Tango, un estilo en constante revisión. Uno que nos enfrenta a la profunda deuda musical de nuestro país con el mundo. El tango sigue vivo. Por Andres Valdivia.

  • 13 junio, 2008

 

Tango, un estilo en constante revisión. Uno que nos enfrenta a la profunda deuda musical de nuestro país con el mundo. El tango sigue vivo. Por Andres Valdivia.

Una caminata aleatoria por Buenos Aires basta y sobra para saberlo: la música que esta ciudad vio nacer entre sus veredas y tugurios sigue viva. Por viva quiero decir: lejos de los museos y cerca de la calle, en constante movimiento, revisitada desde ángulos diversos, siempre al día. El tango y sus vaivenes no sólo hablan muy bien de los músicos argentinos, sino que hablan también de una ciudad con capacidad de resistencia, con vida propia.

Es probable que el tango sea el único fenómeno de alcance global que se relacione al cono sur. Es, de alguna manera, de lo poco que el mundo conoce de esta esquina fría de la Sudamérica saltimbanqui y playera. Urbano como pocos estilos populares, el tango destila calle, noche y esa melancolía derrotista de puerto de putas y marineros a punto de partir. Tan profundamente ligado está en su identidad a la capital federal argentina, que muchas veces el turismo lo acorrala en la esquina de la postal cliché de Caminito. Sin embargo, durante generaciones, músicos y público, argentino y de todo el mundo, se han encargado de revistar su lógica con notable gracia. Basta recordar la refundación pop-rock de Charly García y sus secuaces (particularmente Fito Páez, en Signos), completamente inexplicables sin el contexto de un país donde circulan Gardel y The Beatles por partes iguales. Más recientemente, el tango ha estado presente también desde la electrónica con lo que Gustavo Santaolalla ha esta desarrollando en Bajofondo, su grupo tanguero electroide; y un poco más allá, con lo de Gotan Proyect, otra banda con bandoneón y DJ. Ambos con enorme aceptación en el mundo entero, estos experimentos le han sacado un tanto el polvo al tango, acercándolo globalmente a nuevos públicos.

Pero al mirar detenidamente, se puede observar que los casos citados anteriormente corresponden más a culturas de otros géneros, dejándose influenciar u homenajeando al tango y no a compositores de tango buscando nuevos elementos desde los que construir. De estos últimos, poco y nada sabemos. Pero al recorrer Buenos Aires comienzan a respirarse los sonidos de nuevas generaciones de músicos que desde el tango –y no desde el rock o la electrónica– están reencontrándose con la melodía de su ciudad. El resultado es particularmente interesante, ya que la moral punk –tan presente en la juventud porteña– está entrando en la histórica melancolía tanguera, recubriendo su moral romántica con algo de rabia y muchísima más pasión. Si bien muchos de estos músicos aún no graban profesionalmente, un buen resumen de lo que está pasando en Argentina con el tango puede encontrarse en Tango, un giro extraño, un documental imperdible sobre la nueva escena tanguera.

Lo más envidiable del tango, al final, es que detrás de su impronta global se esconde un país que piensa y diseña en grande. Una tarea más que pendiente para nosotros, que a sólo unos kilómetros de distancia no hemos sido capaces de atrapar, envasar y vender lo que somos.