Por Carla Sánchez M. Fotos: Verónica Ortíz No es una exageración decir que el panorama en Valparaíso es dantesco. A diez días del incendio –quizás el peor en la historia del puerto– todavía persiste el olor a quemado. Las imágenes de autos chamuscados y escombros recuerdan las noticias de bombazos en países lejanos como Turquía, […]

  • 2 mayo, 2014

Por Carla Sánchez M.
Fotos: Verónica Ortíz

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No es una exageración decir que el panorama en Valparaíso es dantesco. A diez días del incendio –quizás el peor en la historia del puerto– todavía persiste el olor a quemado. Las imágenes de autos chamuscados y escombros recuerdan las noticias de bombazos en países lejanos como Turquía, o Egipto. Porque el efecto del fuego es lo más parecido a un ataque terrorista.

Militares caminan por las calles del cerro Las Cañas, uno de los más afectados por el incendio que afectó a 7 de los 42 que componen la ciudad de Valparaíso, en total casi 1.200 hectáreas. Uno que otro perro se asoma entre los escombros y, de fondo, un silencio. Algo inusual en este lugar desordenado, lleno de vida, donde los comerciantes ambulantes venden hasta confort en las calles por la falta de empleo.

“No se preocupe, señor turista, no se está quemando La Sebastiana. El muelle Prat está protegido, al igual que los cafés-boutiques del Cerro Alegre. Los bares del puerto y los pubs de Cumming siguen atendiendo, fabricando ebrios en la ciudad con mayor tasa de alcoholismo en Chile”, escribió una porteña desatando la indignación de muchos. Pero algo de razón tiene. Desde los cerros declarados patrimonio de la humanidad por la Unesco no se ven los estragos. Pero si uno se asoma un poquito más, si se adentra en las quebradas que acogieron a las tomas que no figuran dentro del plan regulador, se ve la otra ciudad, la misma que describe Joaquín Edwards Bello en su libro Valparaíso 1963: “La parte europea reside en el ‘plan’ y la parte derrotada, de mestizos, se retira a los cerros y las quebradas”.

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“El incendio no sólo quemó un gran sector de Valparaíso –se calcula que destruyó 3 mil viviendas–, sino que lo iluminó, nos hizo mirar a todos para allá, algo que no estábamos haciendo. Al botar las fachadas de las casas dejó todo al desnudo, todas las fracturas sociales que existen”, reflexiona Nicolás Eyzaguirre, hijo del ministro de Educación, quien vive en el puerto desde hace 7 años.

Una ciudad que, en su opinión, “no participaba de la postal del patrimonio de la humanidad. Era un buen fondo de pantalla para la foto que tú sacabas 4 cerros más allá”. Eyzaguirre es actor, socio del restaurant “El Peral” del Paseo Yugoslavo y, además, dirige “Teatro Container”, un centro cultural que reutiliza contenedores con acciones artísticas y que busca vincular cada vez más a los vecinos.

El incendio que se propagó desde el sector de La Pólvora hasta El Vergel, lo sorprendió en plena realización del festival del teatro. No lo pensó dos veces: al día siguiente, mientras las brasas aún ardían, subió a ver en qué podía ayudar. Y se le ocurrió desarrollar la campaña “Un niño, una mochila”. Logró reunir 7 mil mochilas con útiles escolares, las cuales aún no están distribuidas, porque, explica, “ahí viene el segundo conflicto: ¿dónde están esos niños? Ahí nos empezamos a hacer parte de la real catástrofe, la desarticulación de los cerros. No existe un catastro oficial de los damnificados, no hay instrumentos para hacerlo, no hay Censo desde el año 2002, ¿con qué instrumentos trabajamos?”.

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EL CAOS
Desde el techo de su casa en el Cerro Alegre, Gonzalo Undurraga, miembro de la agrupación de arquitectos Plan Cerro, observó cómo el fuego consumía las casas y los bosques. “Cuando el ministro Peñailillo decía que se habían quemado 150 casas, yo sabía que en realidad eran más de mil”. En la tarde de ese sábado 12 de abril había estado pegando carteles en el cerro Las Cañas, uno de los más afectados, para convocar a los vecinos a una reunión en la que quería comentarles el proyecto con el cual ganó un Fondart y que planea restaurar el ascensor del cerro abandonado desde 1980 y recuperar el estanque de agua obsoleto. Hasta que vio el humo. “Ese día había un viento de 70 kilómetros por hora, pero además estábamos fuera de la temporada de incendios de Conaf, por lo que había muy pocos funcionarios que no pudieron hacer nada. Los bomberos armaban y desarmaban mangueras, pero es muy difícil atacar un incendio que viene en contra tuyo. Al final, tuvieron que subirse a los carros y arrancar”, cuenta Undurraga.

El centro comunitario de Las Cañas, uno de los tantos lugares que funcionan como albergue. Sobre un cerro de botellas vacías y sacos está sentado Benjamín, un niño de unos 7 años que no quiere almorzar. Afuera del centro hay huevos de chocolate botados en el suelo. “Les han regalado muchos dulces a los niños, ya no quieren comer”, comenta Camila, una de las voluntarias que trabaja en el lugar. “La mayoría de los aportes han sido privados. El día del incendio llegó un camión de Puerto Montt con ayuda. Nos damos cuenta de que el Estado colapsó, porque este incendio se les escapó de las manos”, dice.

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Los porteños están preocupados. Para los próximos días está pronosticada lluvia y el riesgo de aluvión con todos los escombros que aún falta por retirar –Undurraga calcula que sólo se ha sacado un 15%– es inminente. “No ha habido un manejo coordinado de la crisis y lo peor no ha venido aún. Si hay aluvión, los escombros van a llegar hasta la puerta del Congreso”, vaticina Mauricio Salazar, director del centro comunitario de Las Cañas, que atiende a 120 niños que perdieron sus casas, al igual que él.

