Al centro de UP, el nuevo filme de Pixar, se encuentra un anciano héroe de acción. Idea improbable, pero ejecutada de forma genial.

  • 9 junio, 2009

 

Al centro de UP, el nuevo filme de Pixar, se encuentra un anciano héroe de acción. Idea improbable, pero ejecutada de forma genial. Por Christián Ramírez.

Antes de discutir cualquier cosa sobre UP, hay que decir que quienes han crecido con las películas de Pixar a su lado deberían considerarse afortunados. Casi tanto como los que pasaron su infancia junto a los clásicos de Disney en los 40 y su juventud con el Hitchcock de los años 50. O como los que vimos las películas de Spielberg a principios de los 80.

En términos de dinámica y narrativa, los padres de Toy Story están llegando a la madurez, a un punto donde francamente ya no se puede fallar: ni en la expresión de las emociones, ni en el subtexto, ni en la forma ni en el fondo. Todo lo que el cine estadounidense de estos días lucha y lucha por recapturar, Pixar ya lo tiene dominado. Es el mínimo común denominador de sus producciones, la base desde donde han construido sus ficciones a partir de Los Increíbles y donde ya no pueden sino mejorar y mejorar.

 

Así de buena, así de hermosa es UP.

Hastiado del mundo moderno, el anciano Carl Fredricksen decide cumplir el sueño de su fallecida esposa y -con la ayuda de miles de globos con helio y un regordete scout- eleva su casa para dirigirla hacia los Tepuyes venezolanos, enormes y misteriosas formaciones rocosas, que habían inspirado en ambos el sentido de la aventura cuando niños. La premisa, digna de Willy Wonka (pero también de la imaginación de Werner Herzog), es pura extravagancia, pero su increíble ejecución la convierte en un tremendo filme de aventuras, una romántica fantasía y una fábula sobre las trancas de la vejez.

Es interesante ver cómo el oxidado Carl parte casi como un hermano gemelo de Clint Eastwood en Gran Torino y una vez inmerso en su travesía va adquiriendo una vitalidad que ya hubiera querido para sí el agotado Harrison Ford en las plásticas selvas de Indiana Jones IV. Todo lo que en esa película apestaba a fórmula y a cocción instantánea, en UP está resuelto con lógica, energía y pasión. Que quede bien claro: aunque las aventuras de Fredricksen se convertirán más temprano que tarde en video juego, la película claramente no lo es.

Carl –con todos sus recuerdos, ansiedades y anhelos- está demasiado bien perfilado como para estancarse en un estereotipo bidimensional, deja muy luego de ser una ilustración diseñada para moverse a lo largo y lo ancho de la pantalla y se convierte en una heroica y trágica figura, de esas que consiguen energía a partir de su fundamental fragilidad: verlo arrastrar penosamente su casa flotante con una cuerda amarrada al pecho conmueve profundamente. Verlo enamorarse y luego verlo sufrir -verlo ganar y perder-, también.