• 5 julio, 2018

La Constitución es la base de la república, de la “cosa” en común. Ella está llamada a cumplir el papel de fundamento del orden político, lugar de encuentro, asunto hasta de lealtad compartida, símbolo al cual quepa remitirse durante los grandes debates y en el cual encontrar un apoyo conjunto para enfrentar las tareas nacionales más importantes.

En Chile, sin embargo, la Constitución no ha podido desempeñar esa función. Hay un texto constitucional, en muchos aspectos pertinente, en otros criticable, pero no hay símbolo. Tenemos un vacío simbólico, una nada de constitución como símbolo. Por eso, cuando se trata de laConstitución, como que se la esquiva. O se dividen las aguas y emergen los atavismos más enconados.

En este problemático contexto, varios hemos propuesto acudir a la Carta de 1925 para dar salida a esta grave carencia (cf. el libro: 1925. Continuidad republicana y legitimidad constitucional: una propuesta, Santiago: Catalonia, 2018). El texto requiere, por cierto, ser reformado. Casi centenaria, la Carta del año 25 se halla por debajo de los estándares del constitucionalismo contemporáneo y hay aspectos políticos, como la elección del presidente sin segunda vuelta, que exigen modificación. Pero con las reformas adecuadas, no es descaminado considerarla. Si en su texto ella puede ser incluso inferior a la de 1980, su carácter como símbolo es muy superior.

LaConstitución de 1925 no fue el resultado de un proceso ideal. Mas, a poco andar, consumado el orden al cual apuntaba, durante el segundo gobierno de Alessandri Palma, ella fue reconocida como base de la convivencia en común, eje de un orden republicano que duró cuatro décadas. Aun en la crisis terminal de ese orden, en 1973, ambas partes se remitieron a ella como a su fuente jurídico-política.

La Carta del 25 cuenta, además, con el peso de la historia. El constituyente se entendió depositario de una larga tradición, que se consideraba estar reformando. Así, se remite a la Constitución de 1833, cuando el constituyente nuevamente se remite a la Carta de 1828. Entonces, la Constitución de 1925 abarca, por la vía de sus remisiones, la mayor parte de la historia republicana del país. Con todos sus defectos, estamos hablando de una de las repúblicas más antiguas del mundo moderno, con el peso existencial que esto implica.

Si se acudiera a la Carta de 1925 y su texto fuese reformado y puesto al nivel del derecho constitucional actual, no es descabellado pensar que, acompañada ella de las palabras y los procesos adecuados, su poder simbólico podría desplegarse con eficacia. En cambio, tratándose de la Constitución de 1980, y aunque se la siga modificando, probablemente jamás adquiera la fuerza simbólica que se requiere de la carta. Entonces, en vez de ser base reconocida de la discusión pública, fundamento real de la convivencia nacional, continuará siendo la piedra por esquivar, el vacío del desencuentro, el recordatorio de la polémica, una deficiencia permanente en nuestro sistema político.

Ante la falta de fuerza simbólica de la Constitución actual se ha propuesto también crear una nueva. La propuesta puede sonar razonable. Tal solución, empero, nos mantiene hundidos en el problema en el que nos hallamos. Ocurre que volver a partir de cero un orden constitucional significaría, precisamente, replicar el gesto de la dictadura, que pretendió instaurar un orden constitucional desde cero, desconociendo el peso de la historia y el esfuerzo continuo de generaciones por mantener viva la república durante las graves crisis que vivió nuestra nación.

Volver a partir de cero no solo nos deja presos del gesto de Pinochet. Además, puede ser el fatídico primer paso a una costumbre que ha hecho época en los países latinoamericanos de menor estabilidad republicana, donde la creación de constituciones discontinuas es hasta costumbre inveterada. Por esa vía se vuelve muy difícil clausurar un ansia constitucional, donde cada nueva alianza dotada de una visión programática lo suficientemente robusta quiera llegar al gobierno bajo la égida de otra nueva constitución.