“En promedio hay 180 camiones y máquinas retroexcavadoras, las que trabajan en extensas jornadas retirando escombros”, cuenta el alcalde de Valparaíso, Jorge Castro, respecto a las labores para enfrentar el invierno que está a la vuelta de la esquina (ver recuadro).

“En el estadio O’Higgins está lleno de mediaguas apiladas. No sé qué están esperando para repartirlas”, se queja Rosa Bustamante, dirigente vecinal. “La gente no quiere seguir esperando. De hecho, hay muchos que ya están levantando sus casas en los mismos lugares donde vivían”, agrega.

Entre los escombros, restos de somieres y chatarras, los porteños han levantado sus campamentos. No están dispuestos a dejar el lugar donde vivían, pese a que sea una zona de alto riesgo. “Como muchos de estos lugares eran tomas, tienen miedo que otros lleguen y se instalen aquí”, resume Undurraga, quien comprende la lógica de la urgencia y la precariedad, pero señala que “es necesario poner la cuota de prevención para dar una señal clara de resiliencia”.

“NO ES SOMALÍA”
Undurraga recuerda una conversación que tuvo con el jefe de la ONEMI, Guillermo de la Maza, mucho antes del incendio, cuando planeaba junto a Plan Cerro el proyecto del estanque de agua en el cerro Cárcel, el 2013. “En ese minuto, nos comentó que no existía un plan de emergencia coordinado y de alto nivel para el tipo de catástrofe que siempre había en Valparaíso, dándonos todo su apoyo para esa iniciativa”, cuenta. Por eso, la actual tragedia no sorprende a este arquitecto ni a varios porteños.

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A Eyzaguirre, Undurraga lo ubicaba desde antes del incendio. Pero tras un encuentro en la ex cárcel de Valparaíso, un lugar que ha servido como centro de acopio y acogida, decidieron unirse para ayudar. A medida que veían cómo iban llegando las ayudas, empezaron a dilucidar cómo focalizarlas.
“Los artículos de aseo, de construcción, la ropa, no se puede salir a repartir en una camioneta como si esto fuera Somalía para que lleguen hordas de niños a buscar unos zapatos”, piensa Eyzaguirre. Con la experiencia previa de su proyecto “La Cocina Pública” –un contenedor en el que desarrollaron un dispositivo de participación ciudadana en la que los vecinos compartían recetas– ideó una segunda campaña con la misma lógica de la mochila: “Una cuadra, una cocina”.

“Nos dimos cuenta de que estaban llegando muchas canastas familiares, pero que no había un lugar dónde cocinar los alimentos”, explica. Por eso, junto a su equipo trabaja en la recuperación de cuatro comedores y ya tienen 5 cocinas funcionando para alimentar a los vecinos y a los voluntarios, cuya presencia ha disminuido con el correr de los días. Mientras tanto, Undurraga realiza los levantamientos y la gestión necesaria para canalizar donaciones para la reconstrucción de las sedes comunitarias.

“Estos comedores juegan un rol importante. La gente llega a conversar, a desahogarse, a comer, a organizarse y a solicitar la ayuda de manera más enfocada”, explica el actor.

Por la orientación, los vientos y las mareas, Valparaíso es una de las ciudades más accidentadas de Chile, desde el punto de vista topográfico. Pero hay una condición que hace a Valparaíso un lugar muy particular: “La ciudad tiene forma de anfiteatro, pese a que los 42 cerros están ubicados en distintas posiciones, todos miran a la bahía, a todos les llega el sol y todos comparten la experiencia de la pendiente”, dice Undurraga, a lo que Eyzaguirre agrega: “Reconstruir estos cerros no es volver a poner lo que estaba antes, sí a sus habitantes y bajo sus decisiones”.•••

Alcalde Jorge Castro: “No contamos con los recursos para mantener esta gran ciudad”

La emergencia, dice el alcalde de Valparaíso, Jorge Castro, estaba fuera de toda planificación. “Éste es, sin lugar a dudas, el incendio urbano más grande de la historia de Chile y con una topografía también única”, dice. Por eso, cuenta que se han exigido al máximo como municipio para abordar las labores de asociadas a la emergencia. “Todo es urgente, todo es importante”, dice.

-¿Por qué no se inyectaron recursos para las labores preventivas?
-Hace ya varios años que la municipalidad de Valparaíso no dispone de los recursos que necesita para mantener esta gran ciudad, la única con un sitio reconocido mundialmente como patrimonial. Hemos tenido recursos para recuperación de inmuebles, calles, alumbrado, compra de ascensores,  pero, no tenemos recursos para aseo, control canino, seguridad ciudadana, mantención de áreas verdes, entre otras, todas muy cuestionadas por aquellos que opinan desde su escritorio.

-¿Hay lugares que no deberían volver a habitarse por su precariedad y alto riesgo?
-La vivienda de emergencia es para sortear esta primera etapa, considerando que luego estaremos en invierno. Además se ofrecerá a las familias apoyo mensual para arrendar casa, o para aportar en casa de familias o amigos. Luego, para la etapa definitiva, se trabaja en aportes para autoconstrucción, construcción de conjuntos habitacionales, ofreciendo a las familias distintos tipos de viviendas. Hay sectores de alto riesgo que no podrán volver a ocuparse con viviendas, a esas familias se les ofrecerá alternativas, dentro de lo posible en sectores cercanos. Es importante dejar en claro que alrededor del 80% de los afectados son propietarios de su lote, familias de larga permanencia en estos barrios, barrios consolidados, solo un 20% corresponde a tomas.