La nueva película de Alberto Fuguet está hablada casi completamente en inglés, pero -como nunca en su obra- se siente cercana, nacional.

  • 3 noviembre, 2011

La nueva película de Alberto Fuguet está hablada casi completamente en inglés, pero -como nunca en su obra- se siente cercana, nacional. Por Christian Ramirez

De muchos cineastas suele decirse que hacen películas “iguales a sí mismos”. Artefactos que dan cuenta cabal de sus obsesiones, de lo que les apasiona y de lo que odian. Pero a estas alturas, cuando ni siquiera estamos seguros de que las películas del futuro cercano se vayan a parecer siquiera a las que alguna vez nos gustaron, ¿quién necesita complicarse con ese culto a la personalidad?

Tal vez por eso es que Música campesina –el tercer largometraje de Alberto Fuguet- se siente tan intemporal y libre, porque aunque los intereses de su autor afloran por muchos lados, no parece haber ego de por medio en las peripecias de Alejandro Tazo (Pablo Cerda), un chileno que llega de amanecida y en bus Greyhound a un Nashville que no lo recibe a patadas pero tampoco con los brazos abiertos.

De a poco, uno se va enterando de que este sujeto, que alcanza a defenderse un resto con el inglés, viene huyendo de San Francisco después de terminar con una novia a la que siguió desde Chile, el lugar al que ahora no se atreve a volver. No así, derrotado, sin dinero y partido en dos.

En la patria del country, Tazo hará un poco de todo: jugar al drifter, al vagabundo gringo de las novelas que le gustaban; ponerse la camiseta del inmigrante empeñoso e ir a trabajar en lo que salga; pasar calor y luego frío en moteles de carretera, llorarle sus penas a camareras de buen corazón (que no captan palabra alguna de lo que él les dice en acongojado español, pero que sí entienden); fabricarse amigos y luego dejarlos atrás… Fuguet deja incluso entrever que su antihéroe llega a rifar su pellejo a la mejor postora, un poco al modo en que el joven Jon Voight lo hacía en la hoy lejana Perdidos en la noche (1968).

La conexión no es gratis. Tazo se siente tan pez fuera del agua como el “midnight cowboy” de dicha película. Hombre de paso, lugar de paso, vida de paso: al estilo de muchas películas que Fuguet ha admirado (y escrito acerca de ellas) con el paso de los años. Desde Five easy pieces (1970), Espantapájaros (1972), Fat city (1972), El último deber (1973), En el transcurso del tiempo (1977). Una larga línea de abandono, fragilidad y autocuestionamiento que se estira hasta la fracturada My own private Idaho (1991), de Gus van Sant y sus presentes retoños filmados en digital.

Ahora, muy gringas parecerán las fuentes, pero tal como sucede en Velódromo (2010), el filme anterior del director -y que bien puede calificar como primo hermano de Música campesina- tanto el ritmo como el sentido del humor y buena parte de los diálogos se sienten y se reconocen decididamente latinos. Digo parte, porque una vez que Tazo es “adoptado” por una pareja de estudiantes/dealers, el filme (que está hablado un 80% en inglés) toma un giro curiosamente americano, pragmático y cómplice, prueba de que el oído de Fuguet para la palabra filmada se ha ido afinando al nivel del que posee para la palabra escrita.

Mucho de lo mejor de Música campesina se gatilla a partir del contraste de esos mundos –donde hasta las soledades se viven distinto- dentro de la cabeza de Tazo, quien varias veces confiesa que se cansa de “traducir”, no sólo palabras sino actitudes y hasta estados de ánimo. Es a través de sus ojos que percibimos una Nashville que no parece muy distinta de cualquier otra ciudad estadounidense –o, sin ir más lejos, que mucho barrio oscuro y suburbano chileno-, pero la sensación de fondo es que todo pasa a través de la afiebrada y hastiada mirada de Alejandro, quien probablemente se siente tan extraño “allá” como se sentía “acá”, como si volverse un desadaptado no fuera producto de una situación (el abandono de su novia) sino de una condición que se viene arrastrando desde antes, pero que -en vez de esquivarse- se abraza mientras se consume, lentamente. Inquietante idea. Fecunda, también.