• 7 agosto, 2008

Sería doloroso que el engaño, la astucia y la manipulación de personas se conviertan en el medio para obtener bienes y no el trabajo bien hecho, el esfuerzo, las virtudes humanas que nos llevan a ser justos y, en último término, honestos. Por Fernando Chomali

La información es un bien muy preciado. A mayor información, mayor autoridad y mayor poder al interior de cualquier organización. En la marcha diaria de la empresa se va generando mucha información que el que la adquiere está obligado a cuidar. Desde este punto de vista, la empresa deposita una confianza del todo particular en sus empleados a la hora de contratarlos, la que obliga a no dañarla, incluso en el caso de no pertenecer más a ella. Por otro lado, la empresa que contrata debe ser transparente a la hora de querer integrar a una persona y no puede interesarse en ella en virtud de la información que posee; especialmente, si es de una empresa con la que compite. En efecto, a las personas se las ha de contratar por sus habilidades, competencias, capacidades intelectuales y humanas y no en virtud de la información que poseen debido al lugar en que trabajan.

Por otro lado, es éticamente cuestionable que una persona se presente para ser contratada en virtud de la información que recogió de la empresa en que trabaja. Es cierto que los conocimientos que obtiene en virtud de sus estudios y esfuerzo personal los puede hacer ver a la hora de postular. Sin embargo, los que obtiene debido al trabajo que realiza son propiedad de la empresa. Esto vale, por ejemplo, respecto de las bases de datos que una persona administra y que claramente no son públicas, que le han sido confiadas y que se conocen en razón del trabajo. ¿Se imaginan lo desastroso que podría ser que un ejecutivo de una clínica entregue a una Isapre o a una compañía de seguros las fichas clínicas de los pacientes? Sería lamentable también que se le tentara con un salario que va más allá de sus competencias con tal de que transmita la información. El salario ha de ser fruto del trabajo bien hecho y del esfuerzo, y lo que ha de cualificarlo son sus cualidades personales para el trabajo que se le encomienda.

Una persona que llega a una empresa en virtud de la información que trae, ¿qué garantía tiene de que no haga lo mismo otra vez? Por más que la información mal habida que trae un ejecutivo o empleado pueda incrementar los beneficios de una empresa, lo éticamente adecuado y correcto es no contratar a esa persona; es decir, no hacerse de esa manera de la información. Dicha ganancia es cuestionable desde el punto de vista moral, además de dañar la confianza y generar una competencia desleal. Una vez más nos damos cuenta de que son las personas quienes, en definitiva, llevan a que la sociedad y la actividad empresarial al interior de ella se realice adecuadamente.

Otra acción que podría realizarse con la información es adulterarla para, por ejemplo, parecer más solvente de lo que realmente se es. En este caso, al igual que en el anterior, se falta a la verdad y una sociedad que se funda en la mentira es una sociedad corrupta. Además, nuevamente se genera un marco de competencia deformado que termina privilegiando a los más “astutos”, lo que al final siempre va en desmedro de los más pobres. Esto, dado que la persona que obtiene benefi cios que no hubiese obtenido de no adulterar la información se hace de trabajos que de otro modo no hubiese logrado, lo que perjudica,en el caso de las licitaciones, las arcas fiscales, que han de ser usadas de la forma más efi ciente posible. Por otro lado, se vulnera el principio de la igualdad de condiciones, que es un elemento cardinal en la actividad empresarial y también pública. ¿Se imaginan el daño que se puede producir si todos quienes tienen cargos públicos han adulterado sus currículos y todos quienes están realizando obras por cuenta del Estado adulteraron sus balances?

Claramente se percibe el inmenso valor personal y social que tiene actuar en verdad. Ello requiere una cultura nueva, la cultura de la honestidad. Sería muy perjudicial que las personas o las empresas pensaran que siendo honestos y verdaderos no se puede participar en el mercado y competir adecuadamente, y que por lo tanto no hay otra salida que recurrir a prácticas contrarias a la moral. Sería doloroso que el engaño, la astucia y la manipulación de personas se convirtieran en medios para obtener bienes y no el trabajo bien hecho, el esfuerzo, las virtudes humanas que nos llevan a ser justos y en último término honestos, honorables y personas de bien. Aquí cada uno hemos de hacernos nuestro propio examen de conciencia; y si hemos sido agentes directos o indirectos de algunas de estas prácticas, reconocerlo, enmendar el camino y compensar de la manera que sea posible el daño hecho. La dignidad de la persona humana y su valor lo exigen. El mismo Cristo nos pregunta: ¿qué saca el hombre con ganar el mundo si pierde su alma?