género literario. Lo que importa es cómo escribes.
-¿Y no entraña el riesgo de mitificar o crear cultos a la personalidad?
-Es súper bueno que la crítica arme mitos, es parte de sus herramientas, de clavar banderas. Si eres crítico de cine y viste el primer corto de un cabro y te la jugaste por él, y luego se armó una película y salió bien, y tú fuiste de los primeros en criticarla… bueno, en el fondo, estás apoyando a ese sujeto. Después te puedes correr, tomar distancia.
-Buñuel decía que un cineasta puede permitirse cualquier cosa menos aburrir. ¿Cómo entender eso desde la otra vereda?
-Tienes que ser capaz de saber que Bret Easton Ellis es muy bueno y no confundirlo con Dante, pero saber leerlos a los dos. A mí me pasa con Jonathan Franzen, que me parece un latero.
-Las críticas a tu libro Un muerto equivocado fueron buenas.
-Me alegra que le haya ido bien. Y por supuesto que hay gente que tiene muy mala leche y creerá que está todo arreglado. Pero es muy difícil complotar en este mundo. Puede haber opiniones coincidentes o disidentes, pero, ¿has visto a alguien que se junte con otro para desbancar a alguien? Yo creo que eso no existe. Pero es un mito muy arraigado